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miércoles, 2 de febrero de 2011

No es difícil encontrar kandoras en la mar


Pánfilo no es Berlusconi, y, a su edad, ya no se va a poner en cueros delante de ninguna mujer y menos de una menor. Salvo de las enfermeras del hospital, si en alguna ocasión le abandonaran las fuerzas y no pudiese rechazar sus cuidados. Para casos de amor, tiene guardada una kandora, con el cabezal bordado, que queda muy bien en las primeras fintas: armadura de amor para tiempo de arrugas, porque él no renuncia nunca al arte de las ofensas. Hubo una época feliz, sobre lejana, en la que Pánfilo recogía material para un ensayo sobre la desigualdad de la mujer que elaboraba una profesora universitaria especializada en estudios de género. No me cabe la menor duda de que Pánfilo era entonces un feminista convencido, pero me malicio, por lo que me ha contado después, que intentaba hacer suya a la investigadora y que los datos que acopiaba para ella eran frutos más de Venus que de Minerva. El hombre andaba un poco enamoriscado de la doctora que debió de rechazarlo en algún momento, pese a que durante dos meses se leyó todo el siglo de Oro, por indicación de la chica, buscando en los clásicos textos que reflejasen el malestar de las mujeres con las leyes de los hombres. La explicación que me ha dado de aquel fracaso me parece peregrina. Dice que fue él quien la dejó por una discrepancia terminológica: le sonaba muy mal el término “yosotras” que la profesora comenzó a usar en ensayos y conferencias para referirse "a las mujeres como grupo social" . Y es que Pánfilo, que había leído de adolescente a Cervantes y a Quevedo, no soportaba palabras malsonantes como “miembras “o “yosotras”. Todo acabó cuando se lo dijo a la chica, utilizando esta comparación hiriente: “esas palabras suenan como el ruido que mete un R5 tuneao, con las ventanillas bajadas y escupiendo metálica por los siete altavoces del maletero”. “Peor para ella”, me dice Pánfilo, “porque me quedé con todo el material y ella se perdió, entre otras perlas, ésta de Quevedo, en "La fortuna con seso y la hora de todos": “Tiranos, ¿por cuál razón, siendo las mujeres, de las dos partes del género humano, la una, que constituye mitad, habéis hecho vosotros solos las leyes contra ellas, sin su consentimiento y a vuestro albedrío? Vosotros nos priváis de los estudios, por envidia de que os excedamos; de las armas, por temor de que seréis vencimiento de nuestro enojo los que lo sois de nuestra risa. (...)”. Me quedé asombrado de lo poco misógino que se muestra el conservador Quevedo en este fragmento y le dije a Pánfilo que hay mujeres que son capaces de renunciar a una buena frase, con tal de decirle que no a un amigo.