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miércoles, 3 de agosto de 2011

Sexos opuestos


EL pudor me aconseja, a veces, pedirle al casquivano de Pánfilo que me lleve ciertos asuntos escabrosos. Les recuerdo que este jubilado disruptivo, al que de vez en cuando le hago sitio en mi blog, no es uno de mis apócrifos ni mi álter ego; que yo no tengo ni obra ni posición para poder usar esas máscaras. Como me debe algún favor, temas delicados que podrían dañar mi reputación, me los hace él. Por eso le he pasado esta pregunta que el bloguero Hibridación planteaba hace unos días en su bitácora: "¿A qué huelen y a qué saben los seres humanos del sexo opuesto?". Pánfilo, como maestro que fue, sufre de deformación profesional y cuando le preguntas algo, su primer movimiento táctico es hacer que te sientas como un tonto de capirote. Inmediatamente te explica lo que le has preguntado con un tono de voz cavernario, de bajo. Como si la sabiduría fuera sólo cosa de hombres y no se pudiera expresar también con un tono más agudo, menos varonil. No le ha gustado nada la expresión "sexo opuesto". 

Le pido que no me eche la bulla a mí y le recuerdo que la pregunta la hace Hibridación, y no yo. Me dice Pánfilo que hay que ir desactivando el lenguaje de la confrontación entre hombres y mujeres. Que los sexos no son opuestos, sino complementarios. Que recuerde la creencia popular en la "media naranja" o, si hay que aportar un referente culto, que Platón nos prestará su "andrógino", suma de un hombre y una mujer; ser tan autosuficiente en su unidad, que dio lugar a que Zeus, temeroso, acabara por separar al varón de la hembra con una crin de caballo como si de un huevo duro se tratara. Desde entonces cada ser busca su otra mitad. Sólo puedo interpretar como una más de las consecuencias negativas de la calamitosa época política que atravesamos, el que Pánfilo se empeñe en que la pacificación de la guerra de los sexos pasa por el uso de un lenguaje políticamente correcto. Le pienso decir que la corrección en el lenguaje no arregla nada y sólo sirve para enmascarar los problemas. Al final, sí nos hemos puesto de acuerdo en que la expresión "sexo opuesto" habría que reservarla (en plural) para la logística de ciertas posturas amatorias. Al rato de hablar con él por el móvil, me envía este mensaje: "Se me olvidaba: padezco una enfermedad que no me deja oler los sexos y menos los lejanos u opuestos. Saborearlos sí que puedo: saben a ese sexto sabor, aún no descubierto, que no es ni dulce ni amargo ni salado ni ácido ni unami; ese sabor sin nombre todavía, pero que es a lo que saben los sueños". Le he contestado que esta última boutade suya la he leído en alguna parte.