lunes, 31 de julio de 2017

Susana ruge

El hombre es, por naturaleza, un animal cívico (Aristóteles, Política)


Susana y Pedro, ¡la leche!

A la animala política,
¡qué cara se le quedaba,
cuando ha poco, en las primarias,
las primarias no ganara!
Se le mudó la color,
un rictus veló su cara
y quedó triste y mohína,
cabizbaja y trasudada,
vamos, lo que viene siendo
quedarse muy cabreada.
No sólo no gritó: ¡Pedro!,
vivaz y ‘almodovariana’,
sino que ni tan siquiera
a su rival saludaba
y lo llamó ‘secretario’
sin apellidos ni gaitas,
ni don, ni algún titulillo
que algo lo identificara,
sólo ‘secretario’ a secas:
¡lo menos que se despacha!
La historia viene de lejos,
–la historia de la animala–
y fue su principio cierto
cuando en tierras de La Mancha
el ilustre Pepe Bono,
hombre de gran perspicacia,
dijo que Susana Díaz
era ‘toda una animala . . .
. . . política’, por más señas,
que eso nadie lo dudara,
–imitando en la expresión,
la aristotélica fabla–.
Y añadió aún algo más:
Que cuando alguien deseaba
definir con claridad
de un elefante las trazas,
hallaba dificultad
en dar las señas exactas.
Pero al ver al paquidermo
con su trompa y su prestancia
ya nadie ponía en duda
de qué animal se trataba.
“Pues lo mismo con Susana
pasa –dijo Pepe Bono–:
Que es una grande animala,
que en cuanto uno la ve,
la cosa le queda clara”.
Dicen algunos que aquello
del elefante, a Susana
no le pareció muy bien,
vamos, que no le hizo gracia,
pero lo había dicho Bono
y no hubo quien replicara.
Y desde entonces la cosa
ha quedado bien fijada.
Y Susana la andaluza,
aunque perdió las primarias,
aunque se quedó mohína,
cabizbaja y cabreada,
sigue siendo, igual que antes,
es más, por antonomasia
la única, la indiscutible,
«la política animala».

Debo este romance a la generosidad del autor, Francisco Ruiz Girela, profesor y arabista granadino que me ha autorizado a publicarlo en mi blog. ¡Gracias, amigo!

domingo, 30 de julio de 2017

Susana Diaz, animala política

El hombre es, por naturaleza, un animal cívico (Aristóteles, Política)


A la animala política,
¡qué cara se le quedaba,
cuando ha poco, en las primarias,
las primarias no ganara!
Se le mudó la color,
un rictus veló su cara
y quedó triste y mohína,
cabizbaja y trasudada,
vamos, lo que viene siendo
quedarse muy cabreada.
No sólo no gritó: ¡Pedro!,
vivaz y ‘almodovariana’,
sino que ni tan siquiera
a su rival saludaba
y lo llamó ‘secretario’
sin apellidos ni gaitas,
ni don, ni algún titulillo
que algo lo identificara,
sólo ‘secretario’ a secas:
¡lo menos que se despacha!
La historia viene de lejos,
–la historia de la animala–
y fue su principio cierto
cuando en tierras de La Mancha
el ilustre Pepe Bono,
hombre de gran perspicacia,
dijo que Susana Díaz
era ‘toda una animala . . .
. . . política’, por más señas,
que eso nadie lo dudara,
–imitando en la expresión,
la aristotélica fabla–.
Y añadió aún algo más:
Que cuando alguien deseaba
definir con claridad
de un elefante las trazas,
hallaba dificultad
en dar las señas exactas.
Pero al ver al paquidermo
con su trompa y su prestancia
ya nadie ponía en duda
de qué animal se trataba.
“Pues lo mismo con Susana
pasa –dijo Pepe Bono–:
Que es una grande animala,
que en cuanto uno la ve,
la cosa le queda clara”.
Dicen algunos que aquello
del elefante, a Susana
no le pareció muy bien,
vamos, que no le hizo gracia,
pero lo había dicho Bono
y no hubo quien replicara.
Y desde entonces la cosa
ha quedado bien fijada.
Y Susana la andaluza,
aunque perdió las primarias,
aunque se quedó mohína,
cabizbaja y cabreada,
sigue siendo, igual que antes,
es más, por antonomasia
la única, la indiscutible,
«la política animala».

Debo este romance a la generosidad del autor, Francisco Ruiz Girela, profesor y arabista granadino que me ha autorizado a publicarlo en mi blog. ¡Gracias, amigo!

miércoles, 26 de julio de 2017

El experto

El arquero
La estadística juega a mi favor: desde hace 34 años vengo escribiendo en los periódicos granadinos y nunca faltó mi artículo el día acordado, aunque a la hora del cierre todavía no lo hubiera entregado. No debo preocuparme, entonces, porque ahora sean las ocho de la tarde y no tenga escrita ni una sola palabra. Estaréis pensando que, como en el cuento del rey, el cangrejo y el pintor, estoy esperando al último minuto para escribirlo, como el pintor de la historia que da fin a su obra, y dibuja un cangrejo perfecto, sólo cuando el rey enfurecido, después de cinco largos años de espera y de cuantiosos gastos, sube las escaleras de su taller, dispuesto a cortarle la cabeza por su tardanza. Y os maliciaréis que sólo se puede escribir aceptablemente sometido a presión. Sea como sea, de lo que lo que estoy seguro es de que en este momento, lectores pacientes, os encontráis leyendo mi columna, aunque yo no la haya escrito. Me viene a la memoria, para explicar el fenómeno, la historia Chi Ch’ang –el protagonista del cuento El experto, de Nakajima Ton- que aspiraba a ser el mejor arquero del mundo. Gracias a las enseñanzas de su maestro Wei Fei -de puntería tan certera que, se decía, era capaz de hacer blanco con todas las flechas de su aljaba en la misma hoja de sauce a una distancia de cien pasos-,  aprendió a no parpadear y a mirar de tal manera que lo diminuto le parecía llamativo y lo pequeño descomunal. Tres años estuvo practicando hasta conseguir emular al maestro. A los tres años pensó que tendría que matarlo si quería ser el mejor arquero del mundo. Lo intentó, pero Wei Fei consiguió esquivar las flechas de su alumno. Y no vio otra manera de quitárselo de encima y de desembarazarse de aquel peligro que dirigir la mente de Chi Ch’ang hacia una nueva meta; confiarlo al maestro Kang Ying,  que le enseñaría a dar en el blanco sin disparar.  “Mientras necesites un arco y una flecha continuarás en la infancia de este arte”, le dijo Kang Ying, “el verdadero tiro con arco no lo precisa, la fase culminante de la actividad es la inactividad; la fase culminante de la oratoria es refrenar la lengua, la fase culminante de disparar es abstenerse de hacerlo”.  Aprendido esto, Wei Fei regresó a Hantan, su aldea, y nunca más volvió a disparar una flecha, aunque pájaros y ladrones evitaban aproximarse a su casa, por si acaso. Su reputación fue en aumento. Cuarenta años después abandonó este mundo sin haber mencionado ni una vez el tema del tiro con arco y sin tocar ninguno. Después de esto, en su aldea, los pintores tiraron sus pinceles, los músicos rompieron las cuerdas de sus instrumentos y los columnistas se avergonzaron de ser vistos tecleando sus ordenadores. Por mi parte he olvidado cómo se escribe un artículo. De lo que es una columna periodística. Pese a todo,  generosos lectores, estoy seguro de que hoy habéis encontrado mi artículo en el mismo sitio de todos los jueves.

miércoles, 12 de julio de 2017

El micromachismo de la Thermomix

Salmorejo de zanahorias en la Thermomix
Cuando el calor alcanza los 45 grados, es que no se me ocurre nada y termino escribiendo de salsas o sopas frescas como el gazpacho o la vichyssoise. El verano pasado, en primicia mundial, dimos en estas páginas la receta del salmorejo de tomates y zanahorias. Nos la proporcionó de viva voz una mujer en la frutería. Todo no está en Arguiñano. La transmisión de recetas la sigue haciendo la mujer oralmente, como siempre. Aunque los hombres, que no quieren quedarse atrás, también se atreven ya a compartir la composición y la elaboración de un plato. Ayer, un jubilado me detalló en el tenderete de mi frutero cómo freír los pimientos verdes. Me insistió en que los dejase cocer en el aceite a fuego lento y que, antes de consumirlos, le echase un escrúpulo de sal gorda. Hizo hincapié en que la sal fuera gorda. Hacía mucho calor debajo del toldo de Salvador. Tenemos ya tanta confianza que nunca me  pesa lo que llevo y me cobra siempre la misma cantidad: dos euros.  Lo comido por lo servido. Unas veces gano yo, otras, él.

La mujer del salmorejo del verano pasado, como una diva del bel canto,  cuando acabó el recitativo de los ingredientes, nos advirtió que ella no usa pan, porque engorda y que lo ha sustituido por 250 gramos de zanahorias, por cada kilo de tomates. Aseguró que le sale finísimo, como un salmorejo de caramelo, aterciopelado, como si fuera la crema pastelera de los tomates.  Cuando le pregunté si había adaptado ya su receta a la Thermomix, el robot de cocina alemán, me miro como a sacrílego y no se dignó contestarme.  Comprendí que, además de bella, era inteligente y que se había dado cuenta de que la Thermomix es un instrumento del Patriarcado, de los hombres que ahora se ven obligados a guisar, bien porque están solos o porque les ha empezado a gustar andar entre fogones o, simplemente, porque en el reparto de tareas del hogar les corresponde cocinar  lunes, miércoles y viernes; y que usan la Thermomix para, de salida, hacer comidas aceptables con sólo atenerse a las prescripciones de temperatura, velocidad y tiempo del recetario. Ese robot convierte al varón más torpe, en un aspirante a MasterChef, sin haber tenido que aprender las recetas de su madre ni practicar, como los dioses antiguos, nada más que el sencillo arte de asar carne. Desde hace 150 años, estos recién llegados al reino de las cocinas, o los “expertos”, (es decir, científicos varones) han irrumpido en lo que era un dominio femenino -el cuidado del hogar, de la salud, de la familia, del embarazo, del parto, etc.- y, con la excusa de la ciencia, han desalojado a las mujeres del control de ámbitos que sólo ellas administraban. La Thermomix, en muchas ocasiones, se ha convertido en un instrumento micromachista en manos del hombre empodereado. Yo mismo he terminado por cocer los huevos de ocho en ocho en ese caballo de Troya del poder masculino. Y todos me han sabido a gloria.

jueves, 6 de julio de 2017

Incendio provocado

Ulises y Penélope de Francesco Primaticcio
Si yo no tuviera a Cervantes y su lengua ni la posibilidad que este escritor, y otras escritoras y escritores, me han dado de poder hablar y escribir gracias un instrumento prodigioso que se llama castellano, elaborado, también, con materiales orales nobilísimos, aportados por personas que nunca supieron escribir pero que cuidaron su lengua con reverencia y placer durante siglos, el día 1 de octubre, aprovechando la ola catalana, convocaba en mi casa un referéndum, lo ganaba por el cien por cien de los votos y desconectaba. Suena hasta bonito: República Elaia ('olivo', en griego), que es como se llama la casa, porque tiene dos árboles de esa especie que me dan todos los años dos sacos de aceitunas que llevo a un molino de Gójar donde me los cambian por dos garrafillas de 5 litros de aceite, de gran calidad y de toda confianza.
El nombre lo tomo mi mujer, leyendo una magnífica traducción al castellano de la Ilíada, del el pasaje donde la fiel Penélope reconoce a su marido, tras 20 años de ausencia de Ítaca, después de que éste le recuerda que el lecho en el que consumaron el matrimonio tiene una pata de olivo que hunde sus raíces en la tierra. Y que es la metáfora que expresa el carácter inquebrantable de su compromiso. El nombre griego -Elaia- me pareció, en un principio, algo cursi, pero con el paso del tiempo ha llegado a resultarme apropiado y bien traído. Mi compromiso con España, sin que esto tenga la más mínima importancia ni consecuencias, es con su lengua, con las poderosas metáforas, originales y las traducidas de otras lenguas, que conocí gracias a ella. Con ese regalo enorme que hoy me permite disfrutar del placer de hablar (más de la cuenta) con gente insufrible, con gente adorable, con gente tan habladora como yo, que sabe escuchar, con gente silenciosa que no suelta palabra y te mira, como si te estuviera haciendo un TAC. Lengua que me ha permitido desde chico aprender de los que saben.
Cada vez que veo a Rajoy, me entran ganas de independizarme, de salirme; cada vez que me golpea la prosodia de Susana Díaz, echo a correr. El otro día, al oír a Pablo Iglesias referirse al secretario general de PSOE como "Pedrito", estuve a punto de fletar un yate de recreo y perderme en el océano. Pero me retiene, con lazos fortísimos, Cervantes y, con él, mi madre y todos los que me ayudaron a comprender -aproximadamente- el mundo y a pensar en castellano. Gracias a ellos, barrunto que lo que se traen entre manos Rajoy y Puigdemont es un juego de trileros. La performance de Puigdemont es tan irracional como el remitirlo a la Constitución, redactada para que de aquí no se vaya nadie. Y nosotros en medio. Parece como si los maravillosos 78 años de guerri-paz de los que hemos disfrutado, no les vinieran bien a estos señores y que, metidos en el atolladero de su incapacidad para gobernar, necesitaran de una guerra con un pilón de muertos, para arrasar el territorio y borrar la memoria de sus rapiñas, errores, ineptitud y sevicias. El fuego, si termina por prender, será intencionado.

jueves, 29 de junio de 2017

La palestra de Platón

El efebo de las pompas del Salón ( en Granada)
El ejemplar del diálogo Cármides de Platón que tengo en casa me lo regaló el profesor Jacinto Prieto. De su puño y letra, debajo del título, ha escrito: De la sabiduría, y un poco más bajo, entre paréntesis, la palabra Formidable. La edición es de 1934. Ni el más leve comentario sobre el juego erótico que el gran ironista que era Platón nos ofrece en el preámbulo de este diálogo. La escena parece sacada de alguna película cómica del cine mudo. Digna de ser comentada, al menos, por su gracejo. En la edición de la editorial Aguilar, de 1966, el traductor y anotador, Francisco de P. Samaranch, sí deja constancia del ambiente en el que tiene lugar la discusión que mantienen Sócrates, Critias, y Cármides sobre la sabiduría moral. "El diálogo", nos dice el traductor, "comienza con un preámbulo de un delicioso realismo anecdótico que nos lleva a la escena de la conversación y nos va presentando a los personajes que van a intervenir en ella". Samaranch no va más allá. Durante mucho tiempo se pudo hablar de los diálogos de Platón sin referirse por extenso a la homosexualidad o a la bisexualidad que de forma evidente se manifiestan en ellos. El antagonista de Sócrates, Cármides, es un efebo que sólo tiene 14 años. Guapísimo, además de muy inteligente, entra en la palestra -el gimnasio sólo para hombres-, donde enamora a los chicos de su edad y a los hombres maduros. Sócrates comenta que, al pasar, todos los contemplan como se contempla una estatua. Su presencia dio motivo a una escena extraordinariamente graciosa -de cine mudo, dije más arriba-, pues cada uno de los que estaban sentados en un banco se apresuró a empujar a su vecino con todas sus fuerzas, para hacer sitio al recién llegado, de tal manera que los dos últimos, es decir, los que ocupaban las extremidades del banco, uno tuvo que saltar de su sitio y el otro, menos listo, cayó de costado. Sócrates también sucumbe a los encantos del adolescente: "Entonces", refiere el filósofo, "por la entreabierta túnica de Cármides, atisbé una nueva belleza que inflamó mis sentidos". Ortega y Gasset sí repara en las peculiaridades de las relaciones amorosas en la Grecia antigua y afirma que Platón, inversamente a nosotros, no entendía muy bien lo que pudiera ser un amor de hombre a mujer. Ya sé que en este punto, los lectores se estarán preguntando a qué viene este jarro de erudición fría que les está cayendo encima. Tiene que ver, desde luego, con el Día del Orgullo Gay. Mi humilde contribución a que se vea como normal, lo que ya en Grecia, era tenido como natural. Pero también he querido ponerme culto de la muerte para hacer frente a las críticas que he recibido por incluir en una columna anterior La venganza de don Mendo de Muñoz Seca dentro la alta literatura y para aparecer como entendido en materias tan abstrusas como la sociología, la antropología y la filosofía. Más que nada por darme pisto

jueves, 22 de junio de 2017

Hijos del Google Earth

En tiempos de paz prolongada, la mochila sustituye al viejo macuto del peregrino o del soldado. Dentro del macuto se podía encontrar una lendrera, estropajo, jabón casero, confeccionado con sosa cáustica y aceite de oliva refrito, un rosario, una muda, y recado de escribir. Dentro de las mochilas de los jóvenes viajeros de hoy se encontrarán toallitas higiénicas y un gel suave que cubrirán, en un 67%, las funciones del bidé; tubos con pomadas antialérgicas, preservativos, cepillo de dientes, bragas o calzoncillos de papel de talla universal, vaselina, píldoras del día después que las mamás -incluidas las más conservadoras- han metido en las mochilas de sus niñas; dentífrico, una barra de una sustancia que alivia rápida y eficazmente las picaduras de los insectos y varios paquetitos de galletas de textura e ingredientes muy variados.
Los jóvenes de la mochila siempre parecen saber a dónde van. Sólo se perderán, si visitan una zona pixelada del Google Earth. Cuando toman el barco, van directos a un rincón de cubierta que parece estar reservado para ellos. Despliegan el saco de dormir y se echan, desatentos a la partida y a la puesta de sol. Convencidos de que -jóvenes como son- disponen de tiempo para volver otra vez a ese mismo lugar y observar los matices que ahora menosprecian.
Los despertará el hambre. Sin abrir los ojos, encontrarán el bar del barco y pedirán al camarero una cerveza en inglés -el esperanto de los jóvenes- y beberán de la lata-bomba hasta la última gota, para lo que parece que la naturaleza sabia les ha dotado de una vértebra cervical más, que les permite inclinar la cabeza hacia atrás, en un ángulo casi de contorsionista, y hacerse con el contenido íntegro del envase. Después hablan, cantan y manosean el móvil. Los días que dura la travesía, los consumen en ducharse todas las mañanas en los lavabos comunitarios, beber constantemente cerveza y coca-cola, fumar, echarse desodorante y leer novelas.
Hacen transbordo de tren en las estaciones más remotas con la precisión de un cardumen de peces. Esperan la puesta del sol, entretenidos en conversaciones, en oír la música de sus celulares y en cantos. Hay grupos de jóvenes uniformados que suelen acompañarse de guitarras y ayudarse de cuadernos en los que han copiado o pegado fotocopias con las letras de las canciones que entonan.
Con las primeras oscuridades, se quedan dormidos. Se contorsionan peligrosamente en sus asientos hasta encontrar la postura más cómoda. Invaden los asientos cercanos con sus pies y no se preocupan demasiado si el viajero de enfrente da reposo a los suyos en el asiento que ellos ocupan.
Las personas mayores, al verlos dormidos, los miran con envidia. Porque ellos no han sido educados para invadir el espacio ajeno y no logran dormirse, temerosos de dejar caer, involuntariamente, la cabeza sobre el hombro del vecino y de que se malinterprete su gesto.