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miércoles, 17 de enero de 2018

Violencia difusa, muy presente

Fruto infrecuente

Bicicletas de servicio público, colgadas del tendido eléctrico o arrojadas al río. Un árbitro que zancadillea al jugador que lo ha rozado en el fragor del partido. Unos padres que asisten a un partido de sus niños y terminan enzarzándose en una peligrosa pelea, por un penalti o un fuera de juego. Policías que golpean a los votantes de un referéndum extravagante que todo el mundo sabe sin consecuencias prácticas. Miles de brotes de violencia. Un hombre enorme, hercúleo, tremendamente cabreado, golpea un coche, lleno de gente. Unos hinchas se cuelan, a las bravas, en el entrenamiento de su equipo para increpar a los futbolistas por la mala racha del conjunto. Un hincha del Atlético de Madrid herido anoche en una reyerta antes del encuentro con el Sevilla. La manifestación, tras el atentado de Barcelona, en el que murieron 16 personas, aprovechada por grupos separatistas, en un acto brutal de violencia simbólica, para exhibir esteladas y sacar músculo independentista. Linchamientos continuos en las redes sociales. Gente que se agolpa a las puertas de los juzgados para poner como hojita de perejil a los acusados, antes de que se emita sentencia. Partidos políticos que se organizan para robar al contribuyente, con prácticas mafiosas, y que, con el dinero de las comisiones que cobran por adjudicación de obra pública, enriquecen a los testaferros y se pagan fiestas y actos electorales multitudinarios que las otras formaciones no se pueden permitir. Violentando la democracia. Machos asilvestrados que regularmente maltratan, violan o matan a mujeres, convencidos de que les pertenecen y de que pueden hacer con ellas los que les venga en gana. En Cataluña, ese violento ardor guerrero que aparece aún difuminado y desorganizado por el resto del país, ha encontrado un pegamento, un engrudo que lo aglutina y encuadra. Compuesto de su poquito de república y su poquito de independencia. En cuanto aparezca un líder fuerte, limpio e iluminado que señale dónde golpear, puede pasar de todo. En España, un nacionalismo de reacción, también trata de convertirse en un puño unánime que golpee a los que han echado a correr para separarse del Estado español. Esa violencia polimorfa y difusa, pero muy presente, sólo espera la mano de hierro que sepa blandirla.

sábado, 26 de agosto de 2017

Matar de cerca


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Combate singular
Los terroristas suicidas dejan en ridículo a la propia industria armamentística, a las armas más sofisticadas, a los drones y a cualquier otro sistema de destrucción masiva controlada desde lejos. E, incluso, a la misma infantería que no se atreve a bajarse del avión o del portaaviones. Es decir, el EI ISIS, los malos, disponen hoy de una herramienta de combate muy sofisticada que ha llevado millones de años poner a punto, los suicidas. A veces, el ser humano, este producto precioso y raro, ha sido bien utilizado y ha descubierto vacunas, remedios contra el dolor y la enfermedad. La piedad, la compasión, la caridad, el respeto a la vida ajena, los derechos humanos, el cuidado a los desvalidos, los medios de transporte, las comunicaciones, la Wikipedia, los guantes de látex, la higiene, el bien mirar, el buen amar, la tortilla de patatas, el arroz caldoso, la amabilidad, la cortesía, el derecho de asilo. Los besos. Las caricias. Pero esta sorprendente máquina que es el homo sapiens, también tiene miedo y hambre y un impulso ciego para reproducirse y pervivir en esa carrera de relevos genéticos que es la vida de la especie sobre este extraño pedrusco cósmico, florecido y redondo, que nos alberga. La historia de la humanidad no es nada edificante. Nos informa de los millones de hombre y mujeres que han muerto luchando por alimentos y por poder reproducirse en las mejores condiciones posibles. También sabemos cómo se han ido fabricando armas cada vez más eficaces para acabar con el enemigo desde lejos y sin sufrir daño. El fuego que permitía quemar aldeas completas, sólo con lanzar una tea sobre los techos de paja de las viviendas del enemigo. Lanzas larguísimas, venenos para las aguas potables, las catapultas y por fin el arma más eficaz que imaginarse pueda: el arco y sus variantes. Que permitieron a los contendientes matarse masivamente, si se era hábil, sin verse las caras. Luego la pólvora, los arcabuces, las espingardas, las escopetas, los fusiles, los cañones, los morteros, los aviones, los misiles que permiten a un presidente coreano amenazar a un presidente norteamericano, ambos seres llegados de otro planeta, el de los locos de poder, con asolar su país apretando sólo un botón de la casaca del jefe de estado mayor. El combate singular se inventó para que dos campeones, incluso los mismos reyes, lucharan sin implicar a la población. Las armas de destrucción masiva, para que dos líderes incompetentes y enfermos de ambición, pudieran acabar con poblaciones enteras sin sufrir rasguño alguno. Y en esto, llegan los suicidas e instauran de nuevo el combate cuerpo a cuerpo. De nuevo, los contendientes mirándose a la cara antes de asestarse el golpe definitivo. En estos enfrentamientos, el que sale con ganas de morir, tiene toda la ventaja.