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jueves, 10 de mayo de 2018

Pobres pero honrados

Burgueses de  Siena
No sé en qué prontuario marxista o en qué manual de historia social de la Literatura leí que el viejo honor caballeresco y feudal tuvo que hacer sitio, en plena Edad Media, a una nueva virtù -a un valor nuevo- la onestà burguesa, el honor del mercader, que venía a competir con la nobleza de sangre, la nobilitas aristocrática. Y que fue en la Italia bajomedieval, con su mosaico de florecientes repúblicas y señorías urbanas, donde comienza a construirse e implantarse este nuevo concepto, estrictamente laico, asentado sobre el poder que otorga el dinero, frente al que, en el antiguo régimen, confería la sangre y la Iglesia. La honestidad, regirá las relaciones de comerciantes, artesanos libres y personas no sometidas a la jurisdicción señorial. Alguna de sus reglas: respeto a la palabra dada, pago puntual de las mercancías, usura prudente, respetar a las mujeres casadas para no liar las herencias ni meter en casa genes callejeros… No me extenderé en esto, que ya lo hizo W. Shakespeare en El mercader de Venecia, y para que me voy a meter en camisa de once varas. Sí conviene decir que esta virtud de burgueses y comerciantes adinerados, después, se convirtió en un modelo para los pobres, que no tenían nada que vender ni nada que comprar ni genes que blindar. Marx y Engels lo explicaron así: "Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante". ¿De qué les sirve a los pobres ser honestos como buenos burgueses? Más bien les perjudica. Tendrían que ser radicalmente deshonestos con los ricos, con los explotadores. Y dirán ustedes, y con razón, ¿y a qué viene este coñazo mañanero? Pues porque los últimos sondeos del CIS me han llevado a hacerme esta pregunta en mi fuero interno -que es donde uno se hace las preguntas-: ¿cómo seguimos votando a partidos que nos roban sistemáticamente? Y es que la apropiación indebida de dinero público se ha convertido en la virtù de nuestros gerifaltes. Y a nosotros, como muy bien explicaron Marx y Engels, los que nos roban y nos dominan, han terminado por meternos en la cabeza que lo que nos conviene es que nos sigan robando. Y que deberíamos imitarlos, aunque carezcamos para hacerlo de las ganzúas que a ellos les sobran.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Pipas literarias

Pipas de porcelana en la Tate Gallery de Londres
Un buen columnista literario de provincias que se precie, si va a Madrid, no puede dejar de asistir a alguna función de teatro. Si le sobra tiempo, se acercará a El Reina Sofía a leer los carteles informativos sobre las exposiciones que el museo cuelga en su fachada para luego quedar en la tertulia como si hubiera visitado el Centro. Las tres Gracias del Prado no tiene por qué verlas: se las sabe de memoria desde que se las explicó su dulcero. El hombre tiene una tienda híbrida, en la Carrera de la Virgen, donde vende helado en verano y turrón de Jijona en Navidad. Un buen día asombró al columnista literario diciéndole que le gustaba Rubens. El escritor pensó alborozado que lo habíamos ganado para el arte. Pero de Rubens sólo le gustaban Las tres Gracias porque las señoras estaban gruesas. “No”, le dijo, “como esas niñacas anoréxicas que acompañan a sus madres en verano a tomar un helado y terminan pidiendo sólo un vaso de agua para no engordar”. El columnista, que en su juventud fue compañero de viaje del PCE, recordó una frase de Marx que había leído en El diccionario Soviético de Filosofía en la que hablaba de que si eres dulcero, al final piensas como dulcero y terminas por analizar toda la historia del arte desde el punto de vista nutricional. En el autobús, de regreso, saca su iPad y comienza a leer una novela que ha pirateado en la nube. De pronto, el tío del asiento de al lado, se pone a comer pipas a un ritmo sostenido de 13 pipas por minuto, Pero no unas pipas cualquiera: unas pipas coruscantes que explotan entre sus dientes con sonido de trueno gordo. Le resultó imposible concentrarse en la novela. Le preguntó al dinamitero, si no vendían pipas con silenciador. Y el chico, con muy malas formas, le dijo que los ancianos no comían pipas para no estropearse las dentaduras postizas. El columnista, enfadado, escribió en su tablet: “Las pipas, como los melones y las sandías, como el huevo de la gallina, son objetos de estructura perfecta y, además, como ciertas habitaciones de los cuentos infantiles, detrás de cuyas puertas se esconden los secretos medulares de la vida, herméticas e irresistibles. Las pipas y el huevo duro permiten a cualquiera rozar lo arcano. Por eso los viejos comprometemos los implantes con tal de penetrar en los misterios de la existencia”. Pero, cuando intentó pasarle el texto al comepipas, el chico dormía plácidamente tras haber liquidado todo el paquete.