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miércoles, 12 de julio de 2017

El micromachismo de la Thermomix

Salmorejo de zanahorias en la Thermomix
Cuando el calor alcanza los 45 grados, es que no se me ocurre nada y termino escribiendo de salsas o sopas frescas como el gazpacho o la vichyssoise. El verano pasado, en primicia mundial, dimos en estas páginas la receta del salmorejo de tomates y zanahorias. Nos la proporcionó de viva voz una mujer en la frutería. Todo no está en Arguiñano. La transmisión de recetas la sigue haciendo la mujer oralmente, como siempre. Aunque los hombres, que no quieren quedarse atrás, también se atreven ya a compartir la composición y la elaboración de un plato. Ayer, un jubilado me detalló en el tenderete de mi frutero cómo freír los pimientos verdes. Me insistió en que los dejase cocer en el aceite a fuego lento y que, antes de consumirlos, le echase un escrúpulo de sal gorda. Hizo hincapié en que la sal fuera gorda. Hacía mucho calor debajo del toldo de Salvador. Tenemos ya tanta confianza que nunca me  pesa lo que llevo y me cobra siempre la misma cantidad: dos euros.  Lo comido por lo servido. Unas veces gano yo, otras, él.

La mujer del salmorejo del verano pasado, como una diva del bel canto,  cuando acabó el recitativo de los ingredientes, nos advirtió que ella no usa pan, porque engorda y que lo ha sustituido por 250 gramos de zanahorias, por cada kilo de tomates. Aseguró que le sale finísimo, como un salmorejo de caramelo, aterciopelado, como si fuera la crema pastelera de los tomates.  Cuando le pregunté si había adaptado ya su receta a la Thermomix, el robot de cocina alemán, me miro como a sacrílego y no se dignó contestarme.  Comprendí que, además de bella, era inteligente y que se había dado cuenta de que la Thermomix es un instrumento del Patriarcado, de los hombres que ahora se ven obligados a guisar, bien porque están solos o porque les ha empezado a gustar andar entre fogones o, simplemente, porque en el reparto de tareas del hogar les corresponde cocinar  lunes, miércoles y viernes; y que usan la Thermomix para, de salida, hacer comidas aceptables con sólo atenerse a las prescripciones de temperatura, velocidad y tiempo del recetario. Ese robot convierte al varón más torpe, en un aspirante a MasterChef, sin haber tenido que aprender las recetas de su madre ni practicar, como los dioses antiguos, nada más que el sencillo arte de asar carne. Desde hace 150 años, estos recién llegados al reino de las cocinas, o los “expertos”, (es decir, científicos varones) han irrumpido en lo que era un dominio femenino -el cuidado del hogar, de la salud, de la familia, del embarazo, del parto, etc.- y, con la excusa de la ciencia, han desalojado a las mujeres del control de ámbitos que sólo ellas administraban. La Thermomix, en muchas ocasiones, se ha convertido en un instrumento micromachista en manos del hombre empodereado. Yo mismo he terminado por cocer los huevos de ocho en ocho en ese caballo de Troya del poder masculino. Y todos me han sabido a gloria.

viernes, 17 de abril de 2015

Oda a la Thermomix


Ellas, mis matriarcas, guisaban con carbón

Romance y monólogo del cocinero avanzado

A Pablo Alcázar, experto cual ninguno en artes culinarias, y a María Victoria in memoriam.


Era cuando las cocinas
funcionaban con carbón,
económicos fogones
que ahumaban mucho el salón.
Y por dentro me decía:
-Cómo cocinaré yo.

Más tarde el petróleo vino
dejando muy mal olor
y recorriendo la casa
apestaba el comedor.
Y por dentro me decía:
-Cómo cocinaré yo.

Pero de pronto aparece
y cambia la situación
la electricista energía
y el butano en botellón.
Y por dentro me decía:
-Cómo cocinaré yo.

Y al hilo de aquel impulso
nació la olla a presión,
que todo lo resolvía
en un periquete o dos.
Y por dentro me decía:
-Cómo cocinaré yo.

Mas, oh fortuna, a finales
del siglo que se marchó
llegó un invento notable
definitivo en acción;
un invento milagroso
que interesó a la reunión,
que todo lo hace deprisa,
que solo te pide amor,
y a alguno incluso le asusta
como arma de destrucción.


Ceden ante la Thermomix

Solicita condimentos,
materias primas y arroz,
los productos de la huerta,
carne, caldo y pimentón,
todo lo que se te ocurra
te lo admite, qué sé yo,
cualquier cosa que le eches
sirve para la fusión;


Y se convierten en sabroso puré de garbanzos (humus)

no hay receta resistente
a mi deseo soñador
siempre que le proporcione
lo mejor de lo mejor.
Y cuando todo está dentro,
esperándome, burlón,
a punto me tiene el plato
con solo darle a un botón.
Thermomix la bautizaron,
 la reina de la cocción,
Y a la concurrencia afirmo
que le rindo devoción
porque tiene algo de bruja
el artilugio en cuestión.
Así sí, digo y repito,
así sí cocino yo.



Antonio Sánchez Trigueros

miércoles, 19 de febrero de 2014

Ni envidiado, ni envidioso

Como decíamos ayer... (Cátedra de Fray Luis de León)
Actualmente, tenemos los jubilados mejor preparados de la historia (de España), para sostener al Estado moderno que ha decidido especializarse en cobrar impuestos para pagarle a sus funcionarios y servidores –del Estado, no de la gente- y dejar lo demás al contribuyente. El Estado somos, por tanto, cada uno de nosotros. En la cima de ese Estado se encuentran los jubilados que cobran religiosamente de Madrid. Cuando los jubilados dejen de cobrar un mes sus pensiones, habrá que prepararse para el éxodo. El jubilado es visto desde el poder como una ayuda imprescindible para la llevanza del día a día de la gente. Él tiene en nómina a sus hijos parados, atiende a los trámites y recados que no pueden hacer sus hijos empleados, con horarios de 10 a 12 horas, o más. Lleva a los niños al colegio. En el caso de los jubilados varones, aprenden a guisar con la ayuda de la thermomix, que es una máquina inventada por los machos para, cuando se meten en la cocina, conseguir unos niveles de calidad aceptables, simplemente aplicando las variables tiempo, temperatura y velocidad, las mismas que en el sexo. Pero el jubilado es normalmente un incomprendido. Consciente de su importancia, dice lo que se le ocurre. Esto no ha de durar mucho porque, cuando se le chafe a Gallardón el macabro juguete del aborto, es muy posible que se invente una ley para acallar a los jubilados díscolos. Pero, entretanto, los ciudadanos en activo, blanco de sus críticas, no saben a qué atribuirlas. Nunca ha habido tantos individuos, todavía sanos y lúcidos, con mucho tiempo para pensar y sin miedo a que los echen del trabajo o que los suspendan de empleo y sueldo. Y todo lo achacan, los criticados, a la envidia del jubilado. Si ridiculizas a un político presuntuoso, que le da más importancia, cuando juega el Granada, a que él esté viendo el partido desde el palco (y así lo proclama en facebook) que a los raros goles que mete el equipo local, inmediatamente te acusa de envidioso. Si tachas a un best-seller ginecológico de pornográfico, lo haces porque envidias los 500.000 ejemplares que el libro vendió en las Navidades. Si criticas la endeble literatura granadina, embadurnada de sentimentalidad obvia o empapada de lluvia de adjetivos: envidioso. Eso quiere decir que muchos ciudadanos en activo se mueven para ser envidiados y no entienden que haya jubilados que, con Fray Luis de León, prefieren vivir, “ni envidiados ni envidiosos”.