Algún día pediré daños y perjuicios al Partido Popular por sacarme de mis casillas. De la literatura, "la única verdad", según la corporativa afirmación del escritor portugués Fernando Pessoa. Tenía ya preparado un articulillo sobre el tsunami poético que nos invade estos días con motivo de la Feria del libro e, incluso, se me había ocurrido una frase que, en el duermevela de la madrugada, me pareció brillante. Aunque luego sucedió lo que sucede siempre: que cuando despiertas, y si has tenido la ocurrencia de escribirla, ya no te parece tan maravillosa. E, incluso, te puede llegar a parecer una solemne tontería. El caso es que en la libretilla que tengo en la mesita de noche, junto con todos mis cables y cargadores de cabecera, el del móvil, el de la tablet y el del eBook, cuando me he despertado hoy, me he encontrado esta frase escrita a lápiz con letra onírica: "La poesía se nutre de la nostalgia que sienten los poetas por esa época del mundo en que estaba todo por nombrar, esa época en que Dios le va poniendo etiquetas a las cosas que crea. Ese momento en el que no había que luchar contra lo ya nombrado". Pensaba yo trabajar la frase y dejarla un poquito menos abstrusa. Pero, cuando repaso la libretilla de notas, me topo con más frases que tienen que ver con "los líos" del PP. La culpa la tiene mi insomnio y las emisoras de radio que durante toda la noche no han dejado de informar del tsunami que azota lo público. Se me habían olvidado estas otras notas, hijas de mi flaco ingenio, engolosinado con la frase anterior, esa que habla de que a los poetas les hubiera gustado estar sentados a la diestra del Padre para ayudarle a pegar post-it a las cosas, conforme iban saliendo de la factoría divina. Tampoco, ahora que las leo, les encuentro mucho sentido. Sin embargo no me resisto a transcribir alguna y dejar a los lectores que juzguen si mi estado mental se está viendo afectado por este aquelarre de la trapisonda. La primera dice: "España es un paraíso para los fiscales afines al partido del Gobierno". O, esta otra, "La corrupción del PP no es generalizada, pero a mí ya no me alcanza la memoria para retener el nombre de tanto golfo. ¡Y mira que me aprendí de coro los nombres de los reyes godos, desde Ataúlfo hasta don Rodrigo!". La que viene ahora, no me la tengan en cuenta, la escribiría vencido por el sueño: "Vamos a tener que meter la patria debajo del colchón para que no nos la roben". Bueno, bueno… La última de todas la tuve que escribir bajo los efectos del noctamid, zombi. Ésta: "El Partido Popular, motor de la transpurulencia"*. Neologismo, este último, que ni siquiera está en el Google.
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jueves, 27 de abril de 2017
lunes, 30 de mayo de 2011
Los perros indolentes de la Acrópolis
Hay muchas formas de desactivar a los proclives. En Atenas, en la cuesta que lleva a la Acrópolis, hay varios perros echados, ni enfermos ni agonizantes, simplemente echados. El fenómeno no es exclusivamente ateniense. En el Salar de Loja, durante años, un hombre sano ha estado echado: no se ha perdido una fiesta, lo llevan en carro y ha asistido a todos los festejos reclinado. La abuela de Sartre, lo cuenta el filósofo en “Las palabras”, un buen día no encontró ningún aliciente en las reuniones familiares y decidió acostarse para siempre. El feminismo burocrático de Adolfo Domínguez, zapatitos de Prada, peliches azulados y observatorios donde colocar a familiares y amigos, aunque fuesen poco observadores, en las últimas décadas, también ha contribuido a que muchas mujeres se echen, se desactiven, dejen de luchar por un salario igualitario o por el derecho a tener hijos y no ser postergadas en el trabajo, como si las “paladinas” de la igualdad se lo fueran a conseguir todo. La corrupción ha extendido sobre los políticos la sospecha de la deshonestidad, y hasta los más honestos, se han echado. Los perros de la Acrópolis, desde que los filósofos atenienses decidieron que no tenían tiempo para preocuparse en sus reflexiones nada más que del hombre, dejaron de ser zalameros. Las razones de los campesinos del Salar o los de la abuela de Sartre, sólo lo saben ellos y sus familias. Muchas mujeres se han echado en brazos de las pinturas, de los vestidos y de los complementos, porque les gusta y porque se las ha seguido tratando como a personas de segunda a las que hay que halagar y engatusar –“las mujeres son más inteligentes que los hombres”- para luego sacrificarlas las primeras si hay que cerrar un ministerio o promocionar a un macho para la presidencia. La mayor parte no se han echado o si lo han hecho, ha sido encima de los libros o de sus apuntes para terminar sus carreras y o mejorar sus currículos, ajenas a si van a ser miembras o miembros de la judicatura, por ejemplo, interesadas sólo en ser jueces. Muchos políticos honestos, dejaron de serlo, y se echaron en brazos de la corrupción, porque, ¿para qué esforzarse si al fin y al cabo todo el mundo piensa que me la estoy llevando? Esto en la escuela se nota mucho, los niño trabajadores e inteligentes, dejan de esforzarse porque los perezosos e ineptos salen para adelante sin ningún trabajo, y se echan.
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