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jueves, 24 de junio de 2010

Enseñando al cuerpo, de la Guardia Civil

Lo que dijo Pánfilo,  según la Guardia Civil
Pánfilo, nuestro jubilado disruptivo, fue un referente cultural, por los años 70, para la Guardia Civil y para sus alumnos del Instituto de Bachillerato de un pueblo de la campiña cordobesa. Le consta que tanto la Benemérita como los estudiantes de COU siguieron con atención sus enseñanzas y tomaron apuntes de sus lecciones. Los de la Guardia Civil, mucho más fiables que los de los jóvenes estudiantes que perdieron pronto sus notas de clase y las sustituyeron por episodios y sucedidos imaginarios coloreados por la nostalgia. Cuando a Pánfilo lo amnistiaron en el 77 de una multa de 25000 pesetas  que le habían puesto los civiles por intervenir en unas jornadas pre-electorales a las que no había sido invitado ni él ni su partido, el secretario del Gobernador Civil, que lo llamó a su despacho para devolverle los dineros y regañarle por lo malo que había sido, le mostró una carpeta azul llena de informes y seguimientos de la Guardia Civil. El funcionario le permitió ojearla en una saleta aneja. Allí aparecieron los apuntes que había tomado la pareja de civiles que asistió a su conferencia en el teleclub sobre la “Doble alienación de la mujer”. Pánfilo detectó enseguida que el informe era del responsable de las tareas de inteligencia en el puesto del pueblo, el cabo primero Antonio Azaleas,  por la precisión militar de su estilo. No faltaba en el escrito ni la referencia al libro de Castilla del Pino sobre el asunto. Que los estudiantes  no eran tan cuidadosos como los números del Instituto Armado, lo supo Pánfilo una noche de julio de 2003 en la que recibió una llamada de un ex-alumno, visiblemente  inspirado por el amontillado, que le dio las gracias en su nombre y en el de sus compañeros de COU del año 73  por haberles dado a conocer a Borges. Pánfilo está seguro de que en aquella época él todavía no sabía quién era Borges. Y, también,  de que al cabo primero, que asistió a su charla sobre la doble alienación de la mujer correctamente uniformado, le han servido de mucho los conocimientos que fue acopiando en los numerosos actos culturales que se organizaban en los teleclubs de la zona y a los que tuvo que asistir en razón de su cargo.

lunes, 22 de marzo de 2010

El hombre que no sabía dar mítines

Pasquín de las primeras elecciones

MITINES como los de antes, ya no se dan. Los mítines de los primeros años de la transi­ción democrática sí que eran au­ténticos mítines. Sobre todo los que se dieron en la campaña electoral de las Elecciones Gene­rales del año 1977. Se llenaban entonces los campos de fútbol de los pueblos, las plazas de toros de las ciudades. Todos los locales, abiertos o cerrados, que los parti­dos conseguían para sus actos, rebosaban de público.
En la pre-campaña había que inventarse un título para la su­puesta conferencia o charla que servía de tapadera al mitin: "El Partido Comunista y la democra­cia de base", por ejemplo, fue uno de los más usados. Y luego había disputas entre los camara­das y los compañeros locales para ver quién ocuparía un pues­to en la improvisada plataforma, levantada sobre un tractor, desde la que los oradores se dirigirían a los ciudadanos.
Los mítines se anunciaban desde un coche particular, pres­tado por algún militante, en el que se instalaba un equipo de me­gafonía; desde él se invadía el espacio público con los himnos prohibidos o con los himnos de siempre. Disfrutaban los, hasta entonces, clandestinos con pasar por delante de un casino o un círculo de amistad, de tradición conservadora, con la Internacio­nal, en alguna de sus dos versio­nes, sonando a toda pastilla.
Las direcciones de los partidos repartían circulares con 10 o 12 consejos sobre cómo tenía que ser la propaganda electoral y so­bre lo que no había que decir en los mítines. Allí se proponía que las voces de los propagandistas fueran suaves y convincentes. Había que limar las asperezas que la propaganda de la dicta­dura había levantado en el in­consciente colectivo. Los tonos llegaron a ser melifluos, casi monjiles: "El Partido del Trabajo de España, pionero de la reconci­liación nacional, adelantado en la lucha por una transición pacífica de un régimen de poder per­sonal a otro de libertades, invita al pueblo de Loja a un mitin que dará su secretario general en el campo municipal de deportes".
El coche se detenía en los ba­rrios populares y sus ocupantes confraternizaban -con la ayuda de algún camarada nativo- con los vecinos.
Por las calles del centro, el co­che pasaba lentamente, sin dete­nerse. Y era en esas zonas donde la voz se aterciopelaba de forma apreciable. Estos esfuerzos no se tradujeron luego en votos. Pero también es verdad que no se per­dieron demasiados porque el conductor que convoyaba a la jo­ven de la voz dulce, sin advertir que el micrófono estaba abierto, se explayara haciendo comenta­rios poco reconciliados sobre personas, de convicciones políti­cas contrarias, que subían por las aceras.
En esos mítines inaugurales de la democracia siempre interve­nía un representante de la juven­tud que, nervioso pero encendi­do, se refería al paro y a las des­igualdades en el campo de la educación que perjudicaban a los muchachos de las clases me­nos privilegiadas; una mujer que exponía el concepto marxiano de la doble alienación y solicitaba a las compañeras su voto, no me­diatizado por los maridos, para un partido que se proclamaba fe­minista, defensor de los margina­dos, de los que, sin esperanzas, se echaban en mano de la droga y de los traficantes. Aunque, meses después, se dio el caso de organi­zaciones que pusieron de patitas en la calle a algún camarada que quiso cohonestar el consumo de porros con la asistencia a las reu­niones del comité provincial.
También intervenía en el mi­tin un profesor de EGB, de FP o de BUP, o un abogado laboralis­ta, que hablaba en nombre de la alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura y que solía dar paso a la figura estelar del mitin.
Entonces se llevaban los tonos épicos. A veces, el discurso del líder imitaba la melodía de una arenga militar en los pasajes en que se hacía referencia a los opresores "de siempre" y a la re­sistencia que éstos oponían a un auténtico cambio de sociedad que hiciera posible la mejora sustancial de las condiciones de vida de los trabajadores o de las clases populares, en general (si el orador quería tocar a más gente).
A los caciques, a los funciona­rios de la dictadura, a los ban­queros -porque, entonces los banqueros no eran los aliados naturales de la clase obrera-, se les amenazaba únicamente con obligarlos a realizar trabajos ma­nuales que exigieran un cierto esfuerzo corporal: cavar una zan­ja (las zanjas siempre hacen fal­ta), segar varias fanegas de trigo o descargar sacos de 100 quilos. Nada más que eso se pedía para ellos, porque no se quería prescindir de nadie en la construcción de la Nueva España.
El que lo hacía peor era el re­presentante de la alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultu­ra, entelequia en la que nadie creyó demasiado. No levantaba la voz. No gritaba. Educado en la duda y en la desconfianza hacia la verdad absoluta y hacia las verdades generales, no sabía dar mítines. A lo más que llegaba era a comentar críticamente, como si estuviera en clase, los programas electorales de los otros partidos. Lo hacía, en ocasiones, con cierto humor corrosivo, muy estimable, que dejaba en ridículo alguna propuesta de los adversarios. Pero esto satisfacía poco a los fieles. Después de uno de estos comentarios de texto se le acer­có, en un pueblo de Córdoba, un espectador que le dijo: "Muy bueno lo tuyo, camarada, pero queda un poco amariconado". Se llevaba entonces la ferocidad verbal.
El hombre que no sabía dar mítines ha desaparecido del cartel. Los mismos carteles es­tán desapareciendo poco a poco de las ciudades en época de elecciones. El mitin ha entrado en una profunda crisis. Los SMS son más eficaces  o ridiculizar al enemigo en un programa de televisión del tipo de la Noria. 

miércoles, 27 de enero de 2010

Escribientes en la Transición


"La Libertad guiando al pueblo" 
Eugène Delacroix, pintado en 1830 


En los años de la transición, a muchos nos dio por hacer el bien. Teníamos -entonces la expresión no estaba tan desprestigiada como ahora- una insobornable «vocación de servicio». Es decir, le habíamos dado a nuestro egoísmo una salida positiva. Queríamos ser, allí donde nos tocó pasar aquellos años, antorcha que guiase “al pueblo” –concepto que luego hemos puesto bajo sospecha- vencido e indocto por el camino de la libertad y de la democracia. Estábamos por la alianza de las fuerzas de la cultura y del trabajo. Dedicamos muchísimo esfuerzo a que el paso de un régimen dictatorial a otro de libertades se produjese aseadamente. Nos pasamos unos meses estudiándonos reglamentos y leyes que no habíamos redactado y dándole lecciones de democracia al lucero del alba.


Municipales de 1979

Teníamos una carpeta llena de instancias para solicitar manifestaciones, actos culturales, mítines, permisos para la impresión de panfletos, manifiestos, programas... Nos hicimos muy amigos de jueces y secretarios de gobiernos civiles. Predicamos en público convivencia y tolerancia, moderamos bastantes mesas redondas. Pusimos altavoces a nuestros utilitarios y convocamos por los pueblos a la gente a conferencias y asambleas. Alquilamos sedes, reunimos comités locales, informamos de lo que pasaba en nuestra zona, en comités provinciales.
Contratamos autobuses para desplazar a los camaradas a plazas de toros o campos de fútbol en los que viejos militantes, recién llegados del exilio, que conocían perfectamente los resortes del hablar en público, sin ser ministros de Dios o del Movimiento, conmovían a las masas con sentidas alocuciones.
Tuvimos mucho que ver en la aceptación de la bandera de los vencedores por las bases; la Monarquía nos debe, tanto al menos como a Adolfo Suárez, el no ser discutida por aquellos años.
Explicamos, en reuniones que copiaban la liturgia de las de la Adoración Nocturna, el manifiesto–programa. Se lo tomábamos a militantes que no sabían leer, ordenadamente, obligándolos a contestar a bancos de interrogantes, redactados siguiendo las más modernas técnicas pedagógicas aprendidas en Francia, que se parecían bastante a las listas de preguntas de los catecismos de los padres Astete y Ripalda.
Profesionales sin mucho brillo, gracias a la Transición, nuestra vida adquirió un sentido.
El dictador nos había arruinado, sobre todo, la estética. A otros menos afortunados, les había arrebatado o arruinado la vida. Durante muchos años soportamos los fusilamientos sin salir a la calle a protestar. Cuando obtuvimos una plaza por oposición en la Administración del Estado hubo que firmar fidelidad a los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional. Se nos había comprado la rebeldía propia de la juventud con planes de desarrollo, estado de obras y victorias del Real Madrid en Europa.
La transición nos permitió lavarnos la cara. Nos purgamos, con abundantes dosis de miedo, de toda la sordidez y la pobreza cultural y política que habíamos soportado o de la que habíamos sido consentidores. Creímos correr peligro de muerte en algún momento.


Gafas de uno de los laboralistas asesinado en Madrid en 1977

 Por infarto o por eliminación física provocada por el desbarajuste del Cambio. Comenzamos a levantar la cabeza, dignamente, después de que la Policía interrumpió, metralleta en mano, alguna reunión en la que se discutía sobre reforma o ruptura. Cada manifestación nos daba valor y nos animaba a un nuevo atrevimiento. El día que en la presidencia de un mitin colocamos a maravillosas mujeres obligadas a prostituirse para sobrevivir después de la guerra, sentimos, pese a ser fríos, un leve temblor en las entrañas.
Creíamos estar sirviendo a lo que entonces llamábamos sin escrúpulos conceptuales “pueblo”, pero estábamos sirviéndonos de él. Aprendimos de su tenacidad, de su valentía, de su instinto de libertad. Pensábamos que lo teníamos detrás de nuestra antorcha ilustrada, en la marcha hacia la libertad, y éramos nosotros los que seguíamos la luz que habían encendido delante de nuestras narices con humildad franciscana, sin pretender enseñarnos nada.
Luego perdimos interés por la política. Como teníamos un buen pasar, nos refugiamos en la nueva cocina y en Borges. Desprovistos de ambición, hemos vivido todos estos años con el ego hinchado –insoportable-  por lo que hicimos entonces. Ahora comenzamos a ver el privilegio que nos otorgaron aquellas gentes al dejar que rellenásemos, como amanuenses de la democracia, la montaña de papeles que la gente tiene que cumplimentar si quiere disfrutar de ciertas apariencias de libertad.