El lenguaje religioso se contamina con frecuencia del lenguaje amoroso. El libro patrocinado por Javier Martínez Cásate y sé sumisa es, en parte, un Grey a lo divino. En Las 50 sombras de Grey, el best seller sadomasoquista de moda, la sumisión de la mujer a un macho formidable, aunque enfermo, es parte fundamental del argumento. La experiencia amorosa, sobre todo cuando alcanza el clímax, es un prodigio gozoso de raíz cósmica que nos excede y que nos transportan a otra dimensión. Los místicos no han dudado en robar a los poetas las palabras del amor para explicar sus devaneos con la divinidad. Y los poetas han tomado sin dudarlo el lenguaje de lo sagrado para hablar de cosas de este mundo. Arriesgándose incluso a la blasfemia. Un poeta de la corte de los Reyes Católicos se atrevió, por agradar a la reina, a decir de ella que, de haber nacido antes que la Virgen, Isabel hubiera sido la elegida para madre de Jesús. Las autoras de Grey de Cásate están de acuerdo en que no hay amor sin dolor. Y en la biografía de San Juan de la Cruz, escrita por padre carmelita Crisógono de Jesús, se recoge un hecho que también confirma la relación entre amor y penas. Al poco de escapar de la cárcel toledana donde lo tuvieron recluido sus propios hermanos de religión, encontramos al Santo en el convento de las monjas descalzas de Beas de Segura, en Jaén; su aspecto es lastimoso: viene desfallecido, pálido, sin carnes y renegrido, con la piel pegada a los huesos. Casi no tiene fuerzas para hablar. La priora, para consolarlo, manda a dos novicias que le canten unas coplillas "espirituales”. Y en la penumbra del locutorio suena este cantar: "Quien no sabe de penas / en este valle de dolores / no sabe de cosas buenas, / ni ha gustado de amores / pues penas es el traje de amadores”. Juan se estremece hasta no poder soportar la emoción y, mientras que con una mano se coge a la reja del locutorio, hace con la otra señal de que cese el canto, que tanto le impresiona. Colgado de la reja, inmóvil, permanece una hora silencioso. Días más tarde de este curioso episodio de sadomasoquismo conventual, finalizaría, posiblemente en Granada, la redacción de La noche oscura del alma, donde da cuenta de las sensaciones de gozo, de abandono voluntario y de fusión con el otro que se producen tras el encuentro amoroso. Primero, el frailecico aguantó dolores. Después de las penas, el placer de la unión con Dios. Como en el libro arzobispal.
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miércoles, 27 de noviembre de 2013
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