Esta chica, ensimismada y solitaria, que acaricia un perro me gusta más que los que desfilan y se paran y echan a andar cuando se les ordena. El siglo XX nos vacunó a muchos del deseo de congregarnos y buscar amparo en grupos compactos preparados para la defensa y el ataque. De hecho, la mayor parte de las reuniones masivas del pasado siglo concluyeron con el exterminio de millones de personas: el partido nazi desfilando ante su líder, “como un solo hombre”, las paradas militares de la Plaza Roja, el millón de personas que vitoreaban a Franco en la Plaza de Oriente, Camboya, Pekin, Hiroshima… No, no siempre la reunión masiva de gente ha traído paz y armonía. Por eso esta muchacha que a la vera del río derrocha ternura con un animal, ajena a su propia belleza y a los efectos que esta produce en los transeúntes, resulta relajante. Tranquilizadora. Sólo unos minutos más tarde de que el fotógrafo la sorprendiera, tuvo que levantarse para dejar pasar a un grupo que trasportaba la imagen de un hombre muerto clavado en una cruz. Ella se alzó, benignamente de humildad vestida, como Beatriz, la amada de Dante, para regresar a su taller de pintura en el Albaicín. Ni siquiera se volvió a mirar al capataz del grupo que la había expulsado de su entretenimiento, cuando éste a voces les explicaba a los costaleros que “ella era la que se tenía que apartar”. Tuvo que pasar delante de la Casa de Castril, donde un inocente paje, emparedado por los celos de un padre inclemente, lleva siglos esperando justicia del cielo, sin alcanzarla. Ella, que ha recibido del cielo la belleza sin solicitarla, procesiona indiferente por la ribera del Darro como si no supiese , lo dijo Gil de Biedma, “que la siguen los hombres y los perros, los dioses y los ángeles, y los arcángeles, los tronos, las abominaciones...”.
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lunes, 1 de abril de 2013
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