Se dice que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo. En el Código de Hammurabi, de hace 3700 años, ya se regulaba el derecho a la herencia de las prostitutas. Tan antiguo como la prostitución debe de ser el espionaje. Según la Biblia, el profeta Eliseo trabajó para el servicio de inteligencia hebreo. Utilizando la tecnología de entonces, la infiltración a lo divino, consigue enterarse, con la ayuda de Yahvé, que estaba muy de parte de Israel, de lo que se hablaba en la alcoba del rey de Siria e inmediatamente se lo soplaba al estado mayor del ejército judío que así conseguía adelantarse y desbaratar los planes del sempiterno enemigo siriaco. Parece que mientras que las meretrices vienen cobrando desde siempre, lo único que obtenía Eliseo por su trabajo era la satisfacción del deber cumplido, en beneficio del pueblo elegido. Pero prostitutas y espías han administrado de siempre el secreto de los hombres. Aunque es fama que las mujeres de ese oficio han sido más cuidadosas en la administración de los secretos de los clientes que los espías, al fin y al cabo, es su comer. Pocos clientes tendría la profesional del sexo que fuera por ahí contando los secretos de sus abonados. La prostitución, que fue menester sagrado en algunos pueblos, ha ejercido una cierta atracción sobre la intelectualidad española. Las novelas más importantes de la posguerra suelen albergar un prostíbulo. Y ahora, en la espesa versión de Amar en tiempos revueltos, que emite Antena3, uno de los hilos narrativos está ambientado en una casa de citas. Los poetas modernistas españoles tomaron como modelo, para describir un harén oriental, más los conocidos prostíbulos parisinos de principios del siglo XX que el serrallo del turco Bayaceto. La prostitución y el espionaje no se han visto afectados por la crisis. La feminista Nancy Huston, en su último ensayo Reflejos en el ojo de un hombre (2013), afirma que la revolución del estatus de la mujer ha venido acompañada “del aumento del consumo masculino de carne pasiva, sumisa y colaboradora […] La versión de la belleza femenina que suelen consumir los hombres es la de la puta”. Y la necesidad que sienten los políticos catalanes de espiarse los unos a los otros ha dado trabajo a los espías de la agencia Método 3. El espionaje se lo han pagado todos ellos con dinero público porque los detectives, a diferencia de Eliseo, el espía de Dios, sí cobran por su trabajo.
miércoles, 13 de marzo de 2013
miércoles, 6 de marzo de 2013
La España sumergida
La pelliza de mi Tía María
Creo que una parte importante de españoles ha pasado a la clandestinidad. Hoy he paseado por La Zubia y no me he encontrado a nadie que se le parezca a Falete o al ministro del Interior. Lo corriente es que la gente se dé panzazos en el agua –como los que practicó Falete el lunes pasado en el programa Splash- en la piscina municipal, en algún aljibe o en la playa, pero no en televisión. No quiero creer que todo lo bueno está sumergido y todo lo malo flotando en los medios de comunicación. Porque entonces tendría que admitir que los que escribimos en los periódicos también flotamos en esa superficie cenagosa en que se ha convertido la vida pública y eso no es bueno para mi autoestima. Diré en mi descargo que no me gustan los grandes coches, porque no quiero que ninguno de los objetos que poseo sea más importante que yo. No me gustan los abrigos con cuello de terciopelo porque no quiero llevar encima cosas que pierdan eficacia en el altar de la presunción. Los cuellos de los abrigos o de las pellizas están para abrigar. Mi tía María aprovechó un buen abrigo largo de su esposo y, tras recortarle los faldones, le cosió en el cuello una piel de conejo que compró en el “Disloque”, casa de placer sostenible de mi pueblo que previamente había sido curtiduría de pieles. Tengo fotos en la Sierra con esta pelliza donde aparezco confortablemente contento, no sé si por lo que abrigaba la prenda o por la calefacción natural que una sangre joven aporta al cuerpo. No me gusta tener dinero en Suiza, porque carezco de tiempo y conocimientos para administrarlo. Y sobre todo, no quiero ser ministro porque, como sucedió el lunes pasado, si hay que darle una mala noticia a la gente, te coge el presidente del Gobierno y te manda que digas una pamplinada reactiva como la que se le ocurrió decir el otro día al ministro del Interior sobre la baja productividad del matrimonios gay, como si en un mundo con cerca de 7 mil millones de habitantes, no hubiera que estar agradecido a los que no producen niños y están dispuestos a criar los ajenos. Luego supimos que el paro aumenta y nos asfixia y comprendimos por qué el ministro, como Falete, se vio obligado a darse un panzazo en los medios: era para disimular. Cada vez, aunque no me gusten las generalizaciones, por falsas, estoy más convencido de que la España viable se oculta en las catacumbas y que sólo en ella habita la esperanza.lunes, 4 de marzo de 2013
El tsunami de la vida
El ministro Fernández Díaz rechaza el matrimonio gay porque “no garantiza la pervivencia de la especie”. La supervivencia de la especie está garantizada por unas fuerzas que se nos escapan, felizmente. La religión Católica pese a promover estereotipos familiares poco productivos, como la Santísima Trinidad y el matrimonio en el que viene al mundo Jesús, con reproducción asistida, ha contribuido también, humildemente, a la superveniencia de la especie, con el celibato sacerdotal y la prohibición de las relaciones matrimoniales fuera del matrimonio canónico. Pese a los piadosos ministros del PP, ahora debe de haber sobre la tierra cerca de 7 mil millones de criaturas. No hay que preocuparse. Y en cuanto llegue la primavera, mi huerto, descuidado y ralo, reventará de plantas buena y malas, de vida. No sé si crecerán las cebollas, las acelgas y las lechugas que acabo de plantar esta mañana de mi mano. Quizá mi programa demográfico, a nivel hortalizas, le importe un pito a la incontinente Naturaleza. Ella va por libre y cada primavera o cada gesto de amor o de deseo corre el peligro de generar un tsunami de supervivencia. Eso no hay quien lo pare, ni siquiera este Gobierno generador cruel de parados. Ni quien lo tape con declaraciones "provocativas".
miércoles, 27 de febrero de 2013
Sonetos fiscales
TEÓFILA Martínez, citada en los papeles de Bárcenas, ha llorado en un pleno del Ayuntamiento de Cádiz y ha exhibido su declaración de la renta. Cada vez va a ser más necesario que los relatos fiscales, teñidos ahora de emotivos tonos melodramáticos, sean analizados no sólo por los inspectores de Hacienda sino también por los narratólogos. Asimismo, podrían ser publicados por entregas y venderse en los quioscos de prensa junto a los huevos kinder . No hay que despreciar el folletín. Las grandes novelas del XIX utilizaron los "dos golpes" para su difusión. Galdós y Balzac publicaban sus obras primero como libro, a un precio inasequible para el público en general, y, después, en los periódicos como folletines o por entregas semanales a domicilio. Literatura a plazos. Tan noble es este sistema que hasta el mismo Carlos Marx consintió que la edición francesa de El Capital se publicara por entregas porque "en esta forma", decía, "la obra será más asequible a la clase obrera". Aunque quizá sea la métrica y no la narratología la que deba profundizar en la retórica de las invenciones fiscales. Los sonetos también están llenos de fantasía y subterfugios. Como en la declaración del IRPF, en ellos ha de someterse el jugoso y exuberante caudal de la vida a la estrecha ergástula de la rima, de los acentos, de las sílabas contadas. Hacer un buen soneto es tan difícil como rellenar el modelo 110 de la Agencia Tributaria, sin daño para el declarante. ¿Cómo recluir en catorce versos, y con todas las limitaciones que hemos señalado más arriba, sentimientos tan excesivos como los que despiertan el amor o la muerte? Pues los grandes sonetistas, desde Petrarca a nuestro Carvajal, lo han conseguido. Como un mojón memorable del triunfo del arte sobre la naturaleza, se alza el soneto de Lope Desmayarse, atreverse, estar furioso. ¿Vamos a pensar que no existen en España asesores de tanto valor y pericia como sonetistas tuvimos y tenemos? Igual que éstos obligan al tumulto de los sentimientos a aceptar el yugo del arte, los asesores están dando muestras de poder encerrar la imaginativa contabilidad de nuestros políticos en esa camisa de fuerza que es el Programa Padre. Todo el mundo puede defraudar en la realidad, pero no tiene por qué hacerlo en el cuento que le coloca a Hacienda. Como nos decía Lope en su soneto: "Quien lo probó, lo sabe".
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La retórica en la declaración de hacienda
miércoles, 20 de febrero de 2013
Nada que decir
Después del Holocausto, una enorme desconfianza hacia la cultura y el lenguaje en general agarrotó las plumas de todos los que habían sostenido que la cultura nos hace libres: ser culto para ser libre. Los más decepcionados del poder civilizador de las palabras fueron los que más habían confiado en ellas y en la escritura, como vehículo de transmisión de la cultura de generación en generación. Tras Auschwitz, la gente del Libro, y sobre todo, muchos pensadores judíos que llevaban siglos apuntados a interpretar los libros sagrados de cada época y que vivían de ellos, se volvieron tremendamente pesimistas sobre la capacidad del lenguaje para detener la violencia y para contribuir a la desaparición de las desigualdades sociales y de la explotación. A partir de ese momento, el lenguaje, y no sólo el poético, entró en coma. Para explicar lo sucedido, George Steiner, pensador nacido en el seno de una familia judía de origen vienés, en su libro Gramática de la creación (2005), se sirvió de este ejemplo: “Muriéndose de sed, un prisionero en un campo de exterminio miraba cómo su torturador derramaba lentamente en el suelo un vaso de agua fresca. «¿Por qué haces eso?». El verdugo replicó: «Aquí no existen los porqués». Respuesta que, con una concisión y lucidez diabólicas, expresa el divorcio entre la humanidad y el lenguaje, entre la razón y la sintaxis, entre el diálogo y la esperanza. Hablar y escribir llegó a ser una expresión del absurdo y del desastre. No quedó, stricto sensu, nada que decir”.
80 años después del horror de los campos de concentración, el lenguaje pasa por unas apreturas semejantes. En Auschwitz, se clausuraron los “porqués”. En la España del 2013, se ha clausurado la delicada y necesaria relación entre las causas y sus efectos. La política se ha convertido en el arte de descoyuntar la lógica tradicional que señalaba que si haces esta cosa sucede esta otra. Y que el que ha activado, consciente e intencionadamente, esta causa puede terminar siendo responsable de alguna de las consecuencias que se le sigan. En Auschwitz los “porqués” valían una mierda, por defecto, en España, ahora, los “porqués” (es decir la pregunta por las causas de las cosas) también valen una mierda, por exceso, porque puedes preguntar lo que quieras, a sabiendas de que la respuesta no tendrá nada que ver con tu pregunta. No queda, pues nada que decir. No sé, ni siquiera, por qué he escrito esta columna.
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miércoles, 13 de febrero de 2013
La Comunión de los Mato
miércoles, 6 de febrero de 2013
A la sombra de Grey
LAS cincuenta sombras de Grey, "la trilogía erótica de la que habla todo el mundo" -según reza la publicidad de la editorial-, les ha salvado las ventas de Reyes a las librerías. Grey no es una novela, en el sentido canónico, es otra cosa. Un producto muy interesante para comprender alguno de los cambios que ha experimentado el comportamiento de las mujeres en los países "avanzados". Aunque, el proceder de Anastasia, la protagonista, no esté muy lejos del de Madame Bovary de la novela de Flaubert o de Emma, de Mi único hijo de Clarín que se entregan a un hombre, como Anastasia, arrastradas por una "gran pasión" que justifica que las dos heroínas no cumplan con "sus deberes familiares". Las cincuenta sombras de Grey no es una novela, en el sentido en que lo es, por ejemplo, la compleja Middlemarch, de la escritora inglesa del siglo XIX G. Eliot, es, simplemente, un best seller, es decir, un guiso apresurado y de encargo, para lectoras proclives, que contiene y resume los tópicos de mayor circulación sobre las mujeres y su relación con las otras mujeres, con los hombres y con el mundo de hoy. Acoge la obra diversos estigmas de la actualidad: pornografía, email, smartphones, gastronomía, enología y otras yerbas. Y sobre todo, contiene esta propuesta que ha sido muy bien acogida por las lectoras: "empecemos a comportarnos sexualmente como corresponde a una época en la que cada coito no supone un embarazo. Follemos (sic) hasta la extenuación o hasta el escozor". Desde luego, la feminista Simone de Beauvoir sufriría mucho viendo cómo una mujer se deja pegar por un bárbaro y cómo acepta ser campo de experimentación de ciertos instrumentos de la ferretería sexual, aunque ella misma aceptó vivir con un hombre que no la trataba muy bien, sólo para sentirse la madre del genio, del espíritu del filósofo, pasando por alto lo oscuro y lo umbrío de Sartre. Anastasia, abducida por un amor loco, hace algo parecido: intenta llevar a la "bestia-Grey" (un maltratador enfermo y desquiciado) de las sombras a la luz, sacarlo del marasmo de perversión, traumas y complejos que lo atenazan y dejarlo, ya resplandeciente, en la cálida playa de la paternidad responsable y de la pacífica convivencia dentro del matrimonio, esa unidad, multifunción, de consumo en lo universal. Y si para eso hay que hartarse de follar, pues se folla. Ahora se puede.
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