jueves, 2 de agosto de 2018

Linchamientos, S.A.

Multitud
La anemia democrática actual va camino de convertirse en anomia. San Juan de la Cruz, en un dibujo que pintó para ilustrar su Subida al Monte Carmelo, explica lo que es la 'anomia'. En la cima del Monte escribe: "Ya por aquí no hay camino, porque para el justo no hay ley; él para sí se es ley". El místico, cuando alcanza la perfección, pasa de las leyes. En nuestra depauperada democracia los miembros de los tres poderes del Estado -los perfectos- se lo vienen montando en plan místico y, aunque obligan a los demás a cumplir los artículos constitucionales (como Juan de la Cruz obligaba a sus novicios del Carmen de los Mártires a respetar las reglas), ellos se saltan los más benéficos. Los que podrían contribuir a hacer más felices a los ciudadanos. La desafección por el sistema político y por las leyes que lo sustentan está alcanzando cotas preocupantes. Nuestra sociedad sufre de anomia grave: cada individuo es juez, legislador y policía. La ley está siendo sustituida por un concepto más nebuloso, más antiguo, el de mancha. Grupos enteros de personas, sin ser juzgados, sin ser condenados, son estigmatizados y se pinta en las puertas de sus casas, de sus familias, de sus vidas, de su reputación una mancha que los delata; y pasan, de ser ciudadanos, a ser reos. El concepto de mancha es religioso, un trasunto del pecado original. Por ejemplo: todos los hombres, en principio, y hasta que no demuestren lo contrario, están manchados por el estigma de la violación, de los malos tratos, de la arrogancia, del abuso, de la imposición. En Cataluña, a los no independentistas, les puede pasar de todo, sin que nadie mueva un dedo. Chuzos de punta pueden llover sobre los independentistas, y no habrá un españolista que se interponga. Los negros, los emigrantes, los homosexuales, los transexuales, los mendigos, los que miran mal a un gato, los que se zampan una hamburguesa, los que beben jumilla: sucios, manchados, condenados. En situaciones de anomia, como la que vivimos, sobran tribunales, abogados, jueces y aguacilillos. Todos terminaremos linchados por algún delito que nunca cometimos. Llegará un momento en el que, antes de salir a la calle, habremos de mirar si alguien en nuestra puerta ha dibujado con brocha gorda la mancha que nos llevará al patíbulo. Sin juicio previo.

domingo, 29 de julio de 2018

Juana -Rivas- de Arco

Juana Rivas, como la de Arco, ha ardido en la hoguera que le prepararon sus congéneres, ignorantes y aprovechados.
Convierten a las personas en objetos consumibles en sus pretendidas luchas progresistas. Cuando las buenas causas las cogen en sus manos desalmados, las ensucian y las desvirtúan. Las leyes son malas, los fiscales, incompetentes y machistas, los jueces parciales; de acuerdo: echémosles una Juana Rivas, para que la destrocen y así justificar nuestros empleos y nuestros sueldos, como consejeros, asesores, observadores, apesebrados y meapilas de las franquicias guais. ¡Juana indultada, una vez condenada! Y los que la usaron como un kleenex, condenados a prisión permanente no revisable. Y los legisladores a legislar, no a encabezar manifestaciones: que las manchan con su sucia aureola de incompetencia.

miércoles, 18 de julio de 2018

Pliegue en una alfombra rusa

Academia de las Ciencias de la URRS

Uno de los métodos más severos de descontextualizar una obra de arte es meterla en un museo. Aunque no el más radical. Mao animaba a los jóvenes chinos a acabar con todas las obras de arte anteriores a la revolución, porque cualquier documento cultural era también un documento de barbarie, amasado con la sangre y el sudor  de los trabajadores. Pese a que Lenin se había opuesto a la destrucción del patrimonio cultural de la burguesía. Los talibanes destruyeron los budas gigantes de Bamiyan, el IS arrasó Palmira, en Siria.  En Europa,  los aviones norteamericanos arrojaban sus bombas desde 10.000 m sin tino ni precisión alguno para no ser alcanzados por las defensas antiaéreas alemanas. Destruyendo vidas, ciudades y todo vestigio cultural. El museo no extermina, conserva y muestra, pero desarraiga. Y, en inevitable alianza con el tiempo,  aleja las obras de arte del lugar en que fueron creadas. La museología, pese a todo, se esfuerza en acercar a los visitantes de esos mausoleos de la belleza los prodigios del pasado. Junto a cada uno de ellos, un cartel de metacrilato detalla autor, época y materiales que se utilizaron para producirlos. Audio guías, catálogos y vídeos intentan contextualizar los productos culturales que los siglos, las academias y el canon fueron subiendo al altar de la excelencia. Las visitas guiadas completan el proceso de acercamiento de la obra al espectador. Pero siempre hay algo que se escapa a catálogos y guías. En el Museo Ruso de Málaga, un visitante, ante un cuadro enorme de Vasili Yefánov, sorprende a la guía con una pregunta sobre una arruga de la alfombra que cubre el suelo del salón donde se celebra, en 1951,  una sesión de la Academia de las Ciencias de la URSS.  El Realismo Socialista  -al que está dedicada la exposición- dejaba poco sitio a la imaginación de los artistas rusos, vigilados y purgados, si no respetaban las directrices de los comisarios de Stalin. El pliegue, enfrentado a la compostura y envaramiento de los sabios académicos, rompe la solemnidad de la escena. La huella de un tropezón.  Quizá, lo más hermoso del cuadro. La firma irónica de un Yefánov que ha encontrado la forma de reírse del sátrapa. Volveré al Museo sólo para cerciorarme de si la hermosa guía rusa ha resuelto ya el enigma de esa arruga.  Y por volverla a ver.

lunes, 9 de julio de 2018

El que se fue a Bruselas perdió la Señera.

Pipa de porcelana
En La habitación cerrada, un cuento terrorífico de H. P. Lovecraft y August Derleth, el protagonista, Abner Whateley, acaba de heredar la casa de su abuelo por la que correteó asustado de niño. Nada más llegar a la mansión, ahora en ruinas, lo primero que hace es plantarse delante de la puerta de una habitación que nunca le dejaron visitar. "Ningún sonido de respiración", leemos, "ningún quejido le saludaba ahora, nada en absoluto mientras permanecía enfrente de ella, recordando, aún fascinado por la prohibición de su abuelo". Ciertas habitaciones de los cuentos de miedo son, como las pipas, los melones, las sandías o los huevos: estructuras cerradas que nos atraen porque parece como si en su interior se escondieran algún secreto o algún gozo. Herméticas y, en consecuencia, irresistibles, nos invitan a abrirlas o a profanarlas. Además de misteriosas, las clónicas pipas son para el artista Ai Weiwei (Pekín, 1957) una de las metáforas que explican nuestro tiempo: una época caracterizada por la copia frenética. Por la caída del canon, de los derechos de autor y de las academias, fumigadas por el "cortar y pegar". En 2010, Ai Weiwei cubrió el hall de la Tate Modern londinense, con 100 millones de pipas de porcelana, a modo de alfombra de 10 centímetros de espesor y 1.000 metros de superficie. Cuando algún escolar irrespetuoso e ignorante,  desobedeciendo las indicaciones de sus profesores, intentó hincarle el diente a una de estas pipas expuestas en la Tate, en busca del misterio que oculta en su interior, estropeó su gráfico de dentición. Imagino al ex presidente Puigdemont, proclamada la República Catalana, intentando volver a su despacho del Palau de la Generalitat; esa habitación cerrada por Torra, hasta su vuelta; donde Excálibur, pipa y espada de este nuevo Arturo, espera al prócer que ha de morderla y blandirla. Él cree que nadie ha profanado el recinto, en su ausencia y, decido a retomar el mando, se detiene ante la puerta; no puede resistir el deseo irrefrenable de penetrar en el recinto y hacerse con el cetro. Se para, aplica la oreja a la puerta, pide una llave a un conserje, rompe la cascara del huevo del poder, abre y se da de bruces con Torra, entronizado en el sillón presidencial, inamovible, "empoderado" para siempre. Sale desolado, cierra la puerta, y se pierde definitivamente donde habita el olvido.

sábado, 23 de junio de 2018

Soraya, y su "Golpe de bolso".

Armas de mujer
En la cópula, la hembra del insecto conocido como santateresa introduce hasta el estómago del macho una lengua tubular por la que le desliza un líquido cáustico que le disuelve los órganos y luego, mientras que le hace gozo, le va sorbiendo su sustancia, tal como ha hecho Sáenz de Santamaría con Rajoy. No sé si la  ex vicepresidenta del Gobierno ha leído “El segundo sexo”, la obra de Simone de Beauvoir -no me consta que en las oposiciones de registradores de la propiedad se dé este tema- pero coincide con la escritora francesa en que las mujeres deben clausurar la época de la queja y, también, la del rechazo de todo lo que proceda del varón. A Rajoy le aceptó la única vicepresidencia de su gabinete, y de quejarse nada: no tiene tiempo para tirarse al suelo y desde allí zancadillear y manejar a los machos, ella viene dedicando todos sus esfuerzos a prepararse para ser la primera presidenta del Gobierno de España. Sólo se recuesta, cuando posa en ropa interior de calidad, negra y bordada a mano, para las revistas. Porque ella, virgen de toda ideología que no sea la del poder, no desaprovecha ninguna de sus gracias. Rajoy no lo supo, pero ella desde el primer momento se afanó en meterle la lengua para sorberle la sustancia del poder. El día de la moción de censura, cuando Rajoy, deshecho, ya cáscara vacía, se consolaba con sus íntimos en un bar cercano al Congreso, Soraya dio el primer "golpe de bolso" de la historia de la lucha por el poder y colocó el suyo en el asiento vacío del presidente. Mejor dicho, como la mantis religiosa, lo que realmente culminó fue un  "golpe de lengua". Mejor será que sus oponentes actuales en la lucha por la presidencia del Partido Popular mantengan la boca cerrada. En boca cerrada no entra lengua succionadora.

viernes, 15 de junio de 2018

Màxim en la Hoguera

San Juan de la Cruz
Hace años estuvo de moda entre sociólogos de la Literatura decir que algunos de nuestros grandes escritores eran conversos o epilépticos u homosexuales, y que, para escribir magistralmente, lo mejor es que la vida te trate a patadas. Las vidas regaladas dan para poco en literatura. De hecho, algún escritor regalón pudo afirmar: "cuando amo, no escribo". O sea, que la felicidad entorpece la creatividad. Generalizar no es bueno. Por eso no voy a aceptar sin más que Fernando de Rojas, Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Juan de la Cruz o el mismísimo Cervantes escribieran sus portentosas obras, simplemente porque no se sentían cómodos en una sociedad que los rechazaba por ser epilépticos, homosexuales o conversos. Porque Fray Luis de León, un reputado profesor universitario del siglo XVI, si bien es vedad que procedía de una familia conversa, también es cierto que tenía muy mal carácter y que era más bien iracundo, bastante intrigante y egoísta. Al final, por lo que lo metieron en la cárcel 5 años -diez meses menos que a Urdangarin- , fue por haber traducido El Cantar de los Cantares (cuyo exaltado erotismo Fray Luis no explica pero no esconde), pero también por la manía casticista de la "limpieza de sangre" del Siglo de Oro. Entonces, se investigaba cuidadosamente a los que iban a ocupar puestos relevantes. Se les sometía a un exhaustivo expediente de limpieza de sangre. Para que no se colara ningún converso, morisco o judío en cargos de la Inquisición, en las cátedras universitarias, en los colegios, en la milicia, en los cabildos catedralicios o en la jerarquía eclesiástica. Hoy la pesquisa se ceba en la clase política. El pecado más grave no tiene que ver con la religión. El mayor pecado: defraudar a Hacienda. A Màxim Huerta se le abrió ayer un tumultuario expediente de limpieza tributaria. Ni Santa Teresa de Jesús ni San Ignacio de Loyola, dos místicos aquejados de epilepsia, ni Cervantes ni San Juan de la Cruz, supuestos homosexuales, ni Fray Luis de León o Fernando de Rojas, de ascendencia conversa, tuvieron que soportar un juicio popular tan virulento como el que ayer sufrió Màxim. Obligado a dimitir, quizá a partir de ahora tenga tiempo para escribir un Persiles y Sigismunda o una Oda a la vida retirada. De la hoguera o del infortunio, a veces, surge el genio.

jueves, 7 de junio de 2018

Cipotillos de solapa

Cipotillos de los Colleoni, en Bérgamo
Las insignias las prefiero pequeñas para que haya sitio para todas. De haber sido nombrado ministro por Sánchez, lo primero que hubiera hecho sería subvencionar las insignias de solapa y gravar con un impuesto especial las águilas imperiales, las cruces del tamaño de una turbina eólica, los monolitos falocráticos, los marcos incomparables y las 'torres eiffeles'; y, por supuesto, toda la chatarrería oxidada de las rotondas. Y de las insignias de solapa, tolero sólo las diminutas. Ciertos colegios notariales y cofradías las encargan en metales nobles, pero minúsculas. Las que llevan en el ojal de la chaqueta los presidentes de USA, muy exageradas. Pero no las vería mal para los políticos españoles, si con ellas eliminásemos la macedonia de banderas que padecemos. Sobre todo, las gigantescas banderas de las patrias que algunos alcaldes colocan en lugares señalados de sus municipios. Ganar unas elecciones democráticas no tiene nada que ver con la toma del pueblo, en modo Reyes Católicos. Los mástiles de estas banderas vienen costando unos 12.000 euros. El precio de la bandera en sí, lo desconozco. Pero, a merced de los elementos, pronto se deshilacha y ensucia. Y también cuesta un dineral adecentarla o comprar una nueva. Y esto no es lo peor, cuando un partido menos fervoroso gana las elecciones, desatiende la enseña y deja que se convierta en un harapo. O le da por sustituirla por la del pueblo, con el daño subsiguiente para la estética y el presupuesto. A nadie se le ha ocurrido comprar mástiles telescópicos que se puedan plegar cuando el partido ganador no sufra lo que Freud llamó envidia de pene, y nosotros, envidia del mástil de la bandera del pueblo vecino. Mejor nanoinsignias para prender en el polo o en la chaqueta. Nada ostentosa. Ni cruces amarillas en las playas de Normandía catalanas; ni señeras enormes, como cubiertas plásticas de invernadero, en los campos de fútbol; ni banderas españolas, grandes como carpas, arropando a los hinchas. La idea del pin la tomo de las cartas que se cruzaron Cela y el poeta malagueño Alfonso Canales que, tras un escabroso incidente en un cine de Archidona (consúltese la nube), propusieron homenajear al macho responsable del suceso, con la creación de cipotillos de solapa que recordaran su gesta. Sería suficiente.