Voy de acá para allá
El Papa ha abierto la mano en lo de los preservativos, posiblemente para desviar la atención de los casos de pederastia, pero ¿y los pobres que se hayan ido al infierno por haber usado el condón, sin permiso papal, a esos quién los indemniza? Tampoco es justo que a cualquier anciano obcecado en fijar permanentemente la mirada en las estrategias sub-umbilicales de los seres humanos se le tilde de viejo verde, mientras que al provecto Benedicto XVI se le consienten todas estas lubricidades. Lo que no vale para el jefe del Estado Italiano, el procaz Berlusconi, tampoco debe valer para su colega fronterizo. Esto sin contar con que estamos mareando a Dios con nuestros cambios de actitud. Primero lo obligamos a ponernos campos provisionales de hacinamiento y dolor para que la gente buena, pero un poco mala, pase algún tiempo fastidiada antes de entrar en el cielo o bien lo convencemos para que nos junte a todos los que mueren sin bautizar en un sitio cómodo pero poco estimulante o lo forzamos a confinar eternamente a los que han usado condón en un lugar inhóspito y muy caldeado para poco después exigirle que cierre el purgatorio, que clausure el limbo y que a los que nos metió en el infierno, por protegerse contra las enfermedades o los embarazos no deseados, que nos los saque del infierno en espera de destino. Cómo se canse de nosotros y de mover de acá para allá a los 100.000.000.000 muertos de la especie que ya tenía más o menos almacenados, nos vamos a enterar. Nos va a devolver a los muertos, incluso a los que tiene junto a sí en el Paraíso, sobre todo a estos, que está de su ñoñeces hasta el gorro. Lo que nos faltaba, ahora que tenemos colocado a lo peor de cada casa en la política, que se nos llenara esto de santurrones engreídos.martes, 30 de noviembre de 2010
jueves, 25 de noviembre de 2010
La "y griega" resiste
A veces se confunden las cosas. Incluso las personas con más datos pueden equivocarse. O exagerar. Hace 2500 años Sócrates abominaba de la escritura porque, según el filósofo, iba a crear una casta de personas “que habiendo oído hablar de muchas cosas sin instrucción, darán la impresión de conocer muchas cosas, a pesar de ser en su mayoría unos perfectos ignorantes”. La misma impresión que podemos dar hoy todos los diletantes que debemos nuestra sabiduría a la Wikipedia. Pero Sócrates, cuando hace esta afirmación tan exagerada en el Fedro, el diálogo de Platón donde se teoriza sobre la escritura y su origen, está defendiendo su modo de vida que la escritura amenazaba: él vivía de dar clases, sin ayuda de la escritura, a muchos hijos de la aristocracia ateniense. No escribió nada, si bien tuvo un “negro” de lujo, su discípulo Platón, que recogió cuidadosamente su pensamiento. En un artículo publicado en ABC, a propósito de la posible eliminación de la “y griega” del acervo ortográfico del español, el académico Rodríguez Adrados, deduce que este es un signo más del abandono de la cultura clásica y de las humanidades de raíz griega y latina en una Europa “que lleva camino de negarse a sí misma”. En este dictamen apocalíptico tendrá algo que ver, como en el caso de Sócrates, el hecho de que Adrados se ha ganado la vida enseñando griego. Ciertos escritores, contratados por las diputaciones para que animen a “los lugareños” a leer y, en menor medida, a escribir, se vanaglorian delante de “los indígenas” de no haber leído el Quijote. Es posible, pero si ellos escriben en español, es porque antes lo hizo Cervantes. Y Europa, difícilmente podrá abandonar la cultura griega y romana. Está por todas partes. Todavía hay tiendas de lencería que se llaman “Tiendas de interiores”. Y fue Platón el que contribuyó como nadie a la invención del “alma” y del “interior” de las personas. Y la “y griega”, si la elimina la Academia, la conserva el vulgo. Todavía circulan por las calles miles de adolescentes, miembros de la “generación Y”, que exhiben orgullosos esta letra que la naturaleza les ha grabado en la comisura de sus culos. Ni la Real Academia podrá borrar este delicioso estigma.
El clon y el matriarcado
Odalisca de Matisse (museo de Baltimore)
La telenovela El Clon, de TV1, transcurre entre Miami, mi amol, y un harén de la ciudad de Fez. Los que, pese a mirar mal al mundo árabe, siempre han mirado con envidia la higiénica promiscuidad de los baños turcos y la plétora de mujeres revoloteando alrededor de jefe de la familia,estarán algo decepcionados. El harén no es ni mucho menos la sede del placer sostenible. Eso sería en la corte de Solimán al que la contabilidad y la disciplina doméstica se la llevaban otros. Los harenes son unos habitáculos muy poblados, con muchos problemas de infraestructura, obligados a declarar a hacienda, en los que el patriarca tiene que estar todo el día recitando el Corán e intentando controlar el carácter extrovertido de sus mujeres que, en cuanto se descuida, se van a la Medina o a Miami a pasear, y aguantando a algún familiar integrista, muy anciano, que se pasa todo el día diciéndote lo que está bien y lo que está mal. Por desgracia, el patriarcado no asegura la felicidad ni el buen carácter. Los patriarcas de El Clon aparecen siempre muy cabreados. Intentando aplicar, sobre el tumulto de la vida, la rejilla inservible de lo que nos gustaría que la vida fuese. La gente está muy confundida con lo que es un harén. Se han creído que un harén es lo que les contaron los poetas modernistas. Pero los poetas nunca han tenido mucho dinero y a lo más que alcanzaban, en sus desplazamientos, era a darse una vuelta por el París de finales del XIX. Allí, giraban visita al Moulin Rouge y a alguna casa de placer sostenido y luego, en Sevilla o en Madrid, los poetas en sus versos maquillaban a las proletarias del amor como odaliscas turcas. Pero un harén, lo que es un harén de verdad, resulta un coñazo. En este blog se apuesta por el matriarcado. Dónde va a parar.
sábado, 20 de noviembre de 2010
Don Felipe cuando besa, no la besa de verdad
Estudiado simulacro
Los diarios han publicado la foto de los Príncipes de Asturias besándose en el concierto de Shakira, el viernes pasado. A muchos radiofonistas se les ha hecho el micro pepsicola comentando el prodigio. “Han actuado con total naturalidad, como cualquier pareja de su edad. Una buena noticia para España,entre tanta noticia preocupante, este beso abre una puerta a la esperanza...”.Este beso se ajusta perfectamente al espíritu del Capítulo Segundo de nuestra Carta Magna —el que tutela los derechos y libertades de los ciudadanos— que prescribe, en su artículo 14, que "los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social". Por eso, los miembros de la Casa Real española, siempre que la ocasión lo permite, gustan de aparecer ocupados en quehaceres no muy diferentes de los que llenan los días de los demás ciudadanos. Una de las infantas es maestra y ejerció en su juventud en un colegio privado. Otra, estudió también una carrera universitaria,regateó y pescó a un jugador olímpico de balonmano. El Príncipe de Asturias recibió la educación que la alta burguesía paga a sus hijos y convivió en sus años mozoscon jóvenes militares en varias academias.
La construcción de un héroe, la formación de un príncipe, exigía en el Renacimiento —y así lo recetó Maquiavelo— un punto de crueldad, un escrúpulo de fiereza, sin llegar a ser odiado. En los tiempos presentes, "igualitarios y democráticos", el lanzamiento y promoción de un líder necesita de un tratamiento adecuado en los medios de comunicación, que, desde luego, no puede ser el mismo si el personaje que hay que vender parte de la nada o si procede de estirpe regia. El cineasta Abel Gance, en su notable película "Napoleón", pone el acento desde el principio en los elementos diferenciadores, en los estigmas y signos excepcionales que desde la infancia acompañan al héroe plebeyo que tiene que diseñar:un águila real que no lo abandona desde los 10 años, un círculo luminoso que abraza la figura de Napoleón, un gesto arrogante y un comportamiento limpio de cobardía y de mezquindad. Napoleón, en el film de Gance, es decorosamente fiel, desde la infancia, a la excelencia de un destino que parece conocer. Pero, cuando se es heredero de un reino, la retórica de la excepción exige que el héroe recorra meticulosamente la escala de lo cotidiano, de lo vulgar. Que agote todas las estaciones de lo acostumbrado. Como si debiera hacerse perdonar la potestad heredada, en un Reino que destierra en su Ley Suprema los privilegios por razón del nacimiento.
A veces, son los periodistas los que ponen una pizca de exageración ridícula en esta retórica de la insignificancia: un periódico titulaba el 16 de setiembre de 1987, "El Príncipe volará sin privilegios", al dar la noticia del primer vuelo de instrucción que realizó don Felipe a bordo de un avión T-34 mentor, en la Academia General del Aire de San Javier, en Murcia. Las leyes de la física de entonces no encontraron inconveniente en que, para volar, el heredero prescindiese de sus privilegios. Y todo el mundo estuvo de acuerdo en que el Príncipe de Asturias podría volar, como cualquier ser humano: con dificultades, con miedo, en vuelo rasante, en vuelo picado, acrobáticamente, henchido de felicidad e, incluso, sin privilegios. Lo que no hubiera podido hacer de ninguna manera, ni él ni nadie, es volar sin alas. De la misma manera que los príncipes de Asturias, hoy en día, se pueden besar de muchas maneras, como cualquier pareja de enamorados, pero si lo hacen en público, jamás lo harán “con total naturalidad”. Seguirán un protocolo publicitario del que estarán excluidos la pasión y el arrebato, porque los herederos cuando besan en los conciertos, nunca besan de verdad, y a todos interesa besar con teatralidad. Les va en ello el interesante puesto de trabajo que la fortuna les ha regalado de por vida.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Los estigmas
Bañista de Bouguereau
También suele llorar Pánfilo ante ciertos estigmas. Porque este hombre llora mucho, y no se avergüenza si llora cuando está en la playa y ve pasar un cuerpo adolescente desnudo, mojado todavía por la última zambullida, que ridiculiza sin esfuerzo la ley de la gravedad y desafía orgulloso las leyes universales que imponen la decadencia y la muerte a todo lo vivo. Y lo mira y, en lugar de crecerle el deseo o la admiración o el culto a lo perfecto, imagina ese cuerpo como blanco de la aguja de la jeringa o como campo de operaciones quirúrgicas.También llora el hombre sensible ante el cogote recién afeitado de un anciano donde las arrugas llaman a concilio. Y le afecta la verruga que comienza a afear el pecho de la mujer madura, y ante los dedos de los pies de la mujer de 60 años que comienzan a torcerse y a llenarse de bultos y recovecos. Se conmueve, igualmente, con las lágrimas que brotan de los ojos de un pequeño asustado ante la presencia, que él siente amenazadora, del anciano con barba.
Como el Cid, al salir hacia el destierro, lloró fuertemente por sus ojos, al ver el estado en que quedaba la vivienda familiar, Pánfilo lloró también cuando vio en un diario la foto de Martínez, arzobispo de Granada, llegando a su casa, sin palafrenero ni aguacil que se adelantaran a abrirle la puerta, interrogando a unos muchachos irreverentes que con enorme naturalidad, empapados de igualitarismo ciego, ni siquiera se levantan del umbral de la puerta, mirando al representante de Dios en la Plaza de las Pasiegas, sin rastro de miedo o esperanza.
Aunque acabe de derramarse en llanto al ver en un canal autonómico a una pareja de ancianos campesinos, ajenos a al ridículo, tirándose torpemente los tejos para rellenar la programación de la cadena, el hombre sensible aún tiene fortaleza y seriedad para llorar con el que recibe un no, con el que ama y es rechazado sin obtener, ni siquiera, una disculpa aceptable que le ayude a sobrellevar el desamor, con el que muere sin haber tenido un sólo día de luz o de caricias. Llora por los demás y llora, seguramente, por él. De sensible que es, apaga la televisión ante la cara de pavor de un político obligado por una reportera audaz a hablar en broma, a utilizar la ironía. Porque los políticos saben muy bien ocultarse detrás del lenguaje solemne de las mentiras pero aparecen desnudos cuando se ven obligados a utilizar el discurso resbaladizo de la ironía. Temen que la gente interprete que están pensando lo contrario de lo que irónicamente declaran en ese momento y acierten y los descubran. Y, al tiempo que cierra el aparato, una lágrima le moja la mejilla, porque los hombres formales, como Pánfilo, se ponen muy nerviosos cuando ven que alguien queda en evidencia. Y lloran.
martes, 16 de noviembre de 2010
¿Y si los inmigrantes se piden trajes de balde?
Los catalanes andan un poco asustados desde que Alicia Sánchez Camacho, candidata del PP a la presidencia de la Generalitat ha pedido a los emigrantes que respeten los “valores y costumbres de España”. También les ha exigido que aprendan los idiomas oficiales de Cataluña. ¿Para qué? En cuanto chapurreen catalán, se van a enterar de los valores españoles por los que se rigen muchos políticos valencianos y van a querer que les regalen trajes, coches, yates, que se les invite a varios platos de gambas, viajes pagados, relojes de oro, casas, jacuzzis, velas, bodas fastuosas, diademas, bolsas de basura llenas de euros negros, poder, bendiciones de obispos, aquiescencia de jueces, protección de la cúpula del partido... ¿Y si adquieren cierta destreza en el uso del castellano y leen la entrevista del ex presidente González en la que declara su vocación contenida de artificiero en tierra extranjera? Podrían pensar que volar casas con gente dentro, en el país que los recibe, es un valor y una costumbre españoles. Hasta que las recetas de "Educación para la ciudadanía" comiencen a obrar en los responsables políticos, mejor que los inmigrantes sigan rigiéndose por sus leyes y valores y que tarden en aprender las lenguas oficiales. Bastante Camp y González hay por aquí como para que los emigrantes sigan su ejemplo.
domingo, 14 de noviembre de 2010
Monjas pulcras
En la iglesia de la Sagrada Familia de Barcelona, unas monjas de la orden de las Hermanas Auxiliares parroquiales de Cristo Sacerdote limpian el aceite que el papa ha extendido sobre el altar y algunas gotas que han caído en el suelo. En la Noria (el programa de Telecinco en el que Hegel, de vivir hoy, le habría explicado a Jordi González su idea de la Historia), periodistas católicas defienden que en una ceremonia llena de hombres vestidos con ropas mujeriles poco actuales y muy ostentosas, aunque poco maquillados, el papel menos prestigioso haya sido desempeñado por mujeres. Argumentan que su actitud no era servil, sino litúrgica. Cuando un abuso se protocoliza se convierte en litúrgico. Hablan de óleo, de ritos, unción, crisma: palabras todas de nivel A. La liturgia como pretexto. Las religiones, al ser obras humanas, no pueden ser totalmente malas. La liturgia es, también, un reglamento, una serie de protocolos, una colección de normas de conducta que sirven para organizar y jerarquizar la vida de la gente para que no ande por ahí dando tumbos. En sí, la liturgia no es mala. Un ejemplo: en los conventos la comunidad se reúne varias veces al día para rezar. Antes de acostarse, todos entonan las Completas, la última oración de la liturgia de las horas. Los frailes se retiran a sus celdas cantando: “Sálvanos, Señor, despiertos, protégenos mientras dormimos, para que velemos con Cristo y descansemos en paz”, y el prior impone sus manos sobre la cabeza de cada uno de los monjes para quitarles el insomnio y el miedo a morir mientras duermen. Con lo que la congregación se ahorra una caja de lexatin. En mi mesilla de noche (y digo esto para mostrar mis contradicciones, no para ponerme como ejemplo de nada), tengo un libro de liturgia de la BAC, una biblia de Jerusalén, de letra tan pequeña que ya no leo lo que pone sino que me lo invento, más o menos como hicieron los autores de las entretenidas historias del Libro Sagrado. También tengo un playboy que me regaló un amigo hace 37 años y un libro de máximas del pensador francés Chamfort. Con eso y un loramet paso las noches. Mi trato nocturno con el libro de la Biblioteca de Autores Cristianos, me permite afirmar que si la liturgia prescribe que el altar lo limpien mujeres no es porque las mujeres sean más pulcras que los hombres, sino porque se quiere significar que su papel está subordinado al de los sacerdotes. Todas no están tan felices con este rol como han declarado estarlo las religiosas de la congregación de las Hermanas Auxiliares parroquiales de Cristo Sacerdote. He tenido ocasión de conocer a monjas menos contentas con su papel en una residencia romana gestionada por religiosas. Después del desayuno, salían hacia sus ocupaciones en el Vaticano sacerdotes muy limpios, vestidos con clergymans muy bien planchados y portando carteras relucientes. Las monjas les habían lavado la ropa, higienizado los servicios de sus habitaciones, servido el desayuno y dado brillo a las carteras. Si hablabas con ellas, se las veía poco felices con sus ocupaciones ancilares. Las había muy cabreadas.
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