Cuando Dios se sale de madre, como en Haití, se entiende mejor lo que quiso decir Alberti en su verso: “Las palabras entonces no sirven, son palabras”. Si estás en tu casa, con una simple rebanada de pan con aceite y un café delante, desayunando, cubierto por un tejado, razonablemente seguro, y esperas comer dos veces más en el mismo día, escribir esta entrada puede ser hasta indecente. La catástrofe -100.000 muertos (?), y el territorio asolado- te mueve a escribir, aunque sepas que deberías de callar. Sencillamente porque ésta es una de esas ocasiones, lo explicó Freud, en que la “cultura” y la “civilización” muestran su debilidad extrema, su carácter de airbag delgadísimo, que no puede impedir que afloren, y se expresen, los instintos básicos que habitualmente controlamos. Como todos hablamos, se oye de todo. En los primeros momentos, en las tertulias radiofónicas se oscila entre el buenismo de los que siempre, teóricamente, defienden las causas justas, que suelen ser las políticamente correctas, y el miedo miope de los que se consuelan con echarle la culpa a la víctima: “Los de Haití exageran, son unos pedigüeños, siempre quieren sacar tajada de estas cosas y luego ni siquiera saben repartirse las ayudas”, comentan. Más o menos lo que le dijo una señora a su pobre habitual cuando el hombre le confesó que se estaba muriendo:”es que los pobres os estáis muriendo todos los días.”
Pero las actitudes más antiestéticas, las ofrecen los que viven de la intermediación entre Dios y la humanidad, los predicadores, los obispos. El horror de Haití los enfrenta, sin posibilidad de escape, con el problema del mal y los saca del campo de juego. Supone el fracaso de su mediación. “¿Por qué vuestro misericordioso Dios permite estas cosas?”, claman las víctimas. Y ellos que comen del silencio de Dios, no tienen respuesta para cuando su Dios se les sale de madre y pega voces (y coces), como acaba de suceder en Haití. Y entonces, extraviados, dicen las cosas que mis amables lectores ya les han oído decir y que yo no transcribo aquí para no contribuir a la ola de anticlericalismo de reacción que crece imparable en la calle y que se expresa clamorosa en las redes sociales y que amenaza, también, con salirse de madre.