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sábado, 24 de agosto de 2013

El fin del mundo ya ha tenido lugar


Los dioses son creados por el hombre a contra-imagen y desemejanza suya.  Si nos morimos, ellos son eternos, si pasamos hambre, ellos tienen la mesa llena o no tienen aparato digestivo y se alimentan, como las lámparas solares  de jardín, de su propia energía. Si, malqueridos, nosotros, ellos, eternamente amados.  Si solos, nosotros, ellos rodeados siempre de una corte celestial. Si mal informados,  o ignorantes nosotros, ellos, omniscientes.  Si varados, nosotros, en un país, en un pueblo, en un sindicato, en una familia, en un partido, en unos vicios insoslayables, ellos, ubicuos y libres. Tan libres y ubicuos que, según mi obispo de cabecera, Munilla,  alguno de ellos pudo estar en el cielo, completando un trío de ases, y al mismo tiempo, en la tierra sufriendo tormentos indecibles y dejándose balancear, ya herido, ya sangrante, por costaleros descuidados.  La imaginación va muy por delante de la tecnología.  Antes de que twitter o facebook nos reunieran real y virtualmente en el Valle de Josafat electrónico que son las redes, donde nos vemos el perfil  y los pecados y las carencias y los amores y las heridas, y el ajuar de primera comunión de la niña, colgado en el muro de la madre, con zapatitos, braguitas, medallitas y albos rosarios, la Biblia y la tradición cristiana habían imaginado un lugar muy amplio que podría acoger a todos los humanos en una ceremonia  de despedida universal de la vida, de las vidas. Una despedida algo más seria que las actuales despedidas de soltera, llenas de stripers, falos gigantescos y revuelo de novicias transgresoras que no acaban de creerse hasta dónde han podido llegar desobedeciendo a la abadesa.  El fin del mundo, pues, no tendrá lugar mañana, porque el fin del mundo ya ha tenido lugar. Al menos, del mundo que durante tres mil años hemos venido construyendo en este ámbito imaginario de hábitos, de ideas, de inventos y de libros, que hemos dado en llamar Cultura Occidental. No hace falta una macro reunión de cotilleo y evaluación de currículos, como la del temido Valle de Josafat: nuestros vecinos ya lo saben todo de nosotros.  Y si alguno no está al día, que haga como el Papa para actualizarse, que se abra una cuenta en twitter. Si él, que podría enterarse de todo simplemente echando mano de sus conexiones con el más allá, se la ha abierto, ¿por qué no íbamos a hacerlo los que no tenemos acceso a las redes sagradas?

viernes, 14 de enero de 2011

El tranvía, no soterrado, del fin del mundo

Monumento al duque de Galatino, en la Bomba
Ayer estaba muy animado y pensé que escribir un post todos los días iba a ser fácil.  Pero son las 7 de la tarde y, hoy, todavía no se me ha ocurrido nada. Para resolver, he pensado en escribir mis memorias por entregas. No es que tenga nada importante que contar, pero eso de escribir en primera persona me llama mucho la atención. Sin disfraces ni ocultamientos morfosintácticos. YO, YO y YO. Instaurar una primera persona mayúscula y desvergonzada, sin recurrir para nada a la tercera, gélida, o a la segunda, distanciadora.  Además, si me esfuerzo, y con la ayuda de alguna foto vieja,  me puedo acordar de alguna cosa curiosa que me haya pasado.  He encontrado en el cajón de las fotos antiguas, las de color sepia, la que ilustra esta entrada. 



No recuerdo quién la sacó. Pero sí que en mi casa, alguno de mis hermanos mayores, que  se las daba de cosmógrafo,  interpretó la mancha que aparece en la instantánea como un platillo volante que estaba aparcado cerca del Sol, esperando para trasladar a otro planeta a los que el día del fin del mundo, que estaba cercano, se encontraran  en gracia de Dios. Mi maestro, don José, había dicho en clase, para asustarnos y que nos portásemos bien, que  la Virgen de Fátima, había amenazado a la humanidad con esta catástrofe, por mala. El día señalado confesé y comulgué por la mañana. Estuve toda la  tarde  con mi madre en el balcón de mi casa, en el número 18 del Paseo de la Bomba, esperando la catástrofe. Pero fueron pasando las horas y no sucedió nada.  Fue una lata. A mí me hubiera cogido confesado y comulgado y me habría ido derecho al cielo, montado en la nave de la foto,  y no tendría por dentro este come-come tan grande que tengo ahora, que no sé dónde voy a ir a parar. No recuerdo exactamente el año que estuve a punto de verme involucrado en un acontecimiento tan estresante. Me parece que el precio del billete del tranvía que pasaba por delante de mi casa era de  50 céntimos.  Y desde luego de lo que estoy seguro es de que la línea no estaba soterrada.