El soneto amoroso, como la teología, es un supremo ejercicio de soberbia condenado al fracaso. Es como querer ponerle puertas al campo o meter , con una concha, el mar en el agujero abierto en la playa por un niño. Los teólogos han intentado explicar la inabarcable esencia de Dios en unos folios y los poetas encerrar el insumiso sentimiento amoroso en 14 versos. Ni Dios se deja, ni el amor admite que le midan las sílabas. Al final, hay que dejarlo en manos de cada uno. Lope después de 13 versos dedicados a definir el amor, claudica y corona: “esto es amor, quién lo probó, lo sabe”. El rapero que ha escrito sus desaliñados versos en la frontera de la ciudad, humildemente, renuncia a aprisionar en los bloques de hormigón lo inefable. Sólo da pistas.
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lunes, 14 de febrero de 2011
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