“Me cago en el misterio”, parece que grita el artista (¿?) chino Ai Weiwei con su exposición de pipas de girasol de porcelana de la sala Turbine de la Tate Gallery de Londres. Con 100 millones de ellas ha “creado” una alfombra de 10 centímetros de espesor y 1.000 metros cuadrados de superficie con la que ha cubierto el hall del museo. Cuando algún escolar irrespetuoso e ignorante, desobedeciendo las indicaciones de sus profesores, ha intentado hincarle el diente a una de estas pipas en busca del misterio que oculta en su interior, ha comprometido su gráfico de dentición. Las pipas, como los melones y las sandías, como el huevo de la gallina son objetos de estructura perfecta y, además, como ciertas habitaciones de los cuentos infantiles, detrás de cuyas puertas se esconden los secretos inanes de la vida, herméticas e irresistibles. Las pipas y el huevo duro permitían a cualquiera rozar lo arcano. Ahora, este bobo dadaísta, sin respeto ni cuidado, simplemente para significar que vivimos en una época de “cortar y pegar”, de copia frenética, ha disparado, como Sazatornil en “Amanece que no es poco”, sobre lo que no entiende. ¡Me cago en el artista!
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jueves, 14 de octubre de 2010
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