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viernes, 16 de abril de 2010

Curas transgénicos

Los Arnolfini
Era de esperar: una nueva tarea para el matrimonio: apagar los fuegos eróticos del sacerdocio célibe. Lo de siempre, cuando no se sabe cómo resolver un problema o se le encarga a la escuela o se le echa encima a la familia, en este caso al matrimonio. Crece la exigencia de que los curas se casen para acabar con los casos de pederastia que se dan dentro de la Institución eclesial. Cómo si el matrimonio hubiese demostrado su eficacia a la hora de apagar el impulso venéreo, de puertas afuera. Los curas pederastas se casarán y, esto sí, disfrutarán de los amargos placeres del matrimonio. La inquina social irá a menos al verlos golpeados por las ventajas propias de la vida en pareja, pero no se puede asegurar que no sigan, algunos, molestando a la infancia con solicitudes indecorosas. La línea Diógenes no debe ser abandonada a priori. La anécdota se la atribuye Diderot a Lucrecio: Diógenes se masturbaba en la vía pública, replicando a quienes se escandalizaban de ello: “Ojalá fuese igual de fácil quitarse el hambre con sólo frotarse el vientre”. En el caso de que la propuesta clásica fallase, habría que recurrir a una línea de investigación que alumbrase curas transgénicos, sin deseo. Podrían seguir célibes y les evitaríamos el martirio de un noviazgo largo.