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jueves, 7 de junio de 2018

Cipotillos de solapa

Cipotillos de los Colleoni, en Bérgamo
Las insignias las prefiero pequeñas para que haya sitio para todas. De haber sido nombrado ministro por Sánchez, lo primero que hubiera hecho sería subvencionar las insignias de solapa y gravar con un impuesto especial las águilas imperiales, las cruces del tamaño de una turbina eólica, los monolitos falocráticos, los marcos incomparables y las 'torres eiffeles'; y, por supuesto, toda la chatarrería oxidada de las rotondas. Y de las insignias de solapa, tolero sólo las diminutas. Ciertos colegios notariales y cofradías las encargan en metales nobles, pero minúsculas. Las que llevan en el ojal de la chaqueta los presidentes de USA, muy exageradas. Pero no las vería mal para los políticos españoles, si con ellas eliminásemos la macedonia de banderas que padecemos. Sobre todo, las gigantescas banderas de las patrias que algunos alcaldes colocan en lugares señalados de sus municipios. Ganar unas elecciones democráticas no tiene nada que ver con la toma del pueblo, en modo Reyes Católicos. Los mástiles de estas banderas vienen costando unos 12.000 euros. El precio de la bandera en sí, lo desconozco. Pero, a merced de los elementos, pronto se deshilacha y ensucia. Y también cuesta un dineral adecentarla o comprar una nueva. Y esto no es lo peor, cuando un partido menos fervoroso gana las elecciones, desatiende la enseña y deja que se convierta en un harapo. O le da por sustituirla por la del pueblo, con el daño subsiguiente para la estética y el presupuesto. A nadie se le ha ocurrido comprar mástiles telescópicos que se puedan plegar cuando el partido ganador no sufra lo que Freud llamó envidia de pene, y nosotros, envidia del mástil de la bandera del pueblo vecino. Mejor nanoinsignias para prender en el polo o en la chaqueta. Nada ostentosa. Ni cruces amarillas en las playas de Normandía catalanas; ni señeras enormes, como cubiertas plásticas de invernadero, en los campos de fútbol; ni banderas españolas, grandes como carpas, arropando a los hinchas. La idea del pin la tomo de las cartas que se cruzaron Cela y el poeta malagueño Alfonso Canales que, tras un escabroso incidente en un cine de Archidona (consúltese la nube), propusieron homenajear al macho responsable del suceso, con la creación de cipotillos de solapa que recordaran su gesta. Sería suficiente.

viernes, 2 de julio de 2010

A las vuvuzelas les va el himno de España


Estoy mu agradecido a la selección, su épica está dando lugar a que jugadores vascos y catalanes, alguno de ellos claramente nacionalista, estén contribuyendo a la obliteración de la deriva cantonalista del área metropolitana de Granada. Y a la cohesión indestructible de la nación española. En mi pueblo han desaparecido las banderas locales de color azul purísima y blanco, sustituidas por las rojas banderas de la patria. Hasta el alcalde, con las imágenes del Gran Torino en la retina, ha plantado en su jardín un mástil con la roja y gualda.
Mástil multifunción
 Si llegamos a las semis, es probable que el himno de Cájar sea barrido por el nacional y sus canturreos. Y eso que el de mi pueblo tiene letra. Hasta en eso hemos tenido suerte, las vuvuzelas, tocadas por los aficionados sudafricanos, se adaptan perfectamente al soniquete del himno nacional. Por la intercesión de estos ángeles negros y de sus trompetas, clarines de gloria, quizás será posible que la Iglesia nacional de mi pueblo vuelva a aceptar las directrices vaticanas. Espero mucho de estos ángeles, al fin y al cabo, el renacimiento en Italia se asentó cuando Mantegna decidió colocarles las alas de mariposa de Psiqué a sus ángeles de la Sala de los Esposos de Mantua, guardando en el armario las plumas de paloma o de gavilán de los ángeles medievales. La historia suele jugar las batallas decisivas donde habitan los ángeles.