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lunes, 14 de enero de 2013

Donde los ángeles

Desde que la astronomía expulsó a Dios y a sus ángeles del cielo, de lo alto, el espacio aéreo está muy concurrido. Todo el mundo quiere habitar donde los ángeles. Poetas, tertulianos, blogueros, políticos,  obispos en stand by, columnistas egocéntricos nos disputamos unos metros cuadrados en el cielo de la excelencia... También la chica que aparece en la foto, compitiendo nada menos que con Durero y Lucas Cranach, en el Thyssen de Madrid .

 Pero la epifanía tumultuosa de otros muchos cuerpos femeninos en los espacios públicos la obliga a subir los decibelios de su llamada. La competencia es dura.  Por si la clamorosa "Y" de sus nalgas  no fuera argumento bastante, la trenza señala, certera, el camino. Ella, sintiendo cómo la miran, benignamente de humildad vestida, susurra al móvil...

domingo, 4 de abril de 2010

¿Lecturas religiosas o macguffins?

¿Éxtasis?
No sé si la joven del cuadro se quejó al pintor Eybl (1806-1880) por haberla retratado en este momento de éxtasis lector.  Santa Teresa de Jesús si se lo hizo ver a  Dios,y así lo ha contado en su Vida: “Supliqué mucho al Señor que no quisiese ya darme más mercedes que tuviesen muestras exteriores [se refiere a los éxtasis místicos que la arrebataban en público]; porque yo estaba cansada ya de andar en tanta cuenta y que aquella merced podía Su Majestad hacérmela sin que se entendiese. Parece ha sido por su bondad servido de oírme, que nunca más hasta ahora lo he tenido; verdad es que ha poco”.
Stefann Bollman en su libro Las mujeres que leen son peligrosas, cuando comenta este cuadro  dice que “El libro parece cortarle la respiración” a la chica. Y para que nadie al leer sus palabras caiga, torpemente, en la tentación de evocar el delicioso desvarío de la actriz Meg Ryan en “Cuando Harry encontró a Sally”, Bollmann se ve obligado, como en su día Santa Teresa de Jesús y, quizá, la misma Lectora de Eybl, a dar una explicación: “Sus pensamientos”, aclara, “parecen tan cándidos como su rostro ingenuo y encantador”.  
Puede haber cientos de motivos para justificar esta iconografía, sin recurrir al portento. Por ejemplo, ¿las maneras  de leer de muchas chicas retratadas desde el Renacimiento no serán un simple macguffin, una excusa parecida a la que usan hoy los directores de series de adolescentes en sus historias?  Los guionistas sitúan a los chicos en una hamburguesería, delante de una Coca y de un bollo con carne picada y rodajas de cebolla dentro. En algún sitio hay que colocarlos para que puedan ser filmados mientras recitan sus papeles. ¿Por qué ponernos estupendos cuando hablamos de la lectura y, sobre todo,  si las que leen son mujeres? Los éxtasis no son frecuentes. Montaigne era más humilde. “En los libros”, discurre en uno de sus Ensayos, “sólo busco entretenimiento agradable con una honrada distracción; o si estudio, no busco más ciencia que la que trata del conocimiento de mí mismo, y la que me instruya para bien morir y bien vivir. […] Nada hago sin alegría, la continuación de una misma tarea y el recogimiento demasiado firme, deslumbran mi entendimiento, lo entristecen y lo cansan”. A muchas de estas lectoras se les pone un libro en la mano porque todavía no había abierto el Macdonald.

lunes, 29 de marzo de 2010

Recetario no sexista




Hombres, hombre, hombre


Dos afirmaciones contradictorias -contestó Imac- no pueden ser ambas ciertas, pero atribuidas al ser humano quizá sean verdad.
Rasselas, príncipe de Abisinia. 
Samuel Johson





Esta cita de Samuel Johson autoriza a creer que los que confeccionan la revista AULA MAGNA, el Periódico Universitario de Granada, son contradictorios, seres humanos y veraces, todo al mismo tiempo.

En la portada de este periódico, de 24 de marzo de 2010, a cuatro columnas informan de que “La UGR edita una primera Guía para el lenguaje no sexista”. En la página cuatro, nos dicen que podemos bajarnos la Guía de la web de la UGR. Nos la bajamos. Leemos sus 16 páginas. Comprobamos una vez más que las personas encargadas de redactar estos recetarios sienten una prevención enorme por el castellano. Lo entendemos, ya en el siglo XV, en una novela sentimental,” La historia de Grisel y Mirabella”, la defensora de las mujeres, Brazaida, afirma que los hombres son jueces y parte del proceso en el que se va a decidir cuál de los amantes, si Grisel o Mirabella, se habría esforzado más en conquistar al otro. El castigo, la pena de muerte, recae, como no podía ser de otra manera, sobre Mirabella. Ellos crearon las leyes y ellos las aplican, declara Brazaida. Difícil será que sentencien en su contra. El lenguaje escrito, no así el oral, ha sido también durante miles de años, cosa de hombres. Vehículo de las normas y de los valores que someten a las mujeres. Mao habría recomendado acabar radicalmente con los lenguajes patriarcales y crear otros a partir de la situación de igualdad que se vive actualmente en algunos países del mundo. Pero jamás hubiese aceptado el compadreo actual: escribimos en las lenguas macho, en lugar de borrarlas del mapa, pero con descuido, sin amor, torpemente. Mostramos a cada palabra que escribimos, que somos objetores/as del español. Estas Guías las lee poca gente, por lo mal escritas que están y porque el sentido común -que florece felizmente de espaldas al género- sugiere que la lengua no se cambia con decretos de la Real Academia o del BOE. La persona que ha redactado el editorial de Aula Magna no se ha leído la “Guía del lenguaje no sexista”, publicada por el Rectorado de la UGR y anunciada con letras gruesas en la portada de la publicación. O si se la ha leído, no ha tenido en cuenta que el panfleto –v. página 7- considera discriminatorio usar la palabra ‘hombre’ para designar a toda la humanidad: 11 veces aparece la palabra ‘hombre’ en lugar de ‘humanidad’ en el editorial “La Universidad, forjadora de libertad”, del número 92 del periódico universitario de Granada. Es posible que sí se la haya leído antes de redactar el editorial. Eso le daría la razón a la reflexión de Samuel Johson sobre las contradicciones que hemos transcrito más arriba.
Apostilla: Aula Magna informa también de algo imparable: el 55% del alumnado de la UGR son mujeres. Se merecen una guía más trabajada.

viernes, 12 de marzo de 2010

Sáez de Santamaría los pone a llorar

¿Hogar, harén?

Los periodistas, que viven de las catástrofes y de fagocitar a los políticos, casi siempre adoptan ante ellos una postura de superioridad perdonavidas. Pero hoy les ha ganado la partida Sáez de Santamaría, la portavoz del PP en el Congreso. No se puede perder de vista a esta mujer. Si se presentara a Presidente del Gobierno de España, sacaría muchos más votos que Rajoy. Ya sorprendió cuando se dejó retratar en paños menores tuneados (lencería, le llaman otros). Seguramente lo hizo como muchas mujeres, para disfrutar ella misma, al verse tan atractiva. Pero, pocas ignoran el efecto incomprensible que estas prendas, y su contenido, producen en el errático macho de la especie. A ella le gusta usar su inteligencia y también la artillería galante, más ligera. Como muchas trabajadoras de moral intachable, gustan de convertir su trabajo en un hogar, incluido el pase de lencería de los sábados noche. En tanto que bastantes hombres aspiran a que la oficina sea su harén. Pero eso ya estaba deglutido por la prensa. Hoy los ha dejado sentados. Se ha emocionado de verdad con la muerte de Delibes y ha llorado en directo en una entrevista radiofónica. A partir de ese momento, todos los periodistas que he oído esta mañana, se han convertido en auténticas magdalenas, de las de Saramago, no de Proust. A ver quién llora más y mejor. Y también poetas, directores de Reales Academias  y novelistas. El combate de generosidad en el dolor ha sido muy sentido. No se podía consentir que una política pudiera expresar más sentimientos que sus parásitos. No quiero imaginar la llorera que van a armar todos cuando se le muera a cada uno su padre nonagenario.

jueves, 11 de marzo de 2010

Esperanza Aguirre, varona fuerte

La señora Aguirre, varona fuerte, propone una rebelión contra el IVA. Estoy muy contento, porque yo había llegado a la incómoda convicción de que todos los hombres eran buenos y todas las mujeres malas, ahora sé que hay mujeres buenas, como Esperanza Aguirre, capaces de practicar las mismas virtudes que hasta ahora sólo se atribuían a los hombres. Un propósito épico de tanta envergadura, como es un alzamiento provincial contra el Ministerio de Hacienda, exige el apoyo de todos. He repasado las razones que la señora da para esta insurrección bajo su caudillaje y las veo suficientes, aunque echo de menos lo de las armas de destrucción masiva que tanto juego dio en la anterior ”performance”. Tampoco estaría de más una resolución de la ONU que nos ampare si nos tiramos al monte y el envío de inspectores que rastreen los arsenales de la Agencia Tributaria. Es imprescindible, dada la avanzada edad de muchos vecinos de la comunidad de Madrid, el auxilio del Séptimo de Caballería. Si nos asiste la Caballería USA, se alistará más gente. Yo, seguro. Como serví en la Marina, se me puede necesitar si el ataque se realiza desde barcos, remontando el Manzanares.
Pánfilo, Marinero 2ª en la reserva (¿o en conserva?)

martes, 16 de febrero de 2010

Discriminación (muy) negativa

Cliquee en la imagen para ver la lista

En una ocasión, una amiga pidió a Pánfilo –nuestro jubilado disruptivo- que le presentara una novela que acababa de publicar. El hombre se pasó los 20 minutos de su intervención  exponiendo los que él creía rasgos claramente femeninos de la narración. Cuando acabó, Pánfilo estaba contento, creía haber prestado un gran servicio a la dama escritora. Pero ella no necesitaba un Quijote que la clavara con su lanza en la condición de escritora. Ella quería ser autor, escritor. No escritora ni autora. Se enfadó un poco con Pánfilo. Él aprendió bastante con aquello y terminó dándole la razón a su amiga. Pero hasta que no leyó Sueños en el umbral, de Fátima Mernissi, no entendió del todo el problema. La escritora marroquí, heredera del inteligentísimo y realista feminismo egipcio y turco, propone en su obra algo, aparentemente, tibio, pero tremendamente revolucionario en el fondo: el primer paso de la liberación de la mujer consiste en meterse en la piel del hombre, en ocuparla del todo. Ser escritor plenamente, antes que escritora, ciudadano con todos los derechos, antes que ciudadana, obrero, antes que obrera.  Mernissi cuenta cómo los nacionalistas marroquíes, hacia 1956, aceptaron que sus hijas fueran a la escuela vestidas con la cómoda y ligera chilaba masculina y que abandonaran el jaique, pesadísimo manto de algodón de 7 metros de longitud que convertía en un suplicio el desplazarse 4 veces al día al centro escolar. Esto fue un paso importante.

Pánfila, que conoce las cavilaciones del hombre con el que le gustaría compartir para siempre una casita con vistas en las redes sociales, alertó hace unos meses a su amigo de que iban a tener lugar en Granada, en diciembre de 2009, treinta años después de la celebración de las primeras en la misma ciudad, las Jornadas Feministas Estatales. Pánfilo corrió a apuntarse para ver cómo les sentaba el conquistado traje masculino a las participantes. Pero se le dijo que no se admitían hombres.  Luego los periodistas que cubrían, sin facilidades, el acontecimiento le informaron de que en las primeras Jornadas, en 1979,  los compañeros de viaje, amigos y maridos de las participantes, sólo pudieron asomarse a la guardería, pero tampoco fueron invitados a los debates. Las parejas lesbianas fueron admitidas sin discusión. Nuestro jubilado disruptivo, desolado, pensó que en 30 años las organizadoras de estas reuniones, descartado desde el principio el traje del varón para deambular por la vida pública, no han sido capaces de diseñar aún su propio traje y quieren unos años más para seguir cosiéndolo en secreto. Pánfila, seductora en la red,  reconoció paladinamente en una entrada de su muro de Facebook que hay cosas que, desgraciadamente, siguen siendo sólo para mujeres: llevar de casa en casa la capillita de la Virgen  Milagrosa y  encerrarse a cal y canto en las tradicionales Jornadas Feministas del Estado Español. No hay nada más que repasar las listas de participantes en las dos frivolidades.

lunes, 8 de febrero de 2010

María Magdalena, pomada y libro

¿Libro?, ¿pomada?
Libro notable: “Las mujeres, que leen, son peligrosas”. En él me he topado con esta Magdalena lectora. Parece que lo hace de soslayo, pero no, ella se atiene al papel que le concedió San Lucas en el "Episodio Jesús": servir de lenitivo al cansancio del Mesías, en casa del fariseo (dejamos las posibles interpretaciones erótico-sentimentales para Saramago). Por eso no aparta la vista, del todo, del tarro con el bálsamo con el que “masajeará” los pies del Hijo de Dios. Pero, y eso es lo peligroso, ya no está concentrada, totalmente, en su labor asistencial,  reparte su atención entre la pomada y la lectura. El cuadro es del siglo XVI, pertenece al Maestro de Segovia, Abrosius Benson, que como su propio nombre indica, no nació en Segovia, donde sí hay muchos cuadros suyos, sino en el norte de Italia, en 1495.


Antes Benson había pintado a Magdalena, sin libro y con el frasco en la mano. En las cortes renacentistas europeas, y en los ambientes burgueses del cuatrocientos, aparecen cada vez más mujeres leyendo u oyendo leer,  y eso es a lo que atendió posiblemente Beson. El autor del libro al que nos referimos, Stefan Bolmann, piensa que "a los ojos de de sus espectadores contemporáneos esta bonita y joven mujer, que contempla con recogimiento las páginas de su libro encuadernado en terciopelo rojo, era el equivalente alegórico de una promesa de matrimonio". Posiblemente, pero, también, una metáfora del enfrentamiento renacentista entre la tradición bíblica, por eso el frasco de ungüento, y el nuevo horizonte laico, de ahí el libro.

viernes, 5 de febrero de 2010

Ancianos solitarios venidos a menos


Currículo
La señora Ministra de Sanidad y Política Social ha autorizado la inscripción de la "Fundación Marquesa de Balboa Ancianos Solitarios Venidos a Menos" (A.S.V.A.M.), en el Registro de Fundaciones de su Ministerio (BOE del 25 de Enero de 2010, ver).
Los fines de la Fundación son «atender y cuidar a pobres vergonzantes y ancianos solitarios venidos a menos, que vivan solos o en condiciones precarias, con su familia o con personas a quienes también estorban, o en residencias que tienen deficientes condiciones de higiene y en donde, además les traten mal, atendiendo primero a las mujeres, y preferentemente a las que tuvieron una buena posición, con preferencia a las personas de la condición social que tuvo la extinta Excma. Sra. Marquesa de Balboa, que necesitan ayuda y no se atreven a solicitarla o no lo consiguen».
La respetable cantidad de 601.012,10 € aportados por la fundadora y depositados en una entidad bancaria a nombre de la Fundación se nos antoja insuficiente, porque, que se sepa, no se ha dado todavía el caso de un anciano que haya ido a más. Previendo la avalancha, la señora marquesa de Balboa prefiere que se atienda primero a mujeres de su misma condición social que necesitan ayuda y no se atreven a solicitarla o no lo consiguen. Parece que los euros están destinados a marquesas pobres. Quizá llegue.

sábado, 14 de noviembre de 2009

¿De qué hablan ciertas mujeres?


¿Ángeles o 'monstruos'?

En la primera mitad del siglo XX algunas mujeres comenzaban a publicar, con su nombre, diarios, crónicas y biografías. Ya hacía tiempo que las mujeres llevaban diarios íntimos de contenido religioso y cada vez escribían con mayor frecuencia crónicas familiares para lectura privada, pero hasta el siglo XX no se atrevieron, o no pudieron publicarlos libremente. En el círculo ilustrado y burgués de Marianne y Max Weber, el filósofo Georg Simmel (1858-1919), obligó a su amante, Gertrud Kantorowicz, y a su esposa a firmar lo que escribían con pseudónimo.
¿De qué hablan estas mujeres cuando pueden, por fin, escribir de sí mismas? Pues no sólo hablan de ellas sino que, también, hablan de sus compañeros, de sus maridos. Así lo hacen, incluso, las más inteligentes,  las mas 'productivas' y creadoras:  la feminista alemana Marianne Weber, esposa y editora de la obra del sociólogo  Max Weber, Zenobia Camprubí, mujer de Juan Ramón Jiménez y la compañera de Sartre, Simone de Beauvoir. Fielato forzoso: la mujer (lectora apasionada u oyente de lecturas,  desde siempre), cuando comienza a pisar el espacio viril de la escritura, del que ha estado prácticamente ausente desde su invención, ha de apoyarse en el varón.
En el caso de Marianne, hablar de su marido era inevitable,  ya que lo que firma es una Biografía de Weber, que publica en 1926, seis años después de enviudar. Pero se sitúa a sí misma como heroína al lado de su marido.
Lo que conocemos del Diario de Zenobia Camprubí, publicado por Graciela Palau de Nemes años después de la muerte de la escritora -y no sabemos si con su consentimiento-, está saturado de Juan Ramón.
La ceremonia del adiós de la filósofa y escritora Simone de Beauvoir, parece no hablar nada más que de Sartre: es la “crónica” de los diez años que precedieron a su muerte, acaecida en 1980; aunque admite que en el libro habla algo de sí misma, “porque el testigo forma parte de su testimonio, pero lo hago lo menos posible”.
Biografía o autobiografía, diario, o crónica, los tres libros tienen un cierto aire de confesión, en la línea de  las de San Agustín y de versión alambicada del cuento La  bella y la bestia.
 ¿De qué se confiesan estas mujeres? ¿Qué encontraron debajo de la “Bestia”,  para permanecer, como hembras-madres y adoradoras, durante tanto tiempo junto a tan ilustres “monstruos”?


                                                (Continuará, salvo caso de fuerza mayor)

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miércoles, 11 de noviembre de 2009

Cuando estas mujeres hablan, se transparentan

Sobre la “confesión” de Simone Beauvoir y las reacciones que provocó en su tiempo, el  filósofo Bernard Henry- Lévy ha dicho esto en El siglo de Sartre : “¿Por qué la publicación de la primera parte de La ceremonia, ese largo relato preciso, casi clínico, en el que ella cuenta con crudeza los últimos días de su compañero, provocó tanto revuelo? Es verdad que no se ocultaba nada de las peripecias del cuerpo sartriano. Es verdad que no se ahorraba casi nada de su deterioro patético: un Sartre alelado, vacilante, que no atina con las palabras, excusando su incontinencia: “Vaya, qué curioso... es como si un gato me hubiese orinado encima...” Pero bueno, ¿acaso no incluía también eso el contrato? ¿Acaso no era fiel hasta el final, como en las Cartas, a ese pacto de inmortalidad que desde el principio la había convertido en la secretaria perpetua de la transparencia deseada, teorizada y cantada por Sartre? “
Pero ni Marianne Weber, ni Zenobia Camprubí, que escriben antes que Simone,  habían firmado pacto alguno de “transparencia” con sus maridos y sin embargo hicieron pública parte de la privacidad o de la intimidad de su relación y desmenuzaron para el público la degradación física y las miserias morales de los compañeros. Las tres con su actitud parecen instituir una nueva época -¿la era del Gran Hermano?-,  en la que la mujer sin abandonar del todo a su papel de “ángel del hogar”, renuncia a seguir siendo la guardiana de sus secretos.
Las tres se encargan en sus libros de hacernos saber que viven con seres enfermos, feos e incompetentes para las tareas domésticas más sencillas. Inhábiles para la vida en común.


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sábado, 7 de noviembre de 2009

El enfermo, el malo y el feo

Tercera y última entrega del serial “¿De qué hablan ciertas mujeres?”

El enfermo

Convertida en enfermera,  Marianne rellena informes exhaustivos sobre los padecimientos de su compañero. Es minuciosa y recoge hasta la meningitis que Weber sufrió de niño y cómo “durante esa enfermedad la cabeza del pequeño Max creció extraordinariamente,  mientras el resto de los miembros de su delicado cuerpecillo conservaba su tamaño”.  A los 18 años,  el aspecto y la salud de Weber no han mejorado: “larguirucho y delgado, de miembros delicados y hombros caídos, un candidato perfecto a una tuberculosis”.  Lo que no le impide destacar pronto, entre los estudiantes, “por su tremendo aguante bebiendo”.  En 1899,  ya casados, contrajo una grave enfermedad nerviosa de la que nunca se repuso del todo y que sobrellevó gracias a los cuidados de su mujer.

El malo

Juan Ramón Jiménez, o la incompetencia y el egoísmo menos inteligente. Enfermo también, es, según se desprende del Diario de Zenobia, un neurótico notable, que con frecuencia (Diario, 18 de enero de 1939. miércoles) “no hace absolutamente nada y pasa en cama la mayor parte del tiempo, sentado con la cabeza afincada en la almohada y los pies en una silla en el arco más incómodo”.  Incapaz de valerse por sí mismo, no permite que Zenobia se separe de él ni un minuto. Ni siquiera para operarse de un lipoma que tenía en el vientre. El 27 de diciembre de 1937, la mujer se queja: ”Pero nunca tendré el valor ni la determinación suficientes para deshacerme de mis problemas mientras J.R. esté cerca [...] si él tuviera algo que le molestara la quinta parte que a mí, hubiera tomado una decisión acerca del asunto sin importarle mi opinión y yo podría quejarme todo lo que quisiera.”

Y el feo

Y por último, el feo. Sartre era el primero en reconocerlo:” Hasta los cinco años era un crío muy guapo, con ese aspecto un poco convencional que tanto les gusta a las mamás mediocres. A partir de los cinco años mis cabellos cortados se llevaron consigo ese esplendor efímero, y me volví feo como un sapo, mucho más que ahora.” A nadie como a Sartre le venía bien la existencia del alma, que puede ser embellecida hasta el infinito, por encima de la degradación y de la fealdad.  Porque el cuerpo de Sartre, su cara, no tenían arreglo. La “transparente” Simone no tiene inconveniente, en la segunda parte de La Ceremonia, de hacerle observaciones relacionadas con su fealdad: “Por otro lado, es un tópico que un hombre puede ser muy feo y tener mucha seducción y se cita a grandes seductores que eran feos; eso usted debe saberlo.”
La pregunta es: ¿qué hacían estas mujeres excepcionales con  hombres tan peculiares?  Posiblemente como Bella, en el cuento, las tres prefirieron la virtud a la belleza. Sobre todo en una sociedad en la que la mujer había de contar con el respaldo de un varón, influyente, comprensivo y liberal, si quería moverse cómodamente en el espacio público. Zenobia se casó con Juan Ramón, en opinión de la editora de su Diario, “aparte del amor que le tuviera, porque el oficio y la personalidad de él permitían desarrollar sus instintos de mujer activa, independiente y emprendedora, lo que le hubiera prohibido un marido menos absorto en su labor”, o menos incompetente para ganarse la vida.
El catedrático Weber introdujo a Marianne, perteneciente a la primera generación de alemanas que estudió en la universidad,  en los ambientes intelectuales de Heidelberg  y estuvo a su lado en las luchas del movimiento feminista burgués alemán. E incluso retó a batirse en duelo -¡en el año 1910!-  a un joven profesor que escribió un panfleto difamatorio contra el grupo de mujeres que presidía su esposa, en el que se decía que el movimiento estaba integrado únicamente por mujeres solteras, viudas, judías, estériles y mujeres que no son madres o no quieren cumplir los deberes de una madre.
Cuando Simone  de Beauvoir  y Sartre se presentaron, él con 24 años y ella con 21 al examen final de filosofía, Sartre sacó el primer puesto y Simone el segundo, pero los miembros del tribunal estaban convencidos de que “la verdadera filósofa era ella”.  Simone, apodada el Castor -el animal arquitecto- construye, sobre todo, una casa ineludible para Sartre. Pero también tiene sus libros. Tiene su propia obra, su propia casa, que no es pequeña. Pero una parte de esa obra sólo existe en la medida en que su compañero la dirige silenciosamente.
Pero la utilización de los hombres para colarse en el espacio público no lo explica todo. Marianne, ya viuda, dedica varios años a la redacción de la Biografía y a la publicación de las obras de su marido, “porque”, escribe, “su fama no está en mi opinión más que al comienzo de su ascenso. La gente quedará sorprendida cuando tenga en sus manos sus obras (10-12 tomos). Yo vivo para su inmortalización terrenal”.
La obra de Sartre no se entiende sin la colaboración de Simone, a la que escribe: “Usted, mi pequeño juez. Usted mi primera lectora, mi “censor”, mi “buena consejera”. Usted “mi pequeña conciencia moral”. Usted, mi ojo, mi oreja, mi “testigo”. Usted es más yo que yo. Lo que escribo sólo existe en la medida en que tengo su “veredicto”.
      En el discurso de aceptación del Premio Nobel, Juan Ramón proclama: “mi esposa Zenobia es la verdadera ganadora de este premio. Su compañía, su ayuda, su inspiración de cuarenta años ha hecho posible mi trabajo. Hoy me encuentro sin ella desolado y sin fuerzas”.
Estas mujeres fueron, sobre todo, leales al “alma” de sus compañeros, a su genio creador y productivo. Se consideraron responsables de su espíritu y de los productos que éste generaba.  El cuerpo enfermo, deforme,  o dependiente no les pertenecía, aunque había que atenderlo para mantenerlo vivo. En una contorsión narcisista poco estudiada, estas mujeres sin hijos, madres adoptivas de niños grandes, preservaron de ellos lo que creían suyo: el hijo espiritual de sus entrañas, es decir, la excelencia intelectual de Sartre, Juan Ramón y Weber.
  Y de nuevo la pregunta: ¿de qué hablan las mujeres, cuando podrían hablar de ellas mismas?  Se justifican ante sus congéneres por haber aceptado quedarse en un segundo plano, por haber sacrificado sus posibilidades de ser las primeras, por delante de los hombres a los que sirvieron intelectualmente. En novelas del XIX _y también en best-sellers actuales como "La masai blanca" de  Corinne Hofmann_ la claudicación sentimental,  la entrega, se justificaba por la “gran pasión”, que exonera a la culpable de sus responsabilidades sociales. En nuestro caso,  por la luz arrebatadora del genio. Parecen decir estas notables mujeres: “Sí, me he sometido al genio de este hombre,  a su maestría para manejar lo más femenino, lo más ilustrado, lo menos zafio, lo menos violento: el Verbo; mirad, compañeras, hembras de la especie,  me doblegué ante su capacidad de enunciar mensajes complejos, ricos, luminosos. Una mujer no puede, no debe negarse a la fuerza civilizadora de las palabras. Estos hombres las usan bien. Son, al menos en esto, compañeros de viaje, aliados objetivos de nuestra lucha para desterrar la violencia  e instaurar el reino de la palabra, que no mata”.

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