miércoles, 21 de agosto de 2013

Lorca es provincia

Otros Caminos
EN verano alguien roba el contenedor de basura que hay cerca de mi casa, a los pocos días suelen poner uno nuevo. Este año, el nuevo tiene impresa, debajo del escudo de la Diputación, la frase "Granada es Provincia". El asunto es tan misterioso como la abundancia de esculturas y pinturas obscenas en las iglesias románicas que hay a lo largo del Camino de Santiago. La Diputación pone el nombre de Granada en la basura y los canteros y escultores medievales acostumbraban a esculpir en los tímpanos de las iglesias e incluso en el interior de las mismas y sobre todo en los canecillos de los tejados escenas 'sucias' de coitos, felaciones o de actos de bestialismo. Hombres que exhiben unos falos indesmayables y mujeres de sexos del tamaño del que algunos biógrafos asignan a Greta Garbo. 
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Nada de esto tendría hoy cabida, por ejemplo, en la Madraza granadina de la que ha sido alejada una exposición de collages de Juan Vida, en los que el pintor se manifiesta con la misma libertad que usaron los canteros en sus creaciones, en el siglo XII. Ni los prelados ni los abades medievales fueron tan estrechos como la comisión que se ha asustado por las obras de Vida. Dentro de mil años, los investigadores que encuentren un contenedor en algún yacimiento arqueológico del siglo XXI, quizá no entiendan tampoco por qué la Diputación tiró Granada a la basura. De la abundancia de escenas obscenas en el Románico se ha dicho de todo. Pero nadie parece tenerlo muy claro, ochocientos años después. Es posible que los hábitos y comportamientos sexuales del siglo XII no fueran los mojigatos del siglo XIX, o que la Iglesia, triunfadora y poderosa entonces, no temiese al sexo feroz y no le importara integrarlo en sus iglesias como un elemento más de la existencia humana. Incluso se ha llegado a decir que muchas de estas esculturas podrían representar a moros -de los que se hacía escarnio- vencidos y obligados por los cristianos a replegarse hacia el sur. Más comprensible es el esfuerzo que ha hecho este año la Diputación para arrojar a Lorca a la basura del provincianismo abusón y omnívoro. Tras el banquete de Alfacar, las servilletas arrojadas al suelo por los comensales lucen esta bonita inscripción: "Hoy, 17 de agosto, cautiva y desarmada la Razón y el sentido común, han alcanzado las tropas provinciales sus últimos objetivos culturales. La guerra ha terminado". Firmado: el Presidente.

jueves, 15 de agosto de 2013

Enseñando al Cuerpo

Feministas por razón del cargo
( La foto se la debo a José Luis Romera)
PÁNFILO, nuestro jubilado disruptivo, fue un referente cultural para la Guardia Civil por los años 70 y para sus alumnos del Instituto de Bachillerato de un pueblo de la campiña cordobesa. Le consta que tanto la Benemérita como los estudiantes de COU siguieron con atención sus enseñanzas y tomaron apuntes de sus lecciones. Los de la Guardia Civil, mucho más fiables que los de los jóvenes estudiantes que perdieron pronto sus notas de clase y las sustituyeron por episodios y sucedidos imaginarios, coloreados por la nostalgia. Cuando a Pánfilo lo amnistiaron en el 77 de una multa de 25.000 pesetas que le habían puesto los civiles por intervenir en unas jornadas pre-electorales a las que no había sido invitado ni él ni su partido, el secretario del Gobernador Civil, que lo llamó a su despacho para devolverle los dineros y regañarle por lo malo que había sido, le mostró una carpeta azul llena de informes y seguimientos de la Guardia Civil. El funcionario le permitió ojearla en una saleta aneja. Allí aparecieron los apuntes que había tomado la pareja de civiles que asistió a su conferencia en el teleclub sobre la Doble alienación de la mujer. Pánfilo detectó enseguida que el informe era del responsable de las tareas de inteligencia en el puesto del pueblo, por la precisión militar de su estilo. No faltaba en el escrito ni la referencia al libro de Castilla del Pino sobre el asunto. Que los estudiantes no eran tan cuidadosos como los números del Instituto Armado, lo supo Pánfilo una noche de julio de 2003 en la que recibió una llamada de un ex alumno, visiblemente inspirado por el amontillado, que le dio las gracias en su nombre y en el de sus compañeros de COU del año 73 por haberles dado a conocer a Borges. Pánfilo está seguro de que en aquella época él todavía no sabía quién era Borges. Y, también, de que al cabo primero, que asistió a su charla sobre la doble alienación de la mujer correctamente uniformado, le han servido de mucho los conocimientos que fue acopiando en los numerosos actos culturales que se organizaban en los teleclubs de la zona y a los que tuvo que asistir en razón de su cargo. Pánfilo me ha confesado que el Estado le ha pagado suficientemente las clases de Literatura que impartió, con la brillantez que le caracterizaba, en el Instituto, pero se me queja de que no se le hayan pagado todavía las clases que le dio a la Benemérita. Y cree tener derecho a un sobresueldo en negro como todo el mundo

miércoles, 7 de agosto de 2013

Aplaudir es de malvados


¿A nadie se le habrá ocurrido, en estos tiempos de ciénaga, escribir sus memorias a partir del objeto, útil o instrumento que usó en cada etapa de su vida para desprenderse de la suciedad adherida tras las deposiciones? El terrón del olivar, el guijarro humilde de las carreteras, la carta de amor despechado, el papel del periódico que a veces dejaba impresa en la piel la cabecera de The Inquirer, el mullido reino de la celulosa, las eficaces caricias de las toallitas para bebés, la esponja hospitalaria de la enfermedad y la vejez. Sería una hermosa manifestación de humildad por parte del que cuenta su vida, una forma de pedir perdón a los lectores por hablar de sí mismo sin escuchar al otro y frenaría la tendencia del escritor a ponerse estupendo cuando inventa en sus memorias éxitos que la vida le negó.
La historia de la humanidad podría también escribirse a partir del uso que se le ha dado a la mano desde su inserción al final del brazo de los homínidos o del pie o de la nariz. Porque hay miembros, como el pene o la vulva, que han merecido mucha atención por parte de los escritores en detrimento de otros, como la mano. Las manos sirven para aplaudir, incluso en situaciones en las que nadie entiende por qué se les da este uso. En la Cueva del Castillo, en Cantabria, unas manos prehistóricas dibujadas en la roca parecen aplaudir. Esas manos rupestres pueden tener hasta 40.000 años. No se sabe si son obra del casi agónico hombre de neandertal o del triunfante sapiens. Este último tenía  motivos para aplaudir: se ha quitado de en medio un competidor. Pero si las manos son obra de los perdedores, de los neandertales, ¿por qué iban a aplaudir? ¿Rituales mágicos, entretenimientos de mujeres y niños recluidos por seguridad en el interior de la cueva? ¿Masoquismo? Los parlamentarios que aplaudían, como boxeadores sonados, el día de la comparecencia de Rajoy, las intervenciones de sus líderes,  ¿por qué aplaudían sabiendo que esta manifestación de contento y aprobación podría molestar a muchos españoles? ¿Sapiens o neandertales?  ¿Suicidas? ¿En qué estarían pensando, también, los periodistas que se dedicaron a buscar un ganador entre los que intervinieron en el debate?  ¿Ellos, que informan, no están informados de que cada vez hay más gente que asocia la política, no con el triunfo, sino con el  material higiénico desechable de más arriba?

lunes, 5 de agosto de 2013

En la cueva del Parlamento

Grandes aplausos
En la Cueva del Castillo, en Cantabria, unas manos prehistóricas parecen aplaudir. Las manos rupestres pueden tener hasta 40.000 años. No se sabe si son obra del casi agónico hombre de neandertal o del triunfante sapiens. Este último tiene motivos para aplaudir: se ha quitado de en medio un competidor. Pero si las manos son obra de los perdedores, de los neandertales, ¿por qué iban a aplaudir? ¿Rituales funerarios o demencia senil? Los parlamentarios que aplaudían, como boxeadores sonados, el día de la comparecencia de Rajoy, ¿por qué aplaudían molestando a muchos españoles?: ¿sapiens o neandertales? Más bien dementes.

sábado, 3 de agosto de 2013

Oxímoron

Bonsai gigante


viernes, 2 de agosto de 2013

Tomates para una dama

Amor platónico
Si el ser humano viniese de fábrica con caja negra, como la de los aviones, no harían falta ni confesionarios ni comisiones de investigación ni secretos de confesión ni sesiones a puerta cerrada ni comparecencias tediosas ante el juez de los imputados  ni explicaciones del presidente del Gobierno en sede parlamentaria.  Bastaría una conexión USB y algún periférico que permitiera ver o imprimir la información de la caja negra. No creo que, al menos en los próximos años, podamos obtener un gadget electrónico de tanta utilidad, acabo de oír que si el CSIC no recibe dinero pronto,  tendrá que cerrar numerosos  centros, suspendiendo muchos  proyectos de investigación.  Seguro que con los recortes descartan  crear una caja negra  genética. Hasta ahora hemos ido tirando con la confesión y con el facebook . El internauta común, el vulgo-internauta, vierte todos los contenidos de su interior y de su entorno en su muro, en su biografía, sin pudor ni recato y sin más penitencia que algún comentario desabrido o sarcástico. Es el caso de una mujer bellísima, a la que sólo conozco platónicamente  por  los reflejos que proyecta en la caverna de las redes sociales,  donde cuelga  fotos en las que muestra unos ojos sublimes y una sonrisa excesiva en sus labios perfectos. Detrás: un puesto de fruta, para que sepamos que no pretende ser divina sin interrupción y que también gusta de los tomates, las flores y anacardos de las calles. No necesitamos vaciar su caja negra: es transparente; siempre que se asoma a la nube nos habla de su necesidad casi enfermiza de reconocimiento y aceptación de una belleza obvia que ya declina. Yo, que también busco reconocimiento para lo único que me queda intacto: la posibilidad de jugar con las palabras, le abro mi caja negra con mi comentario en el que se transparenta una benevolente envidia y un reproche suave por su presunción. Le hablo de la cara tan original que tiene y de cómo a mí, de cara mucho más vulgar, me confunden con un ginecólogo que va en moto y tiene barba como yo. Cuando le explico que quizá se deba la confusión a que las mujeres, avergonzadas por los lugares en los que tiene que fijar su mirada profesional, sin deseo,  el ginecólogo, no se atreven a mirarlo a la cara y no retienen sus facciones; ella, fingiendo no haber entendido nada, me abre del todo su caja negra y me dice: “Ahora vengo de la consulta de mi ginecólogo, amigo Pablo”.  Y yo, a mi aire,  le contesto: “estoy harto de que me paren mujeres  por la Gran Vía, convencidas de que soy su médico, para informarme de que no les baja la regla”.