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martes, 6 de abril de 2010

Pasión, a ser posible penal, para los pederastas


Cabina de fumadores en Barajas
Esta Semana Santa ha mostrado un respeto samaritano por los peatones y ciclistas. En años anteriores, si cruzabas por mitad de una procesión, interrumpiendo el flujo de lo sagrado, te llevabas alguna voz. Y sobre todo miradas poco amistosas. También entiendo que una bici, que era con lo que yo cruzaba, es una máquina teológicamente irrelevante y tecnológicamente muy avanzada para estas evoluciones. Este año, se me ha respetado, y he podido atravesar el domingo pasado una procesión, por la plaza del Carmen de Granada, entre rejas, esto sí, protegido por los municipales, sin excomuniones ni anatemas. De buena se han librado, estaba dispuesto a devolver el bonobús. He notado, además, sin que por ahora pueda decir que esto me llevará de nuevo al seno de nuestra Madre, ligeros indicios de piedad y compasión en mi torrente sentimental, tras el contacto tangencial con el río de los penitentes y camareras. Al salir de los chiqueros procesionales, he recordado con pena a los pobres fumadores encerrados y expuestos a la vergüenza pública en las cabinas “ad hoc” de los aeropuertos. Conectados compulsivamente a sus cigarros y soportando el desprecio de la procesión de viajeros con maletas que sorteábamos la urna transparente. Un niño les tiró un plátano. Me sentí tan superior y complaciente con mis soportables adicciones que hasta creí encontrar en su caras las huellas del crimen. Hoy me arrepiento. Se lo debo a la procesión del Domingo de Pascua.

El adulto de la imagen, al ser griego, sí era efebófilo
Y si no vuelvo al seno de la Iglesia de inmediato es porque voy a esperar a ver en qué queda lo de la efebofilia, que es como le llaman ellos -que son los que ponen nombres a las cosas desde la Creación- a abusar de niños. En cuanto enchiqueren en celdas transparentes a los pederastas, me lo pienso

jueves, 11 de marzo de 2010

Esperanza Aguirre, varona fuerte

La señora Aguirre, varona fuerte, propone una rebelión contra el IVA. Estoy muy contento, porque yo había llegado a la incómoda convicción de que todos los hombres eran buenos y todas las mujeres malas, ahora sé que hay mujeres buenas, como Esperanza Aguirre, capaces de practicar las mismas virtudes que hasta ahora sólo se atribuían a los hombres. Un propósito épico de tanta envergadura, como es un alzamiento provincial contra el Ministerio de Hacienda, exige el apoyo de todos. He repasado las razones que la señora da para esta insurrección bajo su caudillaje y las veo suficientes, aunque echo de menos lo de las armas de destrucción masiva que tanto juego dio en la anterior ”performance”. Tampoco estaría de más una resolución de la ONU que nos ampare si nos tiramos al monte y el envío de inspectores que rastreen los arsenales de la Agencia Tributaria. Es imprescindible, dada la avanzada edad de muchos vecinos de la comunidad de Madrid, el auxilio del Séptimo de Caballería. Si nos asiste la Caballería USA, se alistará más gente. Yo, seguro. Como serví en la Marina, se me puede necesitar si el ataque se realiza desde barcos, remontando el Manzanares.
Pánfilo, Marinero 2ª en la reserva (¿o en conserva?)

miércoles, 10 de marzo de 2010

"Que viva España, que mueran los mambís"

Era tan fácil, entonces, ser castrista...

El “Vámonos a Cuba ya” era el segundo tema del limitado repertorio que utilizaba mi tía abuela María para dormir a sus sobrinos. Sólo lo atacaba si le había fallado una nana de la que la señora había olvidado la letra y que ella sustituía por una retahíla que sonaba así: “Tinguiriringuiriringui, tinguiriringuirirá…”.  Todos hacíamos lo posible por dormirnos con la primera, para no ser maltratados melódicamente por la segunda. Y eso que la letra del “Vámonos” era inquietante para niños que sabían de la guerra de Cuba lo que los chicos de hoy, de la guerra civil.
Hasta la otra mañana en que oí en la SER a unos comentaristas proclamando a los cuatro vientos que ellos habían sido todos castristas en su juventud, no me di cuenta del daño que me había hecho la maldita canción del 98.  Cómo iba a ser yo castrista en mi juventud si me pasé los más dulces años de mi niñez acunado por esta proclama: “Vámonos a Cuba ya,  / que es preciso defender la bandera nacional. / Que viva España, / que mueran los mambís de raza desigual /  que quieren acabar con mi bendita España”. Bueno, y por que me quedaba dormido en este punto, que si no, el daño hubiera sido irreparable.
Los tertulianos, usaban lo de su ‘juventud castrista’ como un exorcismo. Ahora, por lo visto, ya no son castristas, pero lo fueron (como corresponde a un progre guay total), cuando el proyecto Castro era bueno. Hoy en día es malo, y ellos que siguen siendo buenos, no lo respaldan. Al verbalizar su adhesión inicial y su rechazo presente, pretendían alejar toda sospecha de complicidad con las actuales acciones de los Castro.
Estaba yo en ese momento redactando la entrada anterior de este blog, “Como débiles bolas de billar”, y trascribía las palabras de Gil de Biedma, “¡Oh innoble servidumbre de amar seres humanos / y la más innoble /que es amarse a sí mismo!”, entendí entonces que lo único que les pasaba a los tertulianos es que se amaban mucho a sí mismos, hasta el punto de llevar incorporado su propio aparato de propaganda y me tranquilicé. 

martes, 22 de diciembre de 2009

Los niños crudos y en el desayuno


Rafael, Capilla Sixtina

ENTIENDO que te preocupes, lector sensible, y que te percibas como un monstruo, si sientes en algún momento a lo largo de estos entrañables días de fiesta deseos de atentar física o psíquicamente contra un niño pelmazo. Todo se confabula contra ti, porque desde el siglo XIX el hijo es para la Europa burguesa el porvenir de la familia, su imagen proyectada y soñada, su modo de lucha contra el tiempo y la muerte. Y en la primera década del siglo XXI,  un niño es, en nuestras sociedades desarrolladas y envejecidas por un bajo índice de natalidad, un bien precioso y escaso al que hay que cuidar y mimar.Es natural, pues, que no te haya servido de nada, para calmar tu conciencia y aplacar el rechazo familiar que tu actitud escocida con los pequeños tiranos ha provocado, tu limpísima ejecutoria: las muchas navidades, los innumerables días de año viejo y de año nuevo y de Reyes que no has cedido a la llamada de la selva, manteniendo incólume el pabellón de la ternura y del amor por los niños frente a la rigidez y la rudeza en el trato con ellos, propias de otros tiempos y de otras circunstancias.

Porque —tenlo claro—, si has sentido en alguna comida familiar de estas fiestas deseos de apretar (si bien con suavidad) el cuello de un niño impertinente, has atentado en tu interior —sin tú saberlo--contra un voraz consumidor de juguetes, turrones, pañales y colonias. Si has levantado tu mano pecadora contra uno de ellos, has socavado las mismas columnas, los basamentos, de la clave de bóveda de la producción: la familia, que cada vez se configura más como una unidad universal de consumo, y, en consecuencia, eres culpable de lesa economía.
Tampoco te va a reconocer nadie las veces que afeaste el exabrupto de los que añoraban a Herodes y su política de exterminio.
Ni siquiera podrás echarle la culpa de tu felonía a los malos ejemplos que has recibido del cinematógrafo rancio. ¿Quién te aceptará como autoridad la de Groucho Marx, que no accedió a comerse un niño crudo en una de sus películas porque ya había desayunado? Y de menos te servirá aun la cita del cómico W. C. Fields, un personaje gruñón, bebedor, deshonesto y antisocial que se atrevió en varios de sus filmes a proporcionar coscorrones y patadas en el culo a pequeños encantadores.
El inconsciente colectivo de  principios del milenio parece que tiene una deuda antigua que saldar con la infancia y no se atreve ni siquiera a mirar de mala manera a un pequeño, por insoportable que éste haya llegado a ser. A las clases medias, en los albores de 2010, no les sirven ya, ni siquiera, las propuestas de las pedagogías libertarias que preconizaban que hay que educar a los hijos para ellos mismos, no para nosotros, admitir que sus «intereses» pueden no coincidir con los nuestros, con los del grupo familiar; no olvidar que tendrán que asumir ellos solos su destino, y por consiguiente fomentar el desarrollo de su iniciativa, incluso cultivar una cierta indeterminación que preserve su capacidad de libertad. Lo que se lleva ahora es no educar a los niños. El mejor padre no es el que no reprime a sus hijos, sino el que no permite que nadie los reprima ni que les haga ver las limitaciones, mínimas, necesarias que la vida en sociedad impone al común de las criaturas.
Pululan así por las casas, sobre todo en estas fiestas en las que los chiquillos no están confinados en las guarderías y colegios, pequeños «conducatores», caudillos enanos, «fhürer» diminutos, «duces» insignificantes que presienten la debilidad de sus mayores y se aprovechan de ella. Hablan en voz muy alta, en la instancia menos agresiva y siempre que comprueben que sus órdenes se ejecutan inmediatamente, pero pasan a los gritos y a las borderías en cuanto notan una cierta resistencia al cumplimiento ejecutivo de sus mandatos. Si se les impide comer la golosina final, la que les hará reventar, darán parte a la comunidad de vecinos con alaridos, como de muerte, para que los mayores entiendan que los asuntos privados pueden pasar a ser públicos y escandalosos en el preciso momento en que sus intereses coyunturales son contrariados.
Ya sé, amigo lector, que has intentado en esta fiestas razonar con los niños de tu familia. Tu historial de respeto a los derechos humanos, en general, y a los del niño, en particular, a lo largo de muchos años no permite pensar otra cosa; y que sólo te fuiste hacia el cuello de uno de ellos con las manos crispadas, en forma de tenaza, cuando, casi de rodillas, le explicaste (sin obtener más respuesta que un gruñido y un «no» terminante), que llevaba tres horas delante de la televisión y que la película que estaba viendo era algo desagradable, que luego soñaría con caras que se derriten y se quedan en los huesos por efecto de un lanzallamas y que te dejase ver el telediario porque tenías interés en no perderte las sentidas palabras del presidente Zapatero, tomadas al alimón de Raimón y del autor del Montañas Nevadas, sobre que la tierra no es de nadie, sino del viento.
Sí. No lo repitas más: no llegaste a ponerle las manos encima al chiquillo. De acuerdo. Desde luego, el susto se lo diste. Y todos los mayores se pusieron en tu contra. Desde ese momento han renunciado a las libertades democráticas y se han abandonado en manos de los tiranuelos.

viernes, 9 de octubre de 2009

El cuento de Marta, niña de 8 años

Para ser contado a políticos, a fundamentalistas y a todos los que sólo se saben el cuento del Árbol del bien y del mal:


"Había una vez una bruja que era muy mala, muy mala, pero que a veces también era un poquito buena...."