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| El intelectual en su despacho |
Pánfilo, que aspira a intelectual, ha hablado hoy con un campesino sexagenario. Se ha acercado a su gallinero, en plena Vega de Granada, y le ha comprado una docena de sabrosos huevos de corral. Por dos euros, el hombre le ha dado 14 huevos (dos de regalo para compensarlo del escaso peso de la docena), cuatro tomates muy maduros y un kilo de excelentes patatas nuevas. El hombre se ha sincerado con él. Pánfilo recibió entusiasmado la confesión del sujeto de que su mujer lo había montado en un autobús y lo había llevado a Lourdes en un viaje insufrible de más de mil kilómetros. Recogió con veneración las quejas jacobinas del hombre sobre los 12 euros que, a la vuelta del Santuario, le habían cobrado por entrar en la Sagrada Familia de Barcelona y su crítica a la actitud de la Iglesia de tarifar por montarle actos oficiales a las instituciones políticas. Cuando el sujeto le contó que, de joven, había viajado a Noruega desde Alemania (a donde había emigrado en los años 60), buscando embarcarse para Canadá, Pánfilo perdió interés, porque el intelectual prefiere “sujetos” inteligentes y despiertos, y si tienen todos los dientes como exigen los lingüistas en sus trabajos de campo con nativos, mejor, pero sobre todo, que estén poco viajados. Para estas peripecias nada como un buen salvaje. Pánfilo, hombre educado y afectuoso, se despidió del “sujeto” con muestras de cariño. Llegó a decirle, mientras le daba la mano, que lo comprendía muy bien. Que él también había sido emigrante en su juventud: durante cinco años emigró a Granada, desde Málaga, para estudiar derecho.

