EN la serie argentina de televisión En terapia, Jorge, el padre de Gastón, un policía de elite que se ha suicidado, le dice a Guillermo, el psicoanalista de su hijo: "Todo comienza en la casa según ustedes, los psicólogos: papá te quería llevar a jugar a la pelota y vos no queríais, vos queríais jugar a las muñecas, mamá te tocaba el pito cuando te bañaba de chiquitito… siempre son los padres en casa los culpables de todo". El hombre abrumado por la culpa trata de traspasársela al terapeuta. Yo no les echo la culpa a mis padres del amor exagerado que tengo a la libertad de expresión, pero sí al internado en el que estuve confinado desde los 10 a los 14 años. Aparte de los altos muros y del insoportable encierro durante 325 días del año -sólo iba a casa 40 días, en verano- el régimen de vigilancia y pesquisa inquisitorial al que estábamos sometidos era intenso. Seguramente que mi psicólogo, de haberlo tenido, hubiera considerado traumatizante el que los superiores leyeran las inocentes cartas que los alumnos mandábamos a casa solicitando amor, ropa y comida. Conservo una de esas cartas que me permiten no idealizar los años que pasé interno. En ella le pido a mi madre que me mande un sinfín de cosas, entre ellas unos pantalones vaqueros -ni tejanos, ni jeans, vaqueros, simplemente- lo que prueba que en el año 57 ya se usaba esta prenda en España. También le pido a mi madre una faja para el frío. Estas delicadas huellas de la vida cotidiana de aquellos años me emocionan, cuando leo la carta. Lo que posiblemente me produjo, si no un trauma -porque entonces los niños no nos podíamos permitir esos lujos-, al menos una irritación, fue enterarme por mi madre de que en la misma carta en la que yo solicitaba hasta un violín, un superior, había escrito a máquina un informe muy negativo sobre mi conducta. Podría el buen fraile dominico, primero, respetar el secreto epistolar y en, segundo lugar, no mancillar mi escrito, de letra estrafalaria e insegura, con la verdad irrefutable de su Underwood. Por eso, cuando en el grupo de facebook al que pertenezco, profundamente granadino, La Orden plúmbea, alguien sale pidiendo prudencia a algún hermano que maldice o mienta la guillotina, siempre me pongo de parte del desorden humilde y despresurizador de las palabras sin censura, por muy fuertes que sean. Porque, en comparación con la indecencia que nos ahoga, son sólo palabras.
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jueves, 31 de enero de 2013
jueves, 29 de septiembre de 2011
El proctólogo del Partido
EL admirable Fernán Gómez cuenta en la película-conversación La silla de Fernando (2006), obra de Luis Alegre y David Trueba, que una noche le explicaba en un bar a una señorita con la que salía, que él tenía una inclinación fatal por mujeres malas que pudieran destruirlo. La chica, muy inteligente, le contestó: "¡Ay, Fernando, a ti no se te puede destruir, tú ya estás destruido!". Algo semejante se les podría decir a los socialistas que previenen, jeremíacos, del daño que Rajoy, de ganar las elecciones, infligiría a la Enseñanza pública, a la Sanidad, en definitiva, al estado del bienestar; porque a España, como a Fernán Gómez, cuando la coja Rajoy le va a quedar poco por destruir. Claro que si te la ha destrozado tu propio partido, entonces la cosa es más soportable.
En la clandestinidad, los miembros del PCE éramos endogámicos. Recurríamos al carpintero del Partido para que nos instalase unas estanterías, un dentista del Partido nos destrozaba la dentadura, encomendábamos al maestro del Partido que vigilara en el campamento, del Partido a nuestros niños. Algunos camaradas incluso autorizaban al monitor del Partido para que les propinase alguna que otra colleja a los chiquillos si atentaban contra la ética proletaria; el proctólogo del Partido hacía comentarios zafios sobre la fealdad tensa y asustada de tu culo en su consulta, antes de profanarlo con un dedo enfundado en látex. La moto te la tocaba también el mecánico del Partido, los plomos, el teléfono, la fontanería, todo se le encargaba a gente del Partido.
Eran algo más baratos que los artesanos o profesionales del mundo exterior pero menos cuidadosos. Sus arreglos terminaban siendo intervenciones políticas sobre la realidad material de consecuencias negativas, o sea, un desastre. Con el paso del tiempo, la calidad de los servicios que prestan estos chapuzas a sus partidos sigue siendo baja, aunque se hayan subido el caché. Sus jefes les encargaron la semana pasada que le apretaran las clavijas a la libertad de expresión de los profesionales de RTVE. El chapuz que urdieron los consejeros del Ente Público -votaron sí, PP y CIU; se abstuvieron, cómplices, PSOE, ERC y CCOO; votaron no, IU y la UGT- fue tan burdo y escandaloso que no han tenido más remedio que desactivarlo, por ahora. Si los partidos quieren convertir la información en propaganda, van a tener que seguir deconstruyendo, a su conveniencia, la Constitución. Pero eso no se lo podrán encargar a aficionados, misión tan noble está reservada sólo a los expertos: Rajoy, Rubalcaba, Durán y Lleida, Toxo, Joan Ridao...
En la clandestinidad, los miembros del PCE éramos endogámicos. Recurríamos al carpintero del Partido para que nos instalase unas estanterías, un dentista del Partido nos destrozaba la dentadura, encomendábamos al maestro del Partido que vigilara en el campamento, del Partido a nuestros niños. Algunos camaradas incluso autorizaban al monitor del Partido para que les propinase alguna que otra colleja a los chiquillos si atentaban contra la ética proletaria; el proctólogo del Partido hacía comentarios zafios sobre la fealdad tensa y asustada de tu culo en su consulta, antes de profanarlo con un dedo enfundado en látex. La moto te la tocaba también el mecánico del Partido, los plomos, el teléfono, la fontanería, todo se le encargaba a gente del Partido.
Eran algo más baratos que los artesanos o profesionales del mundo exterior pero menos cuidadosos. Sus arreglos terminaban siendo intervenciones políticas sobre la realidad material de consecuencias negativas, o sea, un desastre. Con el paso del tiempo, la calidad de los servicios que prestan estos chapuzas a sus partidos sigue siendo baja, aunque se hayan subido el caché. Sus jefes les encargaron la semana pasada que le apretaran las clavijas a la libertad de expresión de los profesionales de RTVE. El chapuz que urdieron los consejeros del Ente Público -votaron sí, PP y CIU; se abstuvieron, cómplices, PSOE, ERC y CCOO; votaron no, IU y la UGT- fue tan burdo y escandaloso que no han tenido más remedio que desactivarlo, por ahora. Si los partidos quieren convertir la información en propaganda, van a tener que seguir deconstruyendo, a su conveniencia, la Constitución. Pero eso no se lo podrán encargar a aficionados, misión tan noble está reservada sólo a los expertos: Rajoy, Rubalcaba, Durán y Lleida, Toxo, Joan Ridao...
viernes, 23 de septiembre de 2011
¡No me mires, no me mires!, mal
Recuerdo que en la Transición se publicaron manualitos de todo. Había uno de sociología que planteaba el tremendo dilema de si el hombre es bueno o malo por naturaleza. Yo me apunté entonces a que el hombre era bueno en la línea de salida pero que como nacía en una sociedad injusta y feroz, se volvía malo. Quizá la democracia que "nos hemos dado", sea mala, y corrompa a todo el que se emplea en la vida pública (en "el servicio a los demás"). La ocurrencia del PP, respaldada por el voto de CIU, y la abstención cómplice de CCOO, PSOE y ERC (sólo se opusieron IU y UGT) de controlar los contenidos de la información de RTVE, así por derecho, por la cara, es un signo de la falta de respeto de estos "mediadores" para con los ciudadanos. Creen que la información debe llevar trufada una cantidad de propaganda proporcional al número de votos que cada partido haya obtenido en las elecciones. Es decir, que la información es propaganda. Esta perversión la vienen practicando todos los partidos en las autonomías en que gobiernan, en los ayuntamientos y en las diputaciones. Fatima Mernissi, la socióloga marroquí, Premio Principe de Asturias de las Letras 2003, en su discurso de aceptación del premio explicó que lo que caracteriza al Islám primitivo, el de los siglos que van del VII al X, es el haber desarrollado el arte de dialogar con el adversario. De poner la pedagogía del dialogo por encima de todas las estrategias de la vida en común. Veía Mernissi como una señal de esperanza el que en el mundo árabe 140 emisoras de TV, empezando por Al Jazzira, estuviesen trabajando para restaurar la antiquísima costumbre islámica de hablar, de dialogar, de confrontar opiniones pacíficamente. En España, debe de haber miles de emisoras, locales, provinciales, autonómicas, nacionales, dedicadas a pervertir el concepto de Libertad de expresión y convertirlo en propaganda. Ignorando que el derecho a la libre expresión, a dar y recibir información, no puede ser secuestrado por los representantes de los ciudadanos, sino que reside en éstos y es una de las pocas herramientas que les quedan para controlar los abusos del poder. Conscientes de lo mal que lo hacen, creen poder convencer al público de que son buenos, simplemente intóxicandolo con mentiras o con verdades mutiladas. No hay político que salga a la calle sin su camarita de tv y sus periodistas a sueldo. Al menos Zapatero, con todo lo malísimo que es, se ha limitado a hacer propaganda en la serie "Amar en tiempos revueltos", dejando la información en manos de los profesionales. Hoy mismo habría que cerrar todas las televisiones que cacareasen de ser un" servicio público", siempre que se demuestren que solamente son la voz de su amo. Nos ahorraríamos un dineral. Y, sobre todo, dejaríamos de ser tierra de misión para estos predicadores de sí mismos.
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