miércoles, 9 de marzo de 2011

Efecto iPAD: el mundo al derecho

La utilidad de “rotación de pantalla” de que dispone el iPAD es muy útil, te permite ver siempre las cosas derechas. Por mucho que intentes tumbar un texto o una imagen, si tienes activado el modo “rotación de pantalla”, el aparato los enderezará de inmediato.  Parece que la “tableta” tiene éxito. Pero estos artilugios no siempre están libres de efectos adversos: los que usan continuamente el aparato pueden padecer el síndrome del mundo al derecho. Se da entre políticos y periodistas, principalmente, y cursa con síntomas no siempre benignos. Enderezar la versión judicial del 11M, convertir en positivos los resultados negativos de las encuestas, poner a Zapatero de pie, siempre que los golpes de la realidad lo tumban. Apuntalar a los imputados, cuando son de tu partido… Que el atractivo flácido de Rajoy aparezca inhiesto.  Desde que este aparato está en el mercado no hay forma de ver el mundo boca abajo, que es como lo vemos los que no podemos pasarnos a APPLE-MAC.

martes, 8 de marzo de 2011

Con sola su figura

El escribir produce placeres muy parecidos a los de la caza. En realidad es un sucedáneo. Compites con otros cazadores a ver quién lo hace mejor, quien cobra la pieza más distante o esquiva. Un soneto, una novela, un aforismo.  Un post. Entre cazadores el prestigio se alcanza cuando uno ha puesto sobre la mesa la pieza más preciada. También entre los pescadores. Ese es también el juego de los poetas. Antes del verso perfecto o de la garza lustrosa, ni el cazador ni el escritor son nada.  Y si luego aparecen con un ripio infame  o con una gallineta esmirriada, de nada servirán los éxitos precedentes.  Pero ahora se lleva muncho entre los que escriben solicitar el premio antes de haber aportado la pieza. Son actitudes pre lingüísticas (¿preglóticas , preglósicas?) incomprensibles en personas que trabajan con el idioma. Hay mucha gente que escribe, en periódicos o en blogs,  que no nos deja rendirnos, asombrados, seducidos por  lo que escriben, porque lo primero que nos dicen, antes de que tengamos conocimiento de una sola línea de su producción, es que ellos, aunque no escribieran, ya serían excelentes. Enumeran sus virtudes, el aprecio que les tiene la gente con la que tratan,  sus perros, el portero…  Como el Amado del poema de San Juan de la Cruz, están seguros de  dejar a todo el mundo  prendado de su hermosura, con sola su figura.  No sé por qué escriben. Mejor que hablaran con John Galliano.

lunes, 7 de marzo de 2011

Las mujeres tampoco lloran

Conectada, pero en la calle
Sólo una guerra atómica, el choque de un meteorito o el desplome del capitalismo suicida,  sumirían a las mujeres, junto con toda la especie, en la nada o las  devolverían al papel de “ángel de su hogar”  que les otorgó el siglo XIX. Cuando nos tiramos de la cama al despertar no se nos ocurre pensar que alguien ha retirado el suelo  para que nos precipitemos  en el abismo y cuando salimos a la calle, después de desayunar,  y acudimos a nuestros trabajos u ocupaciones,  no se nos ocurre pensar que no vamos a encontrar a las mujeres en sus consultas médicas, en los estrados, en  las gestorías, en las gasolineras, en los chiringuitos o en los ministerios. Ahora mismo, una bibliotecaria acaba de confirmarme por teléfono que mi préstamo está prorrogado hasta el 26. A esas realidades indiscutibles llamaba Ortega y Gasset “las creencias”.” Las ideas se tienen; en las creencias se está.”  Ahora estoy viendo a la meteoróloga de TV1 explicar el mapa del tiempo. Ha vuelto, después de tener su hijo, a las isobaras y las nieves de marzo. Poco antes, en el telediario se daba la noticia que la persona encargada de investigar  si Gadafi ha cometido delitos contra la humanidad es una fiscal española. Una filóloga, recién entrada en la Academia,  Inés Fernández-Ordoñez, declaraba hace poco en EL PAIS Semanal que la lengua no se dirige desde el BOE y que la Academia no está para admitir ocurrencias de una ministra (se refería a la miembra del Consejo de Ministros, expulsada por Zapatero, en la última remodelación del Gabinete). En la camisería, una chica me toma las medidas con profesionalidad y afecto. Me rodea con sus brazos jóvenes y mide mi mucha solemnidad como si mi talla estuviera incluida en los parámetros de la Pasarela Cibeles. No he oído a ninguna de estas mujeres quejarse de nada. Ellas clausuran la época del llanto. Están ahí,  como las creencias de Ortega,  y no piensan irse.

domingo, 6 de marzo de 2011

La insumisión de los objetos

Los objetos, las cosas, practican con nosotros una insumisión mucho más tenaz que las personas. Te levantas y no te funciona nada: sale sólo la mitad del café de la cafetera, la radio se resiste a dar una buena noticia, las manchas rebeldes no abandonan sus posiciones en tu chaqueta pese al ataque químico de los espráis,  has borrado todos los correos de la bandeja de entrada, pensando que eran spam...En la calle, también puedes encontrar a un vendedor de almendras que no entienda que lo hayas elegido ese día para regalarle el don de tu simpatía personal y que salta cuando intentas instalarte en su perímetro corporal de seguridad,  y que te rechaza, con malos modos, cuando le preguntas por el precio del cucurucho y le cuentas que tú, hijo de la escasez, regateas cada almendra. Seco, contesta: "los chicos, a 1,5 € y a 2 €, los grandes". Entre dientes masculla: "este tío se quiere cachondear de mí", y te mira con un rencor que -piensas- no te pertenece del todo y que tendría que repartir con la humanidad entera, pero que tú has activado con tu populismo altanero. Pero, al contrario que los objetos rebeldes, a los que les importa muy poco el enfado paroxístico que te han producido y menos, los golpes e insultos que les has dedicado, en la misma calle, en el mismo paseo donde has fracasado, tus encantos tardarán poco en ser apreciados por otras personas: por tu panadera, por el camarero malhumorado del chiringuito de la playa que siente debilidad por ti o por tu quiosquero, con el que conectas perfectamente, sólo con pronunciar mal el nombre de todos los artistas americanos de las películas del oeste de hace 50 años. A lo que no te has atrevido es a volver a pasar cerca del vendedor de almendras, por si sigue terne.

sábado, 5 de marzo de 2011

El spam, como yo digo, son los demás

Bueno, como yo digo y como dice Sartre, que esta apropiación del pensamiento del filósofo francés es ave de corto vuelo. Miren ustedes si es conocida la frase que hasta en una pared de la Coruña está escrita. Aunque el graffitero parece considerarla spam.

jueves, 3 de marzo de 2011

El descenso de Mouriño

Mouriño desde todos los ángulos
EL sábado pasado, por la noche, millones de personas pudieron ver a un hombre descender solo a los infiernos de los vestuarios, en la Coruña, tras el fracaso de su equipo. Lo captó un cámara colocado en lo alto del túnel: desde ese ángulo los héroes del partido no lo parecen y los derrotados resultan patéticos. Muchos de los que vieron la escena disfrutaron con el dolor ajeno, otros, se dejaron ganar por la empatía hacia el héroe en apuros, y no faltó quien experimentó una cierta conmiseración, ese placentero sentimiento de piedad altanera que nos invade ante las desgracias del prójimo. 
La figura del hombre del pelo gris y la bufanda y el abrigo a juego, cada vez más pequeña, conforme bajaba las escaleras, se asemejaba a la de un muñeco de guiñol abandonado a su suerte por un titiritero al que ya no le importara que la marioneta tropezara y cayera. Este personaje no podrá negar que ha dispuesto del mejor guion, del mejor productor, de los actores de más alto caché para triunfar, pero los hechos no siempre se ciñen a un guion, por muy bien escrito que esté. En las películas, sí lo hacen. A la misma hora daban en otra cadena, Hechizo de Luna, con Cher y Nicolas Cage de protagonistas. Terminó un cuarto de hora después del partido del Depor contra el Madrid. Los que siguieron el encuentro, se perdieron el caos que la luna provoca en una familia italiana. No pudieron ver al abuelo que, en plena noche, saca a sus perros a pasear y sorprende a su nuera flirteando con un desconocido ni al jefe de la familia que asiste con su amante a la ópera, donde es sorprendido por su hija a la que acompaña y corteja el hermano del hombre con el que se va a casar. La luna los ha vuelto locos a todos. 
Eso no lo sabrá el espectador del partido de fútbol trastornado por el caos que poco a poco se adueña del Real Madrid y de Mouriño, porque para cuando cambie de canal, tendrá ya a todos los personajes de la película sentados a la mesa del desayuno, preparados para la escena final en la que la madre proclamará ante toda la familia que ama a su marido infiel y él, emocionado le confesará: "Anch'io, ti amo". Cher corta con su novio y se promete al hermano, Nicholas Cage y, en ese momento, nadie dudará de que el mundo está bien hecho. Porque se puede fracasar en la vida o en los campos de fútbol, pero no hay por qué fracasar en la vida que nos inventamos al redactar nuestras memorias o cuando un buen guionista ordena el caos de otras vidas en una buena comedia romántica.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Los refranes, como yo digo, no pagan derechos de autor.

Me gusta muchísimo, soltar un lugar común  precedido o seguido de la frase “como yo digo”. Y me gusta porque es uno de esos misterios que me inquietan y que posiblemente no seré capaz de descifrar nunca. Me turba intelectualmente oír a alguien que suelta un refrán y lo corona con esta expresión; un suponer: “Más vale pájaro en mano que ciento volando, como yo digo”.  Mis investigaciones presentes se orientan en el sentido de averiguar el resorte sicológico que lleva a un individuo a apropiarse de un bien mostrenco, como son las frases proverbiales  o refranes, y  a atribuírselo a sí mismo, cuando todo el mundo sabe que sólo le pertenece en una pequeña parte, como a cualquier hablante del español.  He llegado a creer que esta actitud es un precedente del actual “cortar y pegar”,  sostén de todas las redes sociales, donde el antiguo juego de las referencias y de la autoría, entendida como la entiende la SGAE,  se desvanece o ha desparecido completamente. Hoy cualquiera puede cortarle un trozo al cuerpo conceptual de Spinoza y pegarlo en una entrada de su blog, sin decir a quién pertenece, como cosa suya (“como yo digo”) y quedar como Dios.  Esto ya lo ridiculizó Cervantes en el prólogo de su Quijote, donde da a entender que todos los prologuistas se copian de los clásicos o de los autores cristianos o de la Biblia o de Jenofonte, a la hora de redactar sus introducciones.  Todo lo anterior se lo ha tenido que tragar el discreto lector, para que yo pueda utilizar, sin ambages, un refrán a propósito de las subvenciones y los derechos de autor. Pues bien, como yo digo,  los escritores sienten más el vacío que deja la paja de la subvención ajena en su bolsillo, que el  vacío que deja la viga de la subvención propia en el bolsillo ajeno. Esto también les pasa a los cineastas, a los titiriteros, a los teatreros…   a los que organizan talleres de macramé y  de churros. Es una herencia religiosa. La religión es una cosa tan buena y tan conveniente para el ser humano que ha de recibir ayudas de los estados laicos.  Pero los curas no protestan si te bajas del Cuerpo místico de Cristo, su Internet  de siempre,  los “Misterios Luminosos”, en la versión bastante conmovedora de Juan Pablo II.  Pero si te bajas un rap mal rimado, lleno de lugares comunes, del emule, se te ha caído el pelo. No te eximirá de culpa el que el rapero esté subvencionado. O sea, que el Estado, es decir, tú mismo, le hayas pagado, con tus impuestos, parte de su subvención que le ha servido para pagar los torpes calimochos de los que mana su inspiración. Y que el Señor me perdone, como yo digo, por haber escrito esto.