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miércoles, 29 de septiembre de 2010

El infierno cerrado temporalmente por pirólisis

En enero de 1990, el papa Juan Pablo II, sin necesidad de someter la cuestión al Parlament Catalán, afirmó que los animales poseían un soplo vital recibido de Dios.  Inmediatamente,  el  sesudo diario milanés  Il Corriere della Sera tituló en primera página: “el Papa abre el cielo a los animales”, lo que no dijo, por miedo a los ecologistas, es que no todos los animales son buenos y que la decisión papal también les abría a algunos las puertas del infierno. Que es donde van a ir los tres perros de mis vecinos que no dejan de ladrar por la noche. El caso es que, al haberse inclinado Dios por el fuego para castigar eternamente a animales y seres humanos de mala conducta, desatendiendo otros sistemas de incomodar menos contaminantes, los anticuados hornos del infierno comienzan a estar sucios tras miles de años de funcionamiento a tope. Los responsables de su limpieza han estudiado presupuestos de varias empresas y, tras desechar el sistema más moderno y barato de limpieza por medio de agua, por las dificultades de su acarreo, se han decantado por la pirólisis. Un resucitado de Pamplona, salvado de la condena eterna gracias a San Josemaría, ha declarado en Intereconomía que en las puertas del averno hay pegado un cartel en el que se puede leer: “Cerrado por pirólisis, del 1 al 7 de noviembre. Se advierte a los que piensen morirse en esos días que se aguanten hasta que termine el proceso, si no quieren acabar en el cielo”. Porque no se podrá esperar ni en el limbo ni en el purgatorio a que el infierno esté como los chorros del oro. Estas salas de espera hace tiempo que fueron desmanteladas.