domingo, 15 de noviembre de 2009
Deconstruyendo al mismísimo dios
Lo más parecido a dios (saramago lo escribe con minúscula) es un novelista. El novelista saramago (por ahora escribiré su nombre con minúscula, para que no se me enfaden los otros cientos de miles de novelistas/dioses que por ahí teclean sus PC's o sus MAC's) en su última obra, Caín, le lee la cartilla a dios, o mejor, le lee a Dios su cartilla, LA BIBLIA. Se la lee, o se la deconstruye, metiendo en el centro de una constelación de relatos mágicos, como son los que componen EL LIBRO, dos bombas lapa: el humor ("seamos serios, hablemos en broma", he leído en un blog emergente) y la delicada herramienta, perfeccionada en Occidente hasta la extenuación, que se llama CAUSA/EFECTO. saramago demuestra así que todavía estamos en la edad del LIBRO SAGRADO, y que no caben muchas más posibilidades, o se escribe como DIOS, o se escribe contra DIOS. A esta última se ha apuntado el premio nobel de literatura portugués (que en el Parnaso también hay clases y premiados). No he leído nada más que un capítulo de la obra, pero ya puedo avanzar que, en mi opinión de diosecillo / crítico, Dios sigue ganando por goleada al dios saramago. Prometo a mis escogidos lectores, opinión mucho menos irresponsable, cuando ellos y yo, hayamos leído el libro entero. Lo único que puedo adelantar es que Abel no es hijo de Adán, aunque sí de su señora, y que para trabajar, recién creado el mundo, también hacía falta un contrato laboral.
sábado, 14 de noviembre de 2009
¿De qué hablan ciertas mujeres?
En la primera mitad del siglo XX algunas mujeres comenzaban a publicar, con su nombre, diarios, crónicas y biografías. Ya hacía tiempo que las mujeres llevaban diarios íntimos de contenido religioso y cada vez escribían con mayor frecuencia crónicas familiares para lectura privada, pero hasta el siglo XX no se atrevieron, o no pudieron publicarlos libremente. En el círculo ilustrado y burgués de Marianne y Max Weber, el filósofo Georg Simmel (1858-1919), obligó a su amante, Gertrud Kantorowicz, y a su esposa a firmar lo que escribían con pseudónimo.
¿De qué hablan estas mujeres cuando pueden, por fin, escribir de sí mismas? Pues no sólo hablan de ellas sino que, también, hablan de sus compañeros, de sus maridos. Así lo hacen, incluso, las más inteligentes, las mas 'productivas' y creadoras: la feminista alemana Marianne Weber, esposa y editora de la obra del sociólogo Max Weber, Zenobia Camprubí, mujer de Juan Ramón Jiménez y la compañera de Sartre, Simone de Beauvoir. Fielato forzoso: la mujer (lectora apasionada u oyente de lecturas, desde siempre), cuando comienza a pisar el espacio viril de la escritura, del que ha estado prácticamente ausente desde su invención, ha de apoyarse en el varón.
En el caso de Marianne, hablar de su marido era inevitable, ya que lo que firma es una Biografía de Weber, que publica en 1926, seis años después de enviudar. Pero se sitúa a sí misma como heroína al lado de su marido.
Lo que conocemos del Diario de Zenobia Camprubí, publicado por Graciela Palau de Nemes años después de la muerte de la escritora -y no sabemos si con su consentimiento-, está saturado de Juan Ramón.
La ceremonia del adiós de la filósofa y escritora Simone de Beauvoir, parece no hablar nada más que de Sartre: es la “crónica” de los diez años que precedieron a su muerte, acaecida en 1980; aunque admite que en el libro habla algo de sí misma, “porque el testigo forma parte de su testimonio, pero lo hago lo menos posible”.
Biografía o autobiografía, diario, o crónica, los tres libros tienen un cierto aire de confesión, en la línea de las de San Agustín y de versión alambicada del cuento La bella y la bestia.
¿De qué se confiesan estas mujeres? ¿Qué encontraron debajo de la “Bestia”, para permanecer, como hembras-madres y adoradoras, durante tanto tiempo junto a tan ilustres “monstruos”?
(Continuará, salvo caso de fuerza mayor)
(Continuará, salvo caso de fuerza mayor)
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miércoles, 11 de noviembre de 2009
El opio del clero
El secretario general de la Conferencia Episcopal Española, el obispo auxiliar de Madrid, Juan Antonio Martínez Camino animó ayer a las mujeres que han abortado a celebrar el Sacramento de la Confesión. Esto lo explica todo: según parece, los traumas nacieron con los psicólogos, antes, en tiempos de escasez, un niño sólo podía aspirar a que le dieran un mal rato, a sufrir una irritación, o a recibir dos bofetadas..., y el pecado, dicen algunos, no existió hasta que nació la casta sacerdotal que vivía de perdonar lo que ellos fijaban como pecado. No hay duda de que Martínez, como cualquier persona, sufre con los abortos, pero lo que parece interesarle de verdad es que las mujeres que abortan pasen por caja, perdón, por el confesionario. Las manifestaciones multitudinarias, auténtico opio del clero hasta hace muy poco, empiezan a enojar, después del descubrimiento de un método bastante exacto de contar el número de manifestantes. Y se ha pensado que la gente vuelva a la Iglesia, de la que nunca debió salir. Es mejor.
Cuando estas mujeres hablan, se transparentan
Sobre la “confesión” de Simone Beauvoir y las reacciones que provocó en su tiempo, el filósofo Bernard Henry- Lévy ha dicho esto en El siglo de Sartre : “¿Por qué la publicación de la primera parte de La ceremonia, ese largo relato preciso, casi clínico, en el que ella cuenta con crudeza los últimos días de su compañero, provocó tanto revuelo? Es verdad que no se ocultaba nada de las peripecias del cuerpo sartriano. Es verdad que no se ahorraba casi nada de su deterioro patético: un Sartre alelado, vacilante, que no atina con las palabras, excusando su incontinencia: “Vaya, qué curioso... es como si un gato me hubiese orinado encima...” Pero bueno, ¿acaso no incluía también eso el contrato? ¿Acaso no era fiel hasta el final, como en las Cartas, a ese pacto de inmortalidad que desde el principio la había convertido en la secretaria perpetua de la transparencia deseada, teorizada y cantada por Sartre? “
Pero ni Marianne Weber, ni Zenobia Camprubí, que escriben antes que Simone, habían firmado pacto alguno de “transparencia” con sus maridos y sin embargo hicieron pública parte de la privacidad o de la intimidad de su relación y desmenuzaron para el público la degradación física y las miserias morales de los compañeros. Las tres con su actitud parecen instituir una nueva época -¿la era del Gran Hermano?-, en la que la mujer sin abandonar del todo a su papel de “ángel del hogar”, renuncia a seguir siendo la guardiana de sus secretos.
Las tres se encargan en sus libros de hacernos saber que viven con seres enfermos, feos e incompetentes para las tareas domésticas más sencillas. Inhábiles para la vida en común.
Pero ni Marianne Weber, ni Zenobia Camprubí, que escriben antes que Simone, habían firmado pacto alguno de “transparencia” con sus maridos y sin embargo hicieron pública parte de la privacidad o de la intimidad de su relación y desmenuzaron para el público la degradación física y las miserias morales de los compañeros. Las tres con su actitud parecen instituir una nueva época -¿la era del Gran Hermano?-, en la que la mujer sin abandonar del todo a su papel de “ángel del hogar”, renuncia a seguir siendo la guardiana de sus secretos.
Las tres se encargan en sus libros de hacernos saber que viven con seres enfermos, feos e incompetentes para las tareas domésticas más sencillas. Inhábiles para la vida en común.
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sábado, 7 de noviembre de 2009
El enfermo, el malo y el feo
Tercera y última entrega del serial “¿De qué hablan ciertas mujeres?”
Convertida en enfermera, Marianne rellena informes exhaustivos sobre los padecimientos de su compañero. Es minuciosa y recoge hasta la meningitis que Weber sufrió de niño y cómo “durante esa enfermedad la cabeza del pequeño Max creció extraordinariamente, mientras el resto de los miembros de su delicado cuerpecillo conservaba su tamaño”. A los 18 años, el aspecto y la salud de Weber no han mejorado: “larguirucho y delgado, de miembros delicados y hombros caídos, un candidato perfecto a una tuberculosis”. Lo que no le impide destacar pronto, entre los estudiantes, “por su tremendo aguante bebiendo”. En 1899, ya casados, contrajo una grave enfermedad nerviosa de la que nunca se repuso del todo y que sobrellevó gracias a los cuidados de su mujer.
Juan Ramón Jiménez, o la incompetencia y el egoísmo menos inteligente. Enfermo también, es, según se desprende del Diario de Zenobia, un neurótico notable, que con frecuencia (Diario, 18 de enero de 1939. miércoles) “no hace absolutamente nada y pasa en cama la mayor parte del tiempo, sentado con la cabeza afincada en la almohada y los pies en una silla en el arco más incómodo”. Incapaz de valerse por sí mismo, no permite que Zenobia se separe de él ni un minuto. Ni siquiera para operarse de un lipoma que tenía en el vientre. El 27 de diciembre de 1937, la mujer se queja: ”Pero nunca tendré el valor ni la determinación suficientes para deshacerme de mis problemas mientras J.R. esté cerca [...] si él tuviera algo que le molestara la quinta parte que a mí, hubiera tomado una decisión acerca del asunto sin importarle mi opinión y yo podría quejarme todo lo que quisiera.”
Y por último, el feo. Sartre era el primero en reconocerlo:” Hasta los cinco años era un crío muy guapo, con ese aspecto un poco convencional que tanto les gusta a las mamás mediocres. A partir de los cinco años mis cabellos cortados se llevaron consigo ese esplendor efímero, y me volví feo como un sapo, mucho más que ahora.” A nadie como a Sartre le venía bien la existencia del alma, que puede ser embellecida hasta el infinito, por encima de la degradación y de la fealdad. Porque el cuerpo de Sartre, su cara, no tenían arreglo. La “transparente” Simone no tiene inconveniente, en la segunda parte de La Ceremonia, de hacerle observaciones relacionadas con su fealdad: “Por otro lado, es un tópico que un hombre puede ser muy feo y tener mucha seducción y se cita a grandes seductores que eran feos; eso usted debe saberlo.”
La pregunta es: ¿qué hacían estas mujeres excepcionales con hombres tan peculiares? Posiblemente como Bella, en el cuento, las tres prefirieron la virtud a la belleza. Sobre todo en una sociedad en la que la mujer había de contar con el respaldo de un varón, influyente, comprensivo y liberal, si quería moverse cómodamente en el espacio público. Zenobia se casó con Juan Ramón, en opinión de la editora de su Diario, “aparte del amor que le tuviera, porque el oficio y la personalidad de él permitían desarrollar sus instintos de mujer activa, independiente y emprendedora, lo que le hubiera prohibido un marido menos absorto en su labor”, o menos incompetente para ganarse la vida.
El catedrático Weber introdujo a Marianne, perteneciente a la primera generación de alemanas que estudió en la universidad, en los ambientes intelectuales de Heidelberg y estuvo a su lado en las luchas del movimiento feminista burgués alemán. E incluso retó a batirse en duelo -¡en el año 1910!- a un joven profesor que escribió un panfleto difamatorio contra el grupo de mujeres que presidía su esposa, en el que se decía que el movimiento estaba integrado únicamente por mujeres solteras, viudas, judías, estériles y mujeres que no son madres o no quieren cumplir los deberes de una madre.
Cuando Simone de Beauvoir y Sartre se presentaron, él con 24 años y ella con 21 al examen final de filosofía, Sartre sacó el primer puesto y Simone el segundo, pero los miembros del tribunal estaban convencidos de que “la verdadera filósofa era ella”. Simone, apodada el Castor -el animal arquitecto- construye, sobre todo, una casa ineludible para Sartre. Pero también tiene sus libros. Tiene su propia obra, su propia casa, que no es pequeña. Pero una parte de esa obra sólo existe en la medida en que su compañero la dirige silenciosamente.
Pero la utilización de los hombres para colarse en el espacio público no lo explica todo. Marianne, ya viuda, dedica varios años a la redacción de la Biografía y a la publicación de las obras de su marido, “porque”, escribe, “su fama no está en mi opinión más que al comienzo de su ascenso. La gente quedará sorprendida cuando tenga en sus manos sus obras (10-12 tomos). Yo vivo para su inmortalización terrenal”.
La obra de Sartre no se entiende sin la colaboración de Simone, a la que escribe: “Usted, mi pequeño juez. Usted mi primera lectora, mi “censor”, mi “buena consejera”. Usted “mi pequeña conciencia moral”. Usted, mi ojo, mi oreja, mi “testigo”. Usted es más yo que yo. Lo que escribo sólo existe en la medida en que tengo su “veredicto”.
En el discurso de aceptación del Premio Nobel, Juan Ramón proclama: “mi esposa Zenobia es la verdadera ganadora de este premio. Su compañía, su ayuda, su inspiración de cuarenta años ha hecho posible mi trabajo. Hoy me encuentro sin ella desolado y sin fuerzas”.
Estas mujeres fueron, sobre todo, leales al “alma” de sus compañeros, a su genio creador y productivo. Se consideraron responsables de su espíritu y de los productos que éste generaba. El cuerpo enfermo, deforme, o dependiente no les pertenecía, aunque había que atenderlo para mantenerlo vivo. En una contorsión narcisista poco estudiada, estas mujeres sin hijos, madres adoptivas de niños grandes, preservaron de ellos lo que creían suyo: el hijo espiritual de sus entrañas, es decir, la excelencia intelectual de Sartre, Juan Ramón y Weber.
Y de nuevo la pregunta: ¿de qué hablan las mujeres, cuando podrían hablar de ellas mismas? Se justifican ante sus congéneres por haber aceptado quedarse en un segundo plano, por haber sacrificado sus posibilidades de ser las primeras, por delante de los hombres a los que sirvieron intelectualmente. En novelas del XIX _y también en best-sellers actuales como "La masai blanca" de Corinne Hofmann_ la claudicación sentimental, la entrega, se justificaba por la “gran pasión”, que exonera a la culpable de sus responsabilidades sociales. En nuestro caso, por la luz arrebatadora del genio. Parecen decir estas notables mujeres: “Sí, me he sometido al genio de este hombre, a su maestría para manejar lo más femenino, lo más ilustrado, lo menos zafio, lo menos violento: el Verbo; mirad, compañeras, hembras de la especie, me doblegué ante su capacidad de enunciar mensajes complejos, ricos, luminosos. Una mujer no puede, no debe negarse a la fuerza civilizadora de las palabras. Estos hombres las usan bien. Son, al menos en esto, compañeros de viaje, aliados objetivos de nuestra lucha para desterrar la violencia e instaurar el reino de la palabra, que no mata”.
El enfermo
Convertida en enfermera, Marianne rellena informes exhaustivos sobre los padecimientos de su compañero. Es minuciosa y recoge hasta la meningitis que Weber sufrió de niño y cómo “durante esa enfermedad la cabeza del pequeño Max creció extraordinariamente, mientras el resto de los miembros de su delicado cuerpecillo conservaba su tamaño”. A los 18 años, el aspecto y la salud de Weber no han mejorado: “larguirucho y delgado, de miembros delicados y hombros caídos, un candidato perfecto a una tuberculosis”. Lo que no le impide destacar pronto, entre los estudiantes, “por su tremendo aguante bebiendo”. En 1899, ya casados, contrajo una grave enfermedad nerviosa de la que nunca se repuso del todo y que sobrellevó gracias a los cuidados de su mujer.
El malo
Juan Ramón Jiménez, o la incompetencia y el egoísmo menos inteligente. Enfermo también, es, según se desprende del Diario de Zenobia, un neurótico notable, que con frecuencia (Diario, 18 de enero de 1939. miércoles) “no hace absolutamente nada y pasa en cama la mayor parte del tiempo, sentado con la cabeza afincada en la almohada y los pies en una silla en el arco más incómodo”. Incapaz de valerse por sí mismo, no permite que Zenobia se separe de él ni un minuto. Ni siquiera para operarse de un lipoma que tenía en el vientre. El 27 de diciembre de 1937, la mujer se queja: ”Pero nunca tendré el valor ni la determinación suficientes para deshacerme de mis problemas mientras J.R. esté cerca [...] si él tuviera algo que le molestara la quinta parte que a mí, hubiera tomado una decisión acerca del asunto sin importarle mi opinión y yo podría quejarme todo lo que quisiera.”
Y el feo
Y por último, el feo. Sartre era el primero en reconocerlo:” Hasta los cinco años era un crío muy guapo, con ese aspecto un poco convencional que tanto les gusta a las mamás mediocres. A partir de los cinco años mis cabellos cortados se llevaron consigo ese esplendor efímero, y me volví feo como un sapo, mucho más que ahora.” A nadie como a Sartre le venía bien la existencia del alma, que puede ser embellecida hasta el infinito, por encima de la degradación y de la fealdad. Porque el cuerpo de Sartre, su cara, no tenían arreglo. La “transparente” Simone no tiene inconveniente, en la segunda parte de La Ceremonia, de hacerle observaciones relacionadas con su fealdad: “Por otro lado, es un tópico que un hombre puede ser muy feo y tener mucha seducción y se cita a grandes seductores que eran feos; eso usted debe saberlo.”
La pregunta es: ¿qué hacían estas mujeres excepcionales con hombres tan peculiares? Posiblemente como Bella, en el cuento, las tres prefirieron la virtud a la belleza. Sobre todo en una sociedad en la que la mujer había de contar con el respaldo de un varón, influyente, comprensivo y liberal, si quería moverse cómodamente en el espacio público. Zenobia se casó con Juan Ramón, en opinión de la editora de su Diario, “aparte del amor que le tuviera, porque el oficio y la personalidad de él permitían desarrollar sus instintos de mujer activa, independiente y emprendedora, lo que le hubiera prohibido un marido menos absorto en su labor”, o menos incompetente para ganarse la vida.
El catedrático Weber introdujo a Marianne, perteneciente a la primera generación de alemanas que estudió en la universidad, en los ambientes intelectuales de Heidelberg y estuvo a su lado en las luchas del movimiento feminista burgués alemán. E incluso retó a batirse en duelo -¡en el año 1910!- a un joven profesor que escribió un panfleto difamatorio contra el grupo de mujeres que presidía su esposa, en el que se decía que el movimiento estaba integrado únicamente por mujeres solteras, viudas, judías, estériles y mujeres que no son madres o no quieren cumplir los deberes de una madre.
Cuando Simone de Beauvoir y Sartre se presentaron, él con 24 años y ella con 21 al examen final de filosofía, Sartre sacó el primer puesto y Simone el segundo, pero los miembros del tribunal estaban convencidos de que “la verdadera filósofa era ella”. Simone, apodada el Castor -el animal arquitecto- construye, sobre todo, una casa ineludible para Sartre. Pero también tiene sus libros. Tiene su propia obra, su propia casa, que no es pequeña. Pero una parte de esa obra sólo existe en la medida en que su compañero la dirige silenciosamente.
Pero la utilización de los hombres para colarse en el espacio público no lo explica todo. Marianne, ya viuda, dedica varios años a la redacción de la Biografía y a la publicación de las obras de su marido, “porque”, escribe, “su fama no está en mi opinión más que al comienzo de su ascenso. La gente quedará sorprendida cuando tenga en sus manos sus obras (10-12 tomos). Yo vivo para su inmortalización terrenal”.
La obra de Sartre no se entiende sin la colaboración de Simone, a la que escribe: “Usted, mi pequeño juez. Usted mi primera lectora, mi “censor”, mi “buena consejera”. Usted “mi pequeña conciencia moral”. Usted, mi ojo, mi oreja, mi “testigo”. Usted es más yo que yo. Lo que escribo sólo existe en la medida en que tengo su “veredicto”.
En el discurso de aceptación del Premio Nobel, Juan Ramón proclama: “mi esposa Zenobia es la verdadera ganadora de este premio. Su compañía, su ayuda, su inspiración de cuarenta años ha hecho posible mi trabajo. Hoy me encuentro sin ella desolado y sin fuerzas”.
Estas mujeres fueron, sobre todo, leales al “alma” de sus compañeros, a su genio creador y productivo. Se consideraron responsables de su espíritu y de los productos que éste generaba. El cuerpo enfermo, deforme, o dependiente no les pertenecía, aunque había que atenderlo para mantenerlo vivo. En una contorsión narcisista poco estudiada, estas mujeres sin hijos, madres adoptivas de niños grandes, preservaron de ellos lo que creían suyo: el hijo espiritual de sus entrañas, es decir, la excelencia intelectual de Sartre, Juan Ramón y Weber.
Y de nuevo la pregunta: ¿de qué hablan las mujeres, cuando podrían hablar de ellas mismas? Se justifican ante sus congéneres por haber aceptado quedarse en un segundo plano, por haber sacrificado sus posibilidades de ser las primeras, por delante de los hombres a los que sirvieron intelectualmente. En novelas del XIX _y también en best-sellers actuales como "La masai blanca" de Corinne Hofmann_ la claudicación sentimental, la entrega, se justificaba por la “gran pasión”, que exonera a la culpable de sus responsabilidades sociales. En nuestro caso, por la luz arrebatadora del genio. Parecen decir estas notables mujeres: “Sí, me he sometido al genio de este hombre, a su maestría para manejar lo más femenino, lo más ilustrado, lo menos zafio, lo menos violento: el Verbo; mirad, compañeras, hembras de la especie, me doblegué ante su capacidad de enunciar mensajes complejos, ricos, luminosos. Una mujer no puede, no debe negarse a la fuerza civilizadora de las palabras. Estos hombres las usan bien. Son, al menos en esto, compañeros de viaje, aliados objetivos de nuestra lucha para desterrar la violencia e instaurar el reino de la palabra, que no mata”.
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miércoles, 4 de noviembre de 2009
Diapositivas en el plato
Gabilondo, ministro de Educación, apunta maneras de cocinero social actualizado. Postura inteligente, porque la Educación se va pareciendo cada vez más a los platos cocinados por los deconstructivos chefs de la agonizante abundancia. Como puede verse en la foto, tomada en un restaurante toledano a finales de 2007 -la carta decía nada más y nada menos que "cochinillo asado"-, la comida de los tiempos del derroche y de las tallas “s” se ha parecido mucho a una filmina proyectada en tu plato desde el techo del comedor.Y la Educación, más que implantarla en los centros escolares, se proyecta en el imaginario colectivo de la sociedad, dispuesta a aceptar como enseñanza lo que sólo son imágenes imprecisas del conocimiento, con tal de que desaparezcan, al menos durante el día, los jóvenes de las calles. Por eso, y por ahorrar dinero, Gabilondo cocina ahora el que los chicos estén hasta los 18 años en la escuela. Es lo normal en tiempos sin guerras: el servicio militar voluntario y el bachillerato, obligatorio. Lo que se proyecta en los muros de las aulas es como las recetas de El Bulli: virtual y colorista, luego vendrá el verdadero aprendizaje; a partir de los 19 años se terminaron las vacaciones vigiladas y las líneas de colores en el plato.
martes, 3 de noviembre de 2009
Seamos serios, hablemos en broma
A ciertos periodistas les debe resultar difícil imaginar un mundo sin Belén Esteban o sin políticos. Son simbióticos. Se buscan, se fagocitan, se rechazan, vuelven a juntarse, viven los unos de los otros. En principio política y periodismo de humor deberían de ser incompatibles. La seriedad del tribuno frente a la frivolidad del bufón. Pero se les ve juntos, se dejan preguntar; los políticos más imaginativos y campechanos, juegan a ser más graciosos que los periodistas que les interrogan; pero la cosa se tensa, el ímpetu humorístico se agota y el político exhausto, pone cara de portador de la antorcha que guía a la plebe y marca las distancias. La frase que divide el territorio se parece bastante a esta: Bueno, ahora hablemos en serio... Y se montan en el devocionario/argumentario de su partido y se acabó lo que se daba. Aunque ellos saben mejor que nadie que la única forma de hablar en serio de casi todas las cosas, es hacerlo en broma.
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